Juan Carlos Rivera Quintana nació en una isla - en Cuba - y un buen día decidió salir de ella a mirar el mundo y buscar otros aires. Él quería alcanzar otros horizontes más personales e intelectuales y decidió construir su propia casa - su islaenpeso - y desde ahí presentar sus inquietudes periodísticas y literarias, sus crónicas de viajes, obsesiones y nostalgias. Acá, en esta geografía, sin mar cercano que lo aleje, se siente totalmente libre.
miércoles, 2 de noviembre de 2016
lunes, 24 de octubre de 2016
miércoles, 10 de febrero de 2016
martes, 2 de febrero de 2016
Mi regalo de cumpleaños 56.
Se podrán imaginar que si hace casi 13 años que no voy a la isla y ya hasta empiezo a creer que no iré nunca más por razones del desasosiego y la tristeza que me produce su política doméstica no podía perderme el contacto con sus raíces de la única manera que me da placer: su cultura plástica.
Y la muestra del artista cubano Wifredo Lam, sus piezas estaban ahí, al cantió de un gallo, en pleno Centro Pompidou, en el barrio Le Marais, a tres cuadras de donde estaba parando en este febrero vacacional. Sus obras estaban muy cerca, algunas de sus inicios, sus fotos familiares, las ilustraciones para libros, editados en París; sun cartas personales y hasta notas de su intimidad laboral y sus exposiciones por el mundo.
Quedé fascinado ante sus pequeños bocetos y fue como si la asomara a sus rituales creativos, a sus banco de imágenes trabajadas con paciencia casi artesanal. Y pude acercarme a sus momentos iniciáticos y sus penurias económicas, a sus etapas de más comodidad y bonanza cuando se le veía con esos trajes parisinos muy anchos, a lo Benny Moré; a los testimonios gráficos para la posteridad de sus encuentros con los marchand que publicitron sus piezas y le dieron visibilidad internacional.
Capítulo aparte merece mi asombro ante ese emblema del mestizaje y la cubaidad, que es su obra: "La Jungla", ese cañaveral sincrético y esperpéntico de negros, chinos, africanos e isleños en permanente bajeo vulgar y gozadera signica.
Ante esa pieza que me quitó el aliento quedé alucinado y robustecido de identidad. Ya nadie nunca podrá pintar como él ,supongo; nadie podrá representarnos tanto con tanto de mandinga, congo y carabali, con tanto de bohemio parisino y cubano de los interiores de Sagua La Grande, ese terruño chato y provinciano donde vino al mundo y tomó primeras lecciones.
Y ahí tuve enfrente de nuevo a ese negrazo- chino, de facciones blanconazas y porte y vestimentas de dandy europeo y hasta pude rescabucharle el torso desnudo con aires de Adonis testicular macho alfa y ese pelo enrulado de negro de solar nuestro y hasta imaginé historias de amor y corazones parisinos deshechos ante su encanto.
Y fue entonces un reencuentro con Nelson Domínguez; con la caligrafía y el trazo agudo de Roberto Fabelo; con la imaginería de Zaida del Río; con la paleta policroma de Pedro Pablo López Oliva; con la ductilidad y la astucia para amasar y sublimar el barro y plantar esmaltes y engobes de ese otro maestro nuestro: Alfredo Sosabravo.
Fue - sin dudas - mi mejor reencuentro con La Habana, después de 13 años sin verla, sin necesidad de derrumbes, procacidad y depresiones existenciales y humanas. Fue un gozo semejante al que me produjo pasear por el malecón de Cádiz, como me hubiera gustado que se viera el de mi Habana, la que no me podrán arrancar ni tiranos, ni mandamases, ni burócratas de aduanas insulares ni cuños en pasaportes desactalizados y desacralizados. Fue como pasear por Cartagena de Indias e imaginar y elucubrar cómo serían esos palacetesy callejuelas habaneras de no haber llegado tanta política deficiente y artera a mi Patria, quien es - por estos días - recibida en París y de manera oficial por las autoridades francesas olvidando las faltas de libertades, la violación de los más elementales derechos humanos y la falta de paz ante tantas escaseces que hay allí son pan nuestro.
miércoles, 6 de enero de 2016
Día de Reyes: Hasta que falte la Luna
Por: Juan Carlos Rivera Quintana.
