lunes, 24 de octubre de 2016

Foto de Familia


                                Entrada a la muestra Museo Guggenheim, de Nueva York.

Foto de Familia

                                        Rockefeller Center, New York, Octubre 2016.

Foto de Familia

Nueva York, visto desde Brooklyn. Octubre 2016. 

miércoles, 10 de febrero de 2016

Foto de Familia


Mi hijo Carlos Daniel y su pequeño tesoro: Lolita Rivera Mingroni, febrero 2016.

Foto de Familia


                      Mi bella nieta Lolita, con casi diez meses cumplidos.

Foto de Vacaciones


                                 En el Sena, en París, febrero de 2016.

martes, 2 de febrero de 2016

Fotos de Vacaciones

                                    
                                             Street Art, en una callejuela de Lisboa, en Portugal.

Mi regalo de cumpleaños 56.


Se podrán imaginar que si hace casi 13 años que no voy a la isla y ya hasta empiezo a creer que no iré nunca más por razones del desasosiego y la tristeza que me produce su política doméstica no podía perderme el contacto con sus raíces de la única manera que me da placer: su cultura plástica.

Y la muestra del artista cubano Wifredo Lam, sus piezas estaban ahí, al cantió de un gallo, en pleno Centro Pompidou, en el barrio Le Marais, a tres cuadras de donde estaba parando en este febrero vacacional.  Sus obras estaban muy cerca, algunas de sus inicios, sus fotos familiares, las ilustraciones para libros, editados en París; sun cartas personales y hasta notas de su intimidad laboral y sus exposiciones por el mundo.

Quedé fascinado ante sus pequeños bocetos y fue como si la asomara a sus rituales creativos, a sus banco de imágenes trabajadas con paciencia casi artesanal. Y pude acercarme a sus momentos iniciáticos y sus penurias económicas, a sus etapas de más comodidad y bonanza cuando se le veía con esos trajes parisinos muy anchos, a lo Benny Moré; a los testimonios gráficos para la posteridad de sus encuentros con los marchand que publicitron sus piezas y le dieron visibilidad internacional.

Capítulo aparte merece mi asombro ante ese emblema del mestizaje y la cubaidad, que es su obra: "La Jungla", ese cañaveral sincrético y esperpéntico de negros, chinos, africanos e isleños en permanente bajeo vulgar y gozadera signica.

Ante esa pieza que me quitó el aliento quedé alucinado y robustecido de identidad. Ya nadie nunca podrá pintar como él ,supongo; nadie podrá representarnos tanto con tanto de mandinga, congo y carabali, con tanto de bohemio parisino y cubano de los interiores de Sagua La Grande, ese terruño chato y provinciano donde vino al mundo y tomó primeras lecciones.

Y ahí tuve enfrente de nuevo a ese negrazo- chino, de facciones blanconazas y porte y vestimentas de dandy europeo y hasta pude rescabucharle el torso desnudo con aires de Adonis testicular macho alfa y ese pelo enrulado de negro de solar nuestro y hasta imaginé historias de amor y corazones parisinos deshechos ante su encanto.

Y fue entonces un reencuentro con Nelson Domínguez; con la caligrafía y el trazo agudo de Roberto Fabelo; con la imaginería de Zaida del Río; con la paleta policroma de Pedro Pablo López Oliva; con la ductilidad y la astucia para amasar y sublimar el barro y plantar esmaltes y engobes de ese otro maestro nuestro: Alfredo Sosabravo.

Fue - sin dudas - mi mejor reencuentro con La Habana, después de 13 años sin verla, sin necesidad de derrumbes, procacidad y depresiones existenciales y humanas. Fue un gozo semejante al que me produjo pasear por el malecón de Cádiz, como me hubiera gustado que se viera el de mi Habana, la que no me podrán arrancar ni tiranos, ni mandamases, ni burócratas de aduanas insulares ni cuños en pasaportes desactalizados y desacralizados. Fue como pasear por Cartagena de Indias e imaginar y elucubrar cómo serían esos palacetesy callejuelas habaneras de no haber llegado tanta política deficiente y artera a mi Patria, quien es - por estos días - recibida en París y de manera oficial por las autoridades francesas olvidando las faltas de libertades, la violación de los más elementales derechos humanos y la falta de paz ante tantas escaseces que hay allí son pan nuestro.

miércoles, 6 de enero de 2016

Día de Reyes: Hasta que falte la Luna


Por: Juan Carlos Rivera Quintana.
Foto: Cortesía de una juguetería española.



