viernes, 12 de octubre de 2012

Foto de Viaje


Desde el Castillo de San Jorge, en pleno corazón de Lisboa, Portugal.

Lisboa: la ciudad de las ventanas verdes

 

 

Callejuelas empinadas, patios interiores recubiertos de azulejos pintados, tranvías que suben escarpadas cuestas rumbo a castillos, iglesias centenarias y pasajes angostos, todo un ejercicio para conocer la capital y las rutinas cotidianas de otras villas primadas portuguesas.

 

Texto y foto: Juan Carlos Rivera Quintana.

 

El taxi, de color amarillo y un colorido dibujo de sardinas en sus puertas, atraviesa la Avenida da Liberdade, en pleno centro lusitano, y deja escuchar desde Radio Amália, un fado triste, acompañado por el rasgueo - casi llanto de una guitarra - y la voz aterciopelada de la Reina del Fado: Amália Rodrigues, que dice: “Trago fados nos sentidos, tristezas no coração ,trago os meus sonhos perdidos, em noite de solidão, trago versos, trago som, de uma grande sinfonia, tocada em todos os tons, da tristeza e da alegria”. Y tal telón de fondo parece de magia, de encantamientos para comenzar mi viaje por Lisboa y otras ciudades de Portugal.

 

Lisboa, capital de Portugal, se levanta casi discreta y mansa, pero luminosa, colorida y abierta, a orillas del Río Tejo (Tajo) aspirando el aire salitroso del Atlántico y surcada por dos puentes inmensos que desafían la gravedad; uno de ellos: el Vasco de Gama, de 16 kilómetros, todo un alarde de ingeniería que termina perdiéndose en el horizonte como proclamando a los cuatro vientos que es el más largo de Europa.

 

Pero a Lisboa para sentirla hay que caminarla y perderse en sus callejuelas realizadas con adoquines de granito gris y blanco o andar por sus veredas, de artísticos y bellos trazados, y llegarse hasta el barrio de La Alfama, ubicado a los pies del Castillo de San Jorge, entre éste y el mar, una especie de arrabal humilde, cuna de pescadores, o llegarse hasta el Chiado y Barrio Alto, que representan a la Lisboa más bohemia y noctámbula, donde se puede escuchar en cada esquina el tañido de la guitarra y algún interprete popular de fado desperdigando sus penas, desde un café

 

Sus callejuelas estrechas y empinadas (como recordando siempre que la ciudad está construida sobre siete colinas) inspiraron los más hermosos versos de fado, pero no están concebidas para autos y mucho menos para autobuses. Ellas fueron diseñadas para el nostálgico tranvía (el más famoso entre los turistas es el número 28) que tuve la posibilidad de montar y me dejó cerca del Castillo de San Jorge, donde se tienen las más impactantes vistas de toda la ciudad, que baja hasta el río y el puerto, desde la parte alta de La Alfama con sus escalinatas, recónditos patios y fachadas de azulejos y  macetas en los balcones con flores de estación.

 

Pero si llega a Lisboa y no tiene la posibilidad de montarse en el Elevador de Santa Justa, puede decir que no cumplió con el adagio del posible regreso. Esta mole de hierro fundido, todo un icono de la urbe capitalina, posee un diseño que recuerda a la Torre Eiffel, de París y se levanta imponente en la Rua do Ouro. Su altura de 45 metros, posibilita el traslado a turistas y vecinos a lo alto del barrio de Chiado y se ha convertido en una verdadera atracción de visitantes foráneos.

 

De seguro también deberá recorrer el corazón comercial de Lisboa, que se extiende entre la Plaza de Don Pedro IV, más conocida como Plaza de Rossio, y la luminosa y ancha Plaza del Comercio (que termina en el Río Tajo), bordeada por restaurantes y cafés que ofrecen desde los famosos pastelitos de nata, emblema gastronómico de Lisboa, hasta todo tipo de mariscos y peces, preparados con la astucia y los secretos de la cocina lisboeta. Tampoco puede perderse una visita al popular café “A Brasileira”, un sitio entrañable, ubicado en la 120 Rua Garret, en la Plaza de Chiado, parte indiscutible de la cultura lusitana. Por su interior -decorado al estilo Art Decó, con mesas de madera y paredes forradas de espejos y una inmensa barra de roble - pasaron intelectuales de la talla de Fernando Pessoa, que ha sido inmortalizado, en su acera, con una estatua de bronce y otros habitúes como los escritores Aquilino Ribeiro, Alfredo Pimienta, el prestigioso educador José Joaquím Pacheco y  el reconocido pintor José de Almada Negreiros.

 

Una visita obligada es el barrio de Belém, ubicado en el extremo oeste de la capital lusa, a media hora de viaje, en colectivo. Allí llegarse a la Torre de Belém, con sus almenas en forma de escudo nobiliario y sus estatuas de santos y ángeles; visitar el Monasterio de Jerónimos, otra joya de estilo manuelino, que comenzó su construcción en 1501 y demoró un siglo en concluirse, pero donde se puede tener la sensación andando por sus claustros y patios del poderío portugués y sus excentricidades arquitectónicas. En su entrada están enterrados el explorador de la India, Vasco de Gama, debajo de la galería del coro del monasterio, y el poeta Luis de Camoes, pero sin duda lo más impactante es llegarse a la primera planta del claustro y estar cerca del monolito- tumba que con cierto recato y discreción  recuerda al poeta Fernando Pessoa. Allí una frase-epitafio de dicho escritor emblemático, rasgada a cincel sobre la piedra marmórea de color rosa negruzca, yace firmada por uno de sus heterónimos Álvaro de Campos (1923) y paraliza por su veracidad. El creador grita a los cuatro vientos con amargura existencial: “No, no quiero nada. Ya dije que no quiero nada. No me vengan con conclusiones. La única conclusión es morir”. 