Foto: Cortesía de una juguetería española.
El salmo católico por el Día de Reyes decía: “Se postrarán ante ti – Señor – todos los pueblos de la Tierra. Florecerá la Justicia y la Paz hasta que falte la Luna; que domine de mar a mar, el Gran Río hasta el confín de la tierra” y así seguía su letanía que todavía recuerdo – como un latiguillo – decir a mi abuela cuando nos hacía hincar de rodillas y leer su pequeño librillo descolorido de ensalmos y conjuros, horas antes de llegar el 6 de diciembre, el momento de los regalos y la llegada de los deseados juguetes.
Todavía me parece estar
viendo mi primera bicicleta- triciclo, que me trajeron los Reyes – entonces yo
creía en el mito – Melchor, Gaspar y Baltazar, quienes llegaron a mi casa, en
Marianao, guiándose por las estrellas, en la madrugada, y cuyos camellos tomaron toda
el agua y comieron toda la yerba que yo había dejado al pie de mi cama. Siempre pensé –y eso era lo más hermoso del sortilegio – que había
que cumplir aquel ritual porque, de lo contrario, los camellos, donde venían cabalgando
los Reyes, no podrían alimentarse para seguir su camino dejando a otros niños
los reclamados juguetes.
Me parece estar haciendo mi
primera carta a los Reyes Magos, todavía con faltas ortográficas y pequeños
desvaríos de sintaxis, donde pedía un camión de bomberos para apagar todos los
incendios de mi barrio. Entonces todavía la inocencia me valía.
Luego, una desangelada
noche, en que yo no me podía dormir, pude ver cómo mi madre - con tristeza -
colocaba una fea maleta de madera verde, parecida a un botiquín de primeros
auxilios, que había hecho mi padre, junto a un libro de Emilio Salgari, al pie
de mi cama. A partir de ese instante supe quiénes eran los verdaderos Reyes Magos
y aprendí que se venían tiempos de pocos juguetes y escasez sin derecho a queja
alguna. Eran los tiempos en que en Cuba
se empezaron a normar, por la desdichada libreta de abastecimiento, los
juguetes para el Día de Reyes y nuestros padres se vieron obligados a realizar
largas colas en las tiendas, desde las madrugadas, para tener acceso a algún
que otro juguete de los que se repartían para esas fechas.
Quizás ello explique los
motivos por los cuales cada vez que paso por una juguetería, en Buenos Aires, aún
me detengo con mirada de tristeza y resignación. Y es que tuve tan pocos
chiches para entretenerme, que terminé creando camiones de volteo con cajas de
fósforos, carritos con pequeños pedazos de madera que encontraba en el patio de
casa y hasta dibujé animalitos que, luego, recorté y pegué sobre cartón para
hacerme un pequeño zoológico para mis solitarios juegos infantiles.
Nunca podré olvidar un
pequeño fotingo negro – de pilas - que me regalaron mis padrinos. El carrito de
época llevaba, además, una chica de acompañante del conductor, quien tenía la
habilidad de levantar una cámara fotográfica que producía una luz como si
retratara sus alrededores. Aquel juguete – toda una novedad y una rareza entre
mis amigos - me produjo una de las más grandes felicidades de mi infancia y me
granjeó la amistad interesada de muchos de mis vecinos más pequeños. Mi madrina
lo había tenido que pagar muy caro a alguien que había tenido la suerte de
viajar a España y comprarlo allí. Porque en Cuba no se producían juguetes,
sobre todo, para chicos y había que importarlos y ello era casi prohibitivo
para las menguadas arcas nacionales de la isla.
O sea que parafraseando el
viejo salmo de Reyes crecimos como si nos faltará la Luna, como si tener
juguetes fuera algo del mundo capitalista y del consumismo infantil más
desmedido. Desde entonces me propuse que a mi hijo y luego a mi nieta no le
faltarán los juguetes y creo que, hasta hoy, lo vengo cumpliendo.
lunes, 14 de diciembre de 2015
jueves, 26 de noviembre de 2015
sábado, 14 de noviembre de 2015
París era una fiesta
Por Juan Carlos Rivera
Quintana
Ilustración: Cortesía de la página Inkulte
Alguna vez escribí, en una
crónica de viaje con mi primera visita a la Ciudad Luz, en el año 2010, que si
el mundo tenía un ombligo ese, sin dudas, se ubicaba en París. Y, hoy, ya no me
cabe la menor incertidumbre, después de los acontecimientos trágicos que vivió
dicha urbe multicultural, desde las primeras horas de la tarde de ayer, viernes
13 de noviembre.