 

 


El salmo católico por el Día de Reyes decía: “Se postrarán ante ti – Señor – todos los pueblos de la Tierra. Florecerá la Justicia y la Paz hasta que falte la Luna; que domine de mar a mar, el Gran Río hasta el confín de la tierra” y así seguía su letanía que todavía recuerdo – como un latiguillo – decir a mi abuela cuando nos hacía hincar de rodillas y leer su pequeño librillo descolorido de ensalmos y conjuros, horas antes de llegar el 6 de diciembre, el momento de los regalos y la llegada de los deseados juguetes.

 

Todavía me parece estar viendo mi primera bicicleta- triciclo, que me trajeron los Reyes – entonces yo creía en el mito – Melchor, Gaspar y Baltazar, quienes llegaron a mi casa, en Marianao, guiándose por las estrellas, en la madrugada, y cuyos camellos tomaron toda el agua y comieron toda la yerba que yo había dejado al pie de mi cama. Siempre pensé –y eso era lo más hermoso del sortilegio – que había que cumplir aquel ritual porque, de lo contrario, los camellos, donde venían cabalgando los Reyes, no podrían alimentarse para seguir su camino dejando a otros niños los reclamados juguetes. 

 

Me parece estar haciendo mi primera carta a los Reyes Magos, todavía con faltas ortográficas y pequeños desvaríos de sintaxis, donde pedía un camión de bomberos para apagar todos los incendios de mi barrio. Entonces todavía la inocencia me valía.

 

Luego, una desangelada noche, en que yo no me podía dormir, pude ver cómo mi madre - con tristeza - colocaba una fea maleta de madera verde, parecida a un botiquín de primeros auxilios, que había hecho mi padre, junto a un libro de Emilio Salgari, al pie de mi cama. A partir de ese instante supe quiénes eran los verdaderos Reyes Magos y aprendí que se venían tiempos de pocos juguetes y escasez sin derecho a queja alguna.  Eran los tiempos en que en Cuba se empezaron a normar, por la desdichada libreta de abastecimiento, los juguetes para el Día de Reyes y nuestros padres se vieron obligados a realizar largas colas en las tiendas, desde las madrugadas, para tener acceso a algún que otro juguete de los que se repartían para esas fechas.

 

Quizás ello explique los motivos por los cuales cada vez que paso por una juguetería, en Buenos Aires, aún me detengo con mirada de tristeza y resignación. Y es que tuve tan pocos chiches para entretenerme, que terminé creando camiones de volteo con cajas de fósforos, carritos con pequeños pedazos de madera que encontraba en el patio de casa y hasta dibujé animalitos que, luego, recorté y pegué sobre cartón para hacerme un pequeño zoológico para mis solitarios juegos infantiles.

 

Nunca podré olvidar un pequeño fotingo negro – de pilas - que me regalaron mis padrinos. El carrito de época llevaba, además, una chica de acompañante del conductor, quien tenía la habilidad de levantar una cámara fotográfica que producía una luz como si retratara sus alrededores. Aquel juguete – toda una novedad y una rareza entre mis amigos - me produjo una de las más grandes felicidades de mi infancia y me granjeó la amistad interesada de muchos de mis vecinos más pequeños. Mi madrina lo había tenido que pagar muy caro a alguien que había tenido la suerte de viajar a España y comprarlo allí. Porque en Cuba no se producían juguetes, sobre todo, para chicos y había que importarlos y ello era casi prohibitivo para las menguadas arcas nacionales de la isla.

 

O sea que parafraseando el viejo salmo de Reyes crecimos como si nos faltará la Luna, como si tener juguetes fuera algo del mundo capitalista y del consumismo infantil más desmedido. Desde entonces me propuse que a mi hijo y luego a mi nieta no le faltarán los juguetes y creo que, hasta hoy, lo vengo cumpliendo. 