Anoche, estaba exhausto
después de una semana de corridas laborales y académicas y cuando me disponía a
descansar profundamente, mientras la ciudad de Buenos Aires, comenzaba a
ebullir de fiestas, reuniones amistosas, de partidos de fútbol, alegrías,
desesperanzas, asados y de discusiones políticas – siempre la jodida política
separando y nunca llamando a la unidad - para ver quién será el futuro
depositario de la confianza de los 40 millones de argentinos, una noticia
irrumpió sorpresivamente en mi Twitter: París estaba siendo acechada por
ataques terroristas simultáneos, al parecer muy planificados, y ya se preveían
cientos de muertos.
Quedé impactado desde el
primer momento, casi en estado de shock. Hacía pocos días habíamos alquilado,
por una semana– con mucho entusiasmo por la aventura vacacional - un
departamento en el cosmopolita barrio de Le Marais, en pleno centro parisino,
para hacer vida no de turistas, sino de observador casi sociológico en dicha capital,
durante el mes de febrero.
Mi estupor no desapareció,
desde entonces, cuando comencé a seguir, minuto a minuto por CNN y otros
canales noticiosos y empecé a hacer pequeñas notitas en Facebook sobre lo que
estaba sucediendo en París, en la misma medida en que iba adentrándome en la
nueva realidad informativa: entonces se hablaba de estado de guerra; de ataques
múltiples, de cerca de 153 muertos, de conmoción y estupor, de factor sorpresa
en la noche parisina; de varios atentados de hombres que irrumpían, vestidos de
negro, con rifles AK-47 en restaurantes y bares provocando una verdadera
carnicería humana; de varios suicidas-bombas que se hacían explotar en las
afueras del Stade de France, en medio de un partido de fútbol entre Francia y
Alemania, al que asistía el presidente Francois Hollande a medianoche y de
operativos comandos para rescatar cerca de mil rehenes que habían sido tomados
por terroristas, en el conocido centro nocturno “Bataclán”, donde se
desarrollaba un espectáculo de rock de una banda estadounidense, llamada Eagles
of Death Metal.
Todos estos incidentes
trágicos tenían como escenario los distritos l0 y 11 de París, muy cerca de
donde en enero pasado sucedieron los atentados contra la revista “Charlie
Hebdo” y un supermercado judío, que conmovieron a la opinión pública mundial y
donde murieron 20 personas; todos estos incidentes e imágenes no hacían más que
mostrar escenas de desconcierto, muerte y pánico, en una ciudad que se precia
de su fraternidad, su carácter festivo y de su respeto por las libertades
individuales.
Momentos después hablaba
casi en estado de estupor y cara de susto el presidente de Francia, Francois
Hollande, que fue sacado del partido de fútbol - casi en andas por su seguridad
personal, a los coches blindados y a una reunión de emergencia nacional.
Entonces se advertía de cierres de todas las fronteras del país, del estado de
emergencia y de operativos comandos; de 38 hospitales parisinos en alerta
blanca para recibir heridos y víctimas del atentado; se orientaba permanecer en
los domicilios; de restricciones al tráfico en la capital y de un fuerte
operativo de despliegue de las tropas de elite y de todas las fuerzas del
orden, en todo París. Ya, entonces, se podía ver y hasta palpar el impacto
psicológico producido entre los franceses y los turistas por dichos ataques. Realmente
una verdadera pesadilla y conmoción por la ola de terror.
Si como decía Ernest Hemingway,
en el título de su famoso libro de memorias: “París era una fiesta”, la yihad
islámica y los fundamentalismos religiosos y políticos (que ya se han atribuido el atentado, recientemente) nos quisieron robar la
alegría. ¡Y valga de qué manera lo consiguieron¡¡¡
martes, 3 de noviembre de 2015
lunes, 19 de octubre de 2015
“Santa Cecilia” y La Habana: Una Atlántida insular
Por:
Juan Carlos Rivera Quintana
Foto: Cortesía de Timbre Cuatro.
“La
Habana no existe, a veces pienso que la inventé”,
dice con melancolía la anciana ilustre, la muerta-viviente Santa Cecilia, después
de cantar y tararear, como en una fantasmagoría - desde el fondo del mar- aquella famosa pieza, del cantautor santiaguero,
Manuel Corona, que dice: “Por tu
simbólico nombre de Cecilia tan supremo que es el genio musical; por tu simpático rostro de africana canelado
que se admiran los matices de un vergel. Y por tu talla de arabesca diosa
indiana, que es modelo de escultura del imperio terrenal, ha surgido del alma y
de la lira del bardo que te canta como homenaje fiel (…)”.
Entonces da comienzo el unipersonal - interpretado
magistralmente por el actor cubano, Osvaldo Doimeadiós, bajo la dirección de
esa leyenda teatral, que es Carlos Díaz -
y empiezan a tejerse las remembranzas y la magia que, por una hora y
cuarto, mantendrá pegado a sus butacas a los espectadores que, en la gélida
noche primaveral, del viernes 16 de octubre, asistimos al teatro “Timbre
Cuatro”, ubicado en pleno corazón de Buenos Aires, para ver la pieza, del
repertorio dramático insular del grupo El Público, que se presentó como parte
del III Encuentro Latinoamericano de Teatro Independiente.
Y es que este monólogo, que lleva por título: “Santa
Cecilia” - escrito por el reconocido dramaturgo y narrador cubano Abilio
Estévez, entre 1993 y 1996, está poblado de toda la desilusión y el
escepticismo por una capital cubana (“Laaaaahabana”, como dice su
protagonista), que está condenada a desaparecer para siempre. Y la voz de la
anciana, de 100 años, que yace enterrada en el fondo del mar y constituye el
cordón umbilical de la historia, se lamenta de la destrucción y la ruina de la
mágica urbe insular y la extinción de sus antiguas costumbres, goces y formas
de vida, mientras da sus golpecitos con el bastón o se sienta en el sillón de
mimbre o se abanica para paliar el bochorno habanero.
Así, entre portalones, quitrines, calles estrechas,
pregoneros de frutas, orquestas y bares de la época y desde una Habana, que más
bien se asemeja a una nueva Atlántida, se van desgranando las historias de un
conjunto de ánimas, de diferentes matices y trazados: la vieja, la niña bien,
el flautista negro, la sirvienta, la madre recatada, el padre castrador y
muchos otros fantasmas familiares.
Y durante ese periplo evocativo asistimos a varias
historias, todas cubanísimas, acompañadas – no podía ser de otra manera - por
la música trovadoresca; la operística (como en el pasaje, donde se recuerda la presentación,
en la capital habanera, del tenor italiano Enrico Caruso) y el repertorio
popular y bailable de las orquestas cubanas. Y es ahí, entre esos
desdoblamientos y transiciones dramáticas; entre esos entreveros y
transfiguraciones; entre esas entradas y salidas teatrales de cada personaje,
donde Doimeadiós saca los mejores provechos dramáticos y deslumbra por sus
posibilidades histriónicas, su ductilidad escénica, su dominio del cuerpo, su
concentración y destreza para cantar y bailar y, sobre todo, para convencer.
Y qué decir de cómo el dramaturgo Estévez apela, con
acertado tino en el texto escénico, a esa condición pentasentido de los seres
humanos y recrea y evoca imágenes, situaciones, ruidos matinales, olores y
sabores cubanísimos, como el del flan de calabaza, el dulce de coco, la
limonada para paliar el calor tropical, la natilla y el arroz con leche, por
sólo citar algunos, que terminan por hacernos la boca agua desde la luneta y
llevarnos, como en un flashback, a La
Habana que dejamos atrás. Y por momentos, haciendo uso de citas, referencias a
otros autores clásicos, al homenaje, a la solemnidad y la parodia hasta llega a
burlarse del criticado ocio insular, como en ese pasaje, donde Santa Cecilia
apunta con fina ironía isleña: “como los habaneros no aprendimos a levitar
inventamos la hamaca”. Y ahí, entre los parlamentos humorísticos es donde más
llega a descollar el intérprete y donde despunta todo el filo y la clave del
choteo isleño del dramaturgo de: “La verdadera culpa de Juan Clemente Zenea”.