 

 
 

lunes, 14 de diciembre de 2015

Retrato de Familia

    Sábado, 12 de diciembre de 2015. Bautizo de Lolita, en la Iglesia Nuestra Señora de Fátima, en Wilde.

jueves, 26 de noviembre de 2015

Retrato de Familia: Mi nieta Lolita feliz

                                                Lolita, a los ocho meses de nacida.

sábado, 14 de noviembre de 2015

París era una fiesta



Por Juan Carlos Rivera Quintana

Ilustración: Cortesía de la página Inkulte

 

Alguna vez escribí, en una crónica de viaje con mi primera visita a la Ciudad Luz, en el año 2010, que si el mundo tenía un ombligo ese, sin dudas, se ubicaba en París. Y, hoy, ya no me cabe la menor incertidumbre, después de los acontecimientos trágicos que vivió dicha urbe multicultural, desde las primeras horas de la tarde de ayer, viernes 13 de noviembre.

 

Anoche, estaba exhausto después de una semana de corridas laborales y académicas y cuando me disponía a descansar profundamente, mientras la ciudad de Buenos Aires, comenzaba a ebullir de fiestas, reuniones amistosas, de partidos de fútbol, alegrías, desesperanzas, asados y de discusiones políticas – siempre la jodida política separando y nunca llamando a la unidad - para ver quién será el futuro depositario de la confianza de los 40 millones de argentinos, una noticia irrumpió sorpresivamente en mi Twitter: París estaba siendo acechada por ataques terroristas simultáneos, al parecer muy planificados, y ya se preveían cientos de muertos.

 

Quedé impactado desde el primer momento, casi en estado de shock. Hacía pocos días habíamos alquilado, por una semana– con mucho entusiasmo por la aventura vacacional - un departamento en el cosmopolita barrio de Le Marais, en pleno centro parisino, para hacer vida no de turistas, sino de observador casi sociológico en dicha capital, durante el mes de febrero.

 

Mi estupor no desapareció, desde entonces, cuando comencé a seguir, minuto a minuto por CNN y otros canales noticiosos y empecé a hacer pequeñas notitas en Facebook sobre lo que estaba sucediendo en París, en la misma medida en que iba adentrándome en la nueva realidad informativa: entonces se hablaba de estado de guerra; de ataques múltiples, de cerca de 153 muertos, de conmoción y estupor, de factor sorpresa en la noche parisina; de varios atentados de hombres que irrumpían, vestidos de negro, con rifles AK-47 en restaurantes y bares provocando una verdadera carnicería humana; de varios suicidas-bombas que se hacían explotar en las afueras del Stade de France, en medio de un partido de fútbol entre Francia y Alemania, al que asistía el presidente Francois Hollande a medianoche y de operativos comandos para rescatar cerca de mil rehenes que habían sido tomados por terroristas, en el conocido centro nocturno “Bataclán”, donde se desarrollaba un espectáculo de rock de una banda estadounidense, llamada Eagles of Death Metal.

 

Todos estos incidentes trágicos tenían como escenario los distritos l0 y 11 de París, muy cerca de donde en enero pasado sucedieron los atentados contra la revista “Charlie Hebdo” y un supermercado judío, que conmovieron a la opinión pública mundial y donde murieron 20 personas; todos estos incidentes e imágenes no hacían más que mostrar escenas de desconcierto, muerte y pánico, en una ciudad que se precia de su fraternidad, su carácter festivo y de su respeto por las libertades individuales.

 

Momentos después hablaba casi en estado de estupor y cara de susto el presidente de Francia, Francois Hollande, que fue sacado del partido de fútbol - casi en andas por su seguridad personal, a los coches blindados y a una reunión de emergencia nacional. Entonces se advertía de cierres de todas las fronteras del país, del estado de emergencia y de operativos comandos; de 38 hospitales parisinos en alerta blanca para recibir heridos y víctimas del atentado; se orientaba permanecer en los domicilios; de restricciones al tráfico en la capital y de un fuerte operativo de despliegue de las tropas de elite y de todas las fuerzas del orden, en todo París. Ya, entonces, se podía ver y hasta palpar el impacto psicológico producido entre los franceses y los turistas por dichos ataques. Realmente una verdadera pesadilla y conmoción por la ola de terror.

 

Si como decía Ernest Hemingway, en el título de su famoso libro de memorias: “París era una fiesta”, la yihad islámica y los fundamentalismos religiosos y políticos (que ya se han atribuido el atentado, recientemente) nos quisieron robar la alegría. ¡Y valga de qué manera lo consiguieron¡¡¡

martes, 3 de noviembre de 2015

Retrato de Familia


                     Lolita, ya tiene dos dientecitos, con tan sólo seis meses de nacida

lunes, 19 de octubre de 2015

“Santa Cecilia” y La Habana: Una Atlántida insular




Por: Juan Carlos Rivera Quintana
Foto: Cortesía de Timbre Cuatro.

“La Habana no existe, a veces pienso que la inventé”, dice con melancolía la anciana ilustre, la muerta-viviente Santa Cecilia, después de cantar y tararear, como en una fantasmagoría - desde el fondo del mar-  aquella famosa pieza, del cantautor santiaguero, Manuel Corona, que dice: “Por tu simbólico nombre de Cecilia tan supremo que es el genio musical;  por tu simpático rostro de africana canelado que se admiran los matices de un vergel. Y por tu talla de arabesca diosa indiana, que es modelo de escultura del imperio terrenal, ha surgido del alma y de la lira del bardo que te canta como homenaje fiel (…)”.

Entonces da comienzo el unipersonal - interpretado magistralmente por el actor cubano, Osvaldo Doimeadiós, bajo la dirección de esa leyenda teatral, que es Carlos Díaz -  y empiezan a tejerse las remembranzas y la magia que, por una hora y cuarto, mantendrá pegado a sus butacas a los espectadores que, en la gélida noche primaveral, del viernes 16 de octubre, asistimos al teatro “Timbre Cuatro”, ubicado en pleno corazón de Buenos Aires, para ver la pieza, del repertorio dramático insular del grupo El Público, que se presentó como parte del III Encuentro Latinoamericano de Teatro Independiente.

Y es que este monólogo, que lleva por título: “Santa Cecilia” - escrito por el reconocido dramaturgo y narrador cubano Abilio Estévez, entre 1993 y 1996, está poblado de toda la desilusión y el escepticismo por una capital cubana (“Laaaaahabana”, como dice su protagonista), que está condenada a desaparecer para siempre. Y la voz de la anciana, de 100 años, que yace enterrada en el fondo del mar y constituye el cordón umbilical de la historia, se lamenta de la destrucción y la ruina de la mágica urbe insular y la extinción de sus antiguas costumbres, goces y formas de vida, mientras da sus golpecitos con el bastón o se sienta en el sillón de mimbre o se abanica para paliar el bochorno habanero.

Así, entre portalones, quitrines, calles estrechas, pregoneros de frutas, orquestas y bares de la época y desde una Habana, que más bien se asemeja a una nueva Atlántida, se van desgranando las historias de un conjunto de ánimas, de diferentes matices y trazados: la vieja, la niña bien, el flautista negro, la sirvienta, la madre recatada, el padre castrador y muchos otros fantasmas familiares.

Y durante ese periplo evocativo asistimos a varias historias, todas cubanísimas, acompañadas – no podía ser de otra manera - por la música trovadoresca; la operística (como en el pasaje, donde se recuerda la presentación, en la capital habanera, del tenor italiano Enrico Caruso) y el repertorio popular y bailable de las orquestas cubanas. Y es ahí, entre esos desdoblamientos y transiciones dramáticas; entre esos entreveros y transfiguraciones; entre esas entradas y salidas teatrales de cada personaje, donde Doimeadiós saca los mejores provechos dramáticos y deslumbra por sus posibilidades histriónicas, su ductilidad escénica, su dominio del cuerpo, su concentración y destreza para cantar y bailar y, sobre todo, para convencer.

Y qué decir de cómo el dramaturgo Estévez apela, con acertado tino en el texto escénico, a esa condición pentasentido de los seres humanos y recrea y evoca imágenes, situaciones, ruidos matinales, olores y sabores cubanísimos, como el del flan de calabaza, el dulce de coco, la limonada para paliar el calor tropical, la natilla y el arroz con leche, por sólo citar algunos, que terminan por hacernos la boca agua desde la luneta y llevarnos, como en un flashback,  a La Habana que dejamos atrás. Y por momentos, haciendo uso de citas, referencias a otros autores clásicos, al homenaje, a la solemnidad y la parodia hasta llega a burlarse del criticado ocio insular, como en ese pasaje, donde Santa Cecilia apunta con fina ironía isleña: “como los habaneros no aprendimos a levitar inventamos la hamaca”. Y ahí, entre los parlamentos humorísticos es donde más llega a descollar el intérprete y donde despunta todo el filo y la clave del choteo isleño del dramaturgo de: “La verdadera culpa de Juan Clemente Zenea”.
 