Sin dudas, con esta pieza - que forma parte de la
trilogía: “Ceremonias para actores desesperados” - que incluye, además, otros
dos monólogos: “El transformista, Freddy” y “El enano en la botella”, Abilio
Estévez corrobora su ubicación entre los autores más perdurables de la
contemporaneidad de la Mayor de las Antillas y Osvaldo Doimeadiós rompe el
molde y los pre-conceptos de los que sólo le estereotipaban como un actor
entrenado para la comedia.
sábado, 10 de octubre de 2015
“Antigonón” o la Patria maltrecha
Desde arriba del escenario
una pionera cubana repite cansinamente: “ (….) El amor, madre, a la Patria
No es el amor ridículo a la tierra, Ni a la yerba que pisan nuestras plantas; es
el odio invencible a quien la oprime, es el rencor eterno a quien la ataca”
y las frases rebotan y estallan las acechanzas y frustraciones de muchos de los
espectadores, que asistimos, en la noche fría, del jueves 8 de octubre, al teatro “El Cubo”, ubicado en el
barrio de El Abasto, en pleno centro porteño, a ver la subversiva puesta en
escena de: “Antigonón: un contingente épico”, del colectivo cubano “El Público”,
dirigido por Carlos Díaz, que se presentó, con gran éxito, como parte del
Festival de Teatro de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Y es que sólo cinco actores,
completamente desnudos, la mayor parte del tiempo del espectáculo bastan cuando
hay una mano directriz, como la del prestigioso dramaturgo cubano Carlos Díaz -
ya casi una leyenda en el teatro cubano - para llenar y despertar todos los
sentidos y las emociones de los espectadores y hacer una mirada ácida y
corrosiva al biotipo del héroe insular.
Tampoco deberíamos obviar un
texto como el del escritor isleño Rogelio Orizondo, que se vale de una acertada
reelaboración, intertextualidad y actualización del clásico de la tragedia
griega “Antígona” y traspolando la anécdota a la isla de Cuba mixtura todo el
tiempo las historias y teje un material demoledor, casi un mazazo para las
conciencias insulares, de adentro y afuera, y las voces críticas de los amigos
de la isla, que cuestionan el estado actual en que ha quedado la maltrecha Cuba,
luego de tantos años de desgobierno, dictadura y diáspora de sus mejores hijos.
Quizás ello explique que la obra
comience con imágenes de archivo y videos de la época, que recuerdan el
entierro del Héroe de la Patria y Mayor General de nuestra Guerra de
Independencia contra España, Antonio Maceo y su ayudante Panchito Gómez Toro,
en el Cacahual y dicha efemérides nacional se mezcla con la tragedia griega,
donde Antígona, la hija de Edipo y Yocasta y hermana de Eteocles y Polineces, decide
desobedecer las órdenes del tirano y dar sepultura digna a uno de sus hermanos
guerreros - condenado injustamente por traición a la Patria - para que no fuera
devorado por los cuervos y los perros, al permanecer insepulto en las afueras
de la ciudad, como ordenaba el mandamás.
Y por momentos, hasta
parecería que seduce la persistencia del tema de Antígona, en la cultura
occidental en todas las épocas y las disímiles reelaboraciones que dicho mito
de resistencia y disconformidad ante las injusticias y los desmanes ha tenido
en el teatro contemporáneo. Quizás la respuesta esté en que los conflictos del
clásico griego atraviesan la esencia misma del ser humano de todos los tiempos:
vejez vs. juventud; sociedad vs. individuo; seres humanos vs. divinidad; héroes
y antihéroes; libertad vs. opresión… entre el mundo de los vivos, dispuestos a
luchar, y los muertos en vida o muertos civiles, que asienten para no disgustar
a los tiranos y los gobiernos autocráticos.
Es que la poética de este
proyecto escénico de “Antigonón” viene, después de muchas puestas y
discusiones, de mucho taller, a convertirse en la tesis de graduación de dos
prometedoras actrices cubanas, que egresan del Instituto Superior de Arte, de
La Habana: las dúctiles y convincentes Daysi Forcade y Giselda Calero, que
desdoblan en escena un abanico de personajes, todos distintos, todos
demoledores, todos polisemia pura. Baste tan sólo recordar las patrias
prostitutas; los heroicos combatientes del tanque; los “pingueros” (término con
que en la isla se denominan a los taxi boy que lucran con el turismo
internacional) y los escolares sencillos que con ingenuidad demoledora dicen
las grandes verdades. También precisaríamos reparar en los trabajos corporales
y posturales de todos sus actores, que la mayoría del tiempo a desnudo completo
trabajan con desenfado, como si fuera una coreografía de cuerpos que se
retuercen y ni hablar de los cambios de voces y los desplazamientos escénicos
de la puesta toda.