Sin dudas, con esta pieza - que forma parte de la trilogía: “Ceremonias para actores desesperados” - que incluye, además, otros dos monólogos: “El transformista, Freddy” y “El enano en la botella”, Abilio Estévez corrobora su ubicación entre los autores más perdurables de la contemporaneidad de la Mayor de las Antillas y Osvaldo Doimeadiós rompe el molde y los pre-conceptos de los que sólo le estereotipaban como un actor entrenado para la comedia.



sábado, 10 de octubre de 2015

“Antigonón” o la Patria maltrecha


 
Por: Juan Carlos Rivera Quintana
Fotos: Lessy.



 

Desde arriba del escenario una pionera cubana repite cansinamente: “ (….) El amor, madre, a la Patria No es el amor ridículo a la tierra, Ni a la yerba que pisan nuestras plantas; es el odio invencible a quien la oprime, es el rencor eterno a quien la ataca” y las frases rebotan y estallan las acechanzas y frustraciones de muchos de los espectadores, que asistimos, en la noche fría, del jueves 8 de  octubre, al teatro “El Cubo”, ubicado en el barrio de El Abasto, en pleno centro porteño, a ver la subversiva puesta en escena de: “Antigonón: un contingente épico”, del colectivo cubano “El Público”, dirigido por Carlos Díaz, que se presentó, con gran éxito, como parte del Festival de Teatro de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

 

Y es que sólo cinco actores, completamente desnudos, la mayor parte del tiempo del espectáculo bastan cuando hay una mano directriz, como la del prestigioso dramaturgo cubano Carlos Díaz - ya casi una leyenda en el teatro cubano - para llenar y despertar todos los sentidos y las emociones de los espectadores y hacer una mirada ácida y corrosiva al biotipo del héroe insular.

 

Tampoco deberíamos obviar un texto como el del escritor isleño Rogelio Orizondo, que se vale de una acertada reelaboración, intertextualidad y actualización del clásico de la tragedia griega “Antígona” y traspolando la anécdota a la isla de Cuba mixtura todo el tiempo las historias y teje un material demoledor, casi un mazazo para las conciencias insulares, de adentro y afuera, y las voces críticas de los amigos de la isla, que cuestionan el estado actual en que ha quedado la maltrecha Cuba, luego de tantos años de desgobierno, dictadura y diáspora de sus mejores hijos.  

 

Quizás ello explique que la obra comience con imágenes de archivo y videos de la época, que recuerdan el entierro del Héroe de la Patria y Mayor General de nuestra Guerra de Independencia contra España, Antonio Maceo y su ayudante Panchito Gómez Toro, en el Cacahual y dicha efemérides nacional se mezcla con la tragedia griega, donde Antígona, la hija de Edipo y Yocasta y hermana de Eteocles y Polineces, decide desobedecer las órdenes del tirano y dar sepultura digna a uno de sus hermanos guerreros - condenado injustamente por traición a la Patria - para que no fuera devorado por los cuervos y los perros, al permanecer insepulto en las afueras de la ciudad, como ordenaba el mandamás.

 

Y por momentos, hasta parecería que seduce la persistencia del tema de Antígona, en la cultura occidental en todas las épocas y las disímiles reelaboraciones que dicho mito de resistencia y disconformidad ante las injusticias y los desmanes ha tenido en el teatro contemporáneo. Quizás la respuesta esté en que los conflictos del clásico griego atraviesan la esencia misma del ser humano de todos los tiempos: vejez vs. juventud; sociedad vs. individuo; seres humanos vs. divinidad; héroes y antihéroes; libertad vs. opresión… entre el mundo de los vivos, dispuestos a luchar, y los muertos en vida o muertos civiles, que asienten para no disgustar a los tiranos y los gobiernos autocráticos.