Y por la escena desfilan el
carnaval isleño; las palabras del apóstol José Martí; la visión surrealista de
nuestro gran dramaturgo Virgilio Piñera; las voces de la Madre de la Patria, nuestra
Mariana Grajales, aquella que le dijo a su hijo menor, al recibir la noticia de
la muerte de su hijo dilecto, en la batalla: “Y tú, empínate y anda”.
Por el escenario transita, además, lo esperpéntico y erótico de nuestro
Reinaldo Arenas, junto a la procacidad del lenguaje y las des-culturización de
hoy día en la isla; el pastiche caribeño, la parodia cabaretera y la burla
sórdida y todo pasa como un contingente épico, donde lo prohibido, lo
escatológico, lo mordaz e insano desfila de la mano de una mente cuestionadora
que pone en duda - como una tabla salvavidas - todas las “conquistas”
revolucionarias y logra alcanzar los peldaños de una identidad “caótica en
su ordenamiento” y triste en su estampida última, su falta de expectativas,
su confusión y pobreza existencial. Y casi al borde del camino, la Patria toda…
la Patria maltrecha, en su altar “patriótico” y sincrético, que no atina ya
para dónde escapar y casi pide a gritos hundirse en el mar (rodeada de agua
por todas partes) para volver a renacer con una carne nueva y unos huesos
fundantes.
miércoles, 9 de septiembre de 2015
The Voice 2014 - Ella Henderson: "Ghost"
Me encanta Ella Henderson, la descubrí hace muy poco, pero escucho todo el tiempo su música, es una mezcla rara de Adele y Amy Winehouse, dos de mis intérpretes preferidas.
martes, 25 de agosto de 2015
jueves, 20 de agosto de 2015
Borges o la incapacidad para enfrentarnos a la eternidad
Reflexiones después
de intentar introducir a mis alumnos de Literatura, del Instituto Sudamericano
de Enseñanza de la Comunicación (ISEC), en Buenos Aires, en el mundo borgiano y
la lectura de su cuento más emblemático: “El Aleph” (1945).
Por: Juan Carlos Rivera Quintana
Ilustración: obra de Remedios Varó. Foto: Archivo de Prensa.
Al cierre de uno de
los cuentos más emotivos y polisémicos que he leído en toda mi vida, titulado: “La rosa de Paracelso” (1974), el
escritor argentino Jorge Luis Borges apunta sobre su protagonista, un maestro
de la alquimia y las magias medievales, que le rogaba a su Dios que le mandara
un discípulo para recorrer a su lado el camino que conduce a la Piedra:
“Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el
fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava (lo que
había sido, antes, la flor roja, arrojada a la chimenea, del sótano) y dijo
unas palabras en voz baja, casi un susurro. La rosa resurgió”.
Y entonces se me
antoja que Jorge Luis Borges es como esa rosa que sigue resurgiendo de sus
propias cenizas, al rezo de un conjuro mágico de algún profesor dispuesto a
resucitarle y a descubrir con pasión y deslumbramiento antes sus alumnos el
mundo borgiano. Y no exagero cuando digo - con tristeza y hasta cierta
resignación - que Borges es uno de los creadores más incomprendidos y menos
leído en Argentina, quizás como corroborando aquel viejo adagio que apunta que
nadie es profeta en su tierra.
Actualmente, incluirle
en alguna currícula de Literatura latinoamericana en nuestro país es un
verdadero desafío intelectual que se explica por la pereza que inunda muchos
cerebros juveniles, acostumbrados perniciosamente a navegar en internet, a no
pensar, a no interpretar y mucho menos a leer e interesarse por sus clásicos de
la literatura. Resulta casi un contrasentido que el estudio de la obra de Jorge
Luis Borges, que integra decenas de programas universitarios y estudios de
postgrado de Europa y Norteamérica, en Argentina, haya perdido interés entre
quienes debieran justipreciarle más que nadie por ser un típico producto
nacional, un rara avis en el panorama de la literatura universal. Mucho se
habla de él, pero muy pocos le han leído y conocen, incluso entre los
intelectuales argentinos. E intentaré reflexionar en las causas de tal
situación, cuando faltan pocos días – el 24 de agosto más exactamente – para
celebrar la fecha de su nacimiento.