 

Es que la poética de este proyecto escénico de “Antigonón” viene, después de muchas puestas y discusiones, de mucho taller, a convertirse en la tesis de graduación de dos prometedoras actrices cubanas, que egresan del Instituto Superior de Arte, de La Habana: las dúctiles y convincentes Daysi Forcade y Giselda Calero, que desdoblan en escena un abanico de personajes, todos distintos, todos demoledores, todos polisemia pura. Baste tan sólo recordar las patrias prostitutas; los heroicos combatientes del tanque; los “pingueros” (término con que en la isla se denominan a los taxi boy que lucran con el turismo internacional) y los escolares sencillos que con ingenuidad demoledora dicen las grandes verdades. También precisaríamos reparar en los trabajos corporales y posturales de todos sus actores, que la mayoría del tiempo a desnudo completo trabajan con desenfado, como si fuera una coreografía de cuerpos que se retuercen y ni hablar de los cambios de voces y los desplazamientos escénicos de la puesta toda.

 

Y por la escena desfilan el carnaval isleño; las palabras del apóstol José Martí; la visión surrealista de nuestro gran dramaturgo Virgilio Piñera; las voces de la Madre de la Patria, nuestra Mariana Grajales, aquella que le dijo a su hijo menor, al recibir la noticia de la muerte de su hijo dilecto, en la batalla: “Y tú, empínate y anda”. Por el escenario transita, además, lo esperpéntico y erótico de nuestro Reinaldo Arenas, junto a la procacidad del lenguaje y las des-culturización de hoy día en la isla; el pastiche caribeño, la parodia cabaretera y la burla sórdida y todo pasa como un contingente épico, donde lo prohibido, lo escatológico, lo mordaz e insano desfila de la mano de una mente cuestionadora que pone en duda - como una tabla salvavidas - todas las “conquistas” revolucionarias y logra alcanzar los peldaños de una identidad “caótica en su ordenamiento” y triste en su estampida última, su falta de expectativas, su confusión y pobreza existencial. Y casi al borde del camino, la Patria toda… la Patria maltrecha, en su altar “patriótico” y sincrético, que no atina ya para dónde escapar y casi pide a gritos hundirse en el mar (rodeada de agua por todas partes) para volver a renacer con una carne nueva y unos huesos fundantes.  

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 9 de septiembre de 2015

The Voice 2014 - Ella Henderson: "Ghost"





Me encanta Ella Henderson, la descubrí hace muy poco, pero escucho todo el tiempo su música, es una mezcla rara de Adele y Amy Winehouse, dos de mis intérpretes preferidas.

jueves, 20 de agosto de 2015

Borges o la incapacidad para enfrentarnos a la eternidad





Reflexiones después de intentar introducir a mis alumnos de Literatura, del Instituto Sudamericano de Enseñanza de la Comunicación (ISEC), en Buenos Aires, en el mundo borgiano y la lectura de su cuento más emblemático: “El Aleph” (1945).

Por: Juan Carlos Rivera Quintana 
Ilustración: obra de Remedios Varó. Foto: Archivo de Prensa. 

Al cierre de uno de los cuentos más emotivos y polisémicos que he leído en toda mi vida, titulado: “La rosa de Paracelso” (1974), el escritor argentino Jorge Luis Borges apunta sobre su protagonista, un maestro de la alquimia y las magias medievales, que le rogaba a su Dios que le mandara un discípulo para recorrer a su lado el camino que conduce a la Piedra:
Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava (lo que había sido, antes, la flor roja, arrojada a la chimenea, del sótano) y dijo unas palabras en voz baja, casi un susurro. La rosa resurgió”.

Y entonces se me antoja que Jorge Luis Borges es como esa rosa que sigue resurgiendo de sus propias cenizas, al rezo de un conjuro mágico de algún profesor dispuesto a resucitarle y a descubrir con pasión y deslumbramiento antes sus alumnos el mundo borgiano. Y no exagero cuando digo - con tristeza y hasta cierta resignación - que Borges es uno de los creadores más incomprendidos y menos leído en Argentina, quizás como corroborando aquel viejo adagio que apunta que nadie es profeta en su tierra. 

Actualmente, incluirle en alguna currícula de Literatura latinoamericana en nuestro país es un verdadero desafío intelectual que se explica por la pereza que inunda muchos cerebros juveniles, acostumbrados perniciosamente a navegar en internet, a no pensar, a no interpretar y mucho menos a leer e interesarse por sus clásicos de la literatura. Resulta casi un contrasentido que el estudio de la obra de Jorge Luis Borges, que integra decenas de programas universitarios y estudios de postgrado de Europa y Norteamérica, en Argentina, haya perdido interés entre quienes debieran justipreciarle más que nadie por ser un típico producto nacional, un rara avis en el panorama de la literatura universal. Mucho se habla de él, pero muy pocos le han leído y conocen, incluso entre los intelectuales argentinos. E intentaré reflexionar en las causas de tal situación, cuando faltan pocos días – el 24 de agosto más exactamente – para celebrar la fecha de su nacimiento. 