Entonces, un 24 de
agosto de 1899, en una típica casa porteña con patio y aljibe nacía Jorge Luis
Borges, la aportación más original de la lengua española al concierto de la literatura
mundial del siglo XX; entonces, venía al mundo uno de los más persistentes
mitos literarios latinoamericanos, un niño genio que aprendió a leer y escribir
muy rápido, que manejaba con soltura dos idiomas: el castellano y el inglés,
una especie de sabelotodo que era el hazmerreir de sus compañeritos de colegio
porque vestía como un niño rico, no le interesaba el fútbol y hablaba
tartamudeando. Ello explica que su educación formal comenzara a los 9 años en
una escuela pública porteña, donde no aprendería grandes cosas más que – como
él mismo apuntó– algunas palabras en lunfardo y varias estrategias para pasar
desapercibido y evitar el acoso escolar de los chicos más fuertes.
Y es que Borges más
que un literato fue un pensador que utilizó la literatura como vehículo para las
profundas meditaciones y desentrañar sus obsesiones relacionadas con los
orígenes del Universo en expansión; los misterios del tiempo, el azar, la
eternidad y la finitud de la existencia humana. Para ello se valió de la poesía
y ahí están dos libros arquetípicos si se quiere ilustrar sus méritos dentro de
la composición del soneto: “La cifra” y “Los conjurados”. También utilizó la
narrativa, más específicamente el cuento como vehículo de comunicación
literaria, donde intenta captar verdades reveladas, ligadas al mundo sensible y
a lo emocional. Como advirtió en una oportunidad: “La verdad no existe, y en verdad la realidad tampoco”. Y resulta
parabólico que alguien que pasó la mayor parte de su existencia en una ceguera
total (desde los 55 años perdió completamente la visión), se hacía leer y se
veía obligado a dictar sus cuentos hable de la luz del conocimiento y del resurgir de la rosa.
Jorge Luis Borges
utilizó su literatura fantástica para ayudarnos a olvidar las “patéticas miserabilidades del mundo real”,
para escapar de una realidad nacional que – según sus ácidas apreciaciones – no
eran ni civilizadamente próspera, ni de avanzada, ni occidental, ni cristiana,
sino bárbara, pobre, atrasada, tercermundista y pagana.
Quizás – y especulo –
el hecho de que su narrativa esté saturada de la memorización excesiva de datos,
del acostumbrado juego de los espejos, de los deslumbramientos ante la belleza
de las teorías científicas, de cierta zozobra ante la totalidad y la densidad
del universo; de un interés desmedido por desentrañar algunas intrigas
existenciales que a muchos hombres y mujeres comunes no les suele preocupar le
ha distanciado de sus lectores; quizás su vasta cultura enciclopédica, su
erudición críptica y casi demodé, repleta de vocablos barrocos y rebuscados, de
fechas, nombres, historias de vida de personajes de mundos idos, fórmulas
químicas y referencias a la física cuántica expliquen los porqués del rechazo bastante
generalizado de los jóvenes por la obra literaria de Borges.
“¡Aburrido!”, me gritaron mis alumnos cuando les hablé de mis
intenciones de intentar desentrañar los maravillosos mundos del escritor
argentino, ese al que le apasionaban los suburbios porteños y que prefería a
San Telmo y Barracas, dos barrios paradigmáticos de Buenos Aires, como escenarios
de su mitología urbana; ese que hizo de la guapería de los compadritos, en los
conventillos porteños, argamasa de alguno de sus cuentos; que llevó una vida de
austeridad en su despojado departamento, en la Calle Maipú; que hizo del Aleph
- la primera letra hebrea, el símbolo
matemático א (número álef), que indica la
cardinalidad (o tamaño) de conjuntos infinitos - un objeto casi digno de culto
en uno de sus cuento, un caleidoscopio de una verdad axiomática… la incapacidad
del ser humano para enfrentarse a la eternidad.
lunes, 3 de agosto de 2015
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