Entonces, un 24 de agosto de 1899, en una típica casa porteña con patio y aljibe nacía Jorge Luis Borges, la aportación más original de la lengua española al concierto de la literatura mundial del siglo XX; entonces, venía al mundo uno de los más persistentes mitos literarios latinoamericanos, un niño genio que aprendió a leer y escribir muy rápido, que manejaba con soltura dos idiomas: el castellano y el inglés, una especie de sabelotodo que era el hazmerreir de sus compañeritos de colegio porque vestía como un niño rico, no le interesaba el fútbol y hablaba tartamudeando. Ello explica que su educación formal comenzara a los 9 años en una escuela pública porteña, donde no aprendería grandes cosas más que – como él mismo apuntó– algunas palabras en lunfardo y varias estrategias para pasar desapercibido y evitar el acoso escolar de los chicos más fuertes. 

Y es que Borges más que un literato fue un pensador que utilizó la literatura como vehículo para las profundas meditaciones y desentrañar sus obsesiones relacionadas con los orígenes del Universo en expansión; los misterios del tiempo, el azar, la eternidad y la finitud de la existencia humana. Para ello se valió de la poesía y ahí están dos libros arquetípicos si se quiere ilustrar sus méritos dentro de la composición del soneto: “La cifra” y “Los conjurados”. También utilizó la narrativa, más específicamente el cuento como vehículo de comunicación literaria, donde intenta captar verdades reveladas, ligadas al mundo sensible y a lo emocional. Como advirtió en una oportunidad: “La verdad no existe, y en verdad la realidad tampoco”. Y resulta parabólico que alguien que pasó la mayor parte de su existencia en una ceguera total (desde los 55 años perdió completamente la visión), se hacía leer y se veía obligado a dictar sus cuentos hable de la luz del conocimiento y del resurgir de la rosa.

Jorge Luis Borges utilizó su literatura fantástica para ayudarnos a olvidar las “patéticas miserabilidades del mundo real”, para escapar de una realidad nacional que – según sus ácidas apreciaciones – no eran ni civilizadamente próspera, ni de avanzada, ni occidental, ni cristiana, sino bárbara, pobre, atrasada, tercermundista y pagana.

Quizás – y especulo – el hecho de que su narrativa esté saturada de la memorización excesiva de datos, del acostumbrado juego de los espejos, de los deslumbramientos ante la belleza de las teorías científicas, de cierta zozobra ante la totalidad y la densidad del universo; de un interés desmedido por desentrañar algunas intrigas existenciales que a muchos hombres y mujeres comunes no les suele preocupar le ha distanciado de sus lectores; quizás su vasta cultura enciclopédica, su erudición críptica y casi demodé, repleta de vocablos barrocos y rebuscados, de fechas, nombres, historias de vida de personajes de mundos idos, fórmulas químicas y referencias a la física cuántica expliquen los porqués del rechazo bastante generalizado de los jóvenes por la obra literaria de Borges. 

“¡Aburrido!”, me gritaron mis alumnos cuando les hablé de mis intenciones de intentar desentrañar los maravillosos mundos del escritor argentino, ese al que le apasionaban los suburbios porteños y que prefería a San Telmo y Barracas, dos barrios paradigmáticos de Buenos Aires, como escenarios de su mitología urbana; ese que hizo de la guapería de los compadritos, en los conventillos porteños, argamasa de alguno de sus cuentos; que llevó una vida de austeridad en su despojado departamento, en la Calle Maipú; que hizo del Aleph - la primera letra hebrea, el símbolo matemático א (número álef), que indica la cardinalidad (o tamaño) de conjuntos infinitos - un objeto casi digno de culto en uno de sus cuento, un caleidoscopio de una verdad axiomática… la incapacidad del ser humano para enfrentarse a la eternidad.




lunes, 3 de agosto de 2015

Retrato de Familia







                        Lolita, a los cuatro meses y medio, en Buenos Aires, agosto 2015.