 

Sintra y Cascais: el aire y el mar puros

 

De seguro un buen paseo será montarse en el tren (al valor de 4,20 euros), que sale de la estación de Entrecampos y que en 36 minutos te deja en la estación de ferrocarril de la verde Sintra, una bella villa considerada uno de los centros más importantes de la arquitectura romántica europea, donde se respira un aire más puro y hay un microclima más fresco (unos diez grados centígrados de diferencia con la capital) Dicha urbe serrana - que fuera definida por el poeta Lord Byron, como “un verdadero Edén” - tiene una vegetación abundante de flores coloridas y musgos entre las rocas de sus imponentes castillos y palacetes y fue  antiguamente zona de retiro de la realeza lusa. Sintra está ubicada a 29 kilómetros al noroeste de Lisboa.

 

No en vano ha sido declarada por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, en 1995, pues con tan sólo acercarse al Palacio Nacional (concluido a finales del siglo XIV), ubicado en el corazón de la antigua villa, con sus simbólicas chimeneas cónicas, de origen musulmán, que presiden las cocinas del alcázar o penetrar la Sala de las Urracas, en cuyo techo se exhiben dibujadas 136 especies de pájaros cada uno llevando una rosa en su pico y la frase: “Por bem” (por el bien de todo), ya el viajero puede llevarse una imagen del abolengo de sus antiguos moradores Don Joao I, quien vivía allí con su esposa Philippa Oc Lancaster. Y por favor, no olvidar la visita al afamado Palacio Nacional y Parque da Pena, cuya construcción asentada en el solar de una remoto monasterio, data del siglo XIX, constituye un extravagante alcázar de raigambre masónica, legado del príncipe de Sajonia-Coburgo, donde abundan minaretes árabes, almenas góticas, entre estanques, donde nadan cisnes negros entre flores y plantas exóticas y lujosos pabellones de caza.

 

Muy cerca de Sintra reposa Cascais, ubicada en la Costa de Estoril, en el punto más occidental de Europa. Dicho balneario, muy ligado a la pesca, cuya tradición se remonta a ocho siglos atrás, y al puerto con sus barcazas y bergantines exhibe sus playas de arenas blanquecinas y la tranquilidad de sus veraneantes. Cuentan que en Cascais tuvo lugar un castigo divino que muchos lusos esperaban ansiosamente: murió el dictador Antonio de Oliveira Salazar, quien gobernó con mano de hierro a Portugal entre 1932 y 1968, al caer de una reposera – manera tonta de morir - mientras tomada plácidamente un poco de sol y escuchaba algún quejoso fado.

 

Óbido y Oporto: un contrapunteo obligatorio. 

 

Rodeada de una muralla centenaria, la villa fortificada de Óbidos, ubicada en el distrito de Leiria, un valle muy fértil en el centro de Portugal, a 85 kilómetros al norte de Lisboa, y muy cerca de Caldas da Rainha (Baños de la Reina), constituye un retablo para turistas deseosos de sacar buenas fotos sin grandes sacrificios.  Allí puede caminar sus empinadas callejuelas medievales y recorrer las tiendas de souvenir y cerámica lusa que se ubican desperdigadas por todo el pueblo o tomarse una buena cerveza, acompañada por una tabla de quesos. Pero lo mejor del viaje a Óbidos, sin dudas, lo constituye el trayecto en ómnibus y el paso por varias ciudades de Extremadura, con sus parques de energía eólica y sus grandes pantallas acristaladas para calentadores solares, que demuestran cómo se buscan soluciones sanas y alternativas a la falta de combustible y sobre todo de petróleo. Las gigantes torres blancas con sus dos hélices parecen molinos de vientos postmodernos en medio de los campos verdes y dan la sensación de que el futuro se nos avecina, junto a las modernas autovías e impecables  infraestructuras ferroviarias con que cuenta Portugal.

 

El Castillo de Óbidos tiene orígenes romanos y fue recuperado en el siglo XX, después de los destrozos ocasionados por el terremoto de 1755 que azotó a la nación. Ya en julio de 2007 fue declarado una de las siete maravillas de Portugal. En su interior existe una posada que alberga a turistas que deciden quedarse a pasar la noche en la villa fortificada medieval.

 

Pero para llegar a Oporto, (en portugués Porto) la segunda ciudad en importancia de Portugal, con más de 1,7 millones de habitantes, ubicada en la desembocadura del Río Duero,  si hay que andar mucho camino y pasar por las ciudades de Fátima, Figueira de Foz, Aveiro y Coimbra. Recomiendo, entonces, tomar el tren rápido Alfa Pendular o el Intercidades y recorrer los 300 kilómetros que separan dicha villa de Lisboa. El viaje es hermoso, de unas dos horas y media, placentero y el confort de los coches ferroviarios lusitanos convierte el paseo en una verdadera delicia. Por eso los asombros comienzan desde que llega a la Estación de Trenes de Sao Bento, donde puede admirar los grandes murales de azulejos blancos y azules, de unas 20 mil piezas, con escenas de la vida marítima y las contiendas bélicas de la nación, obra del afamado artista luso Jorge Colazo.

 

No se defraudará cuando desande Oporto (también declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO), al poder recorrer sus elegantes barrios y villas señoriales, en contrapunto con sus estrechas calles, viejos callejones grises, tortuosas escalinatas y plazas centenarias e imponentes puentes. Dicha ciudad, lindante con Galicia, España, debe su nombre – por supuesto – al vinho de Oporto, una mezcla rara, pero elegante y seca al paladar de brandy y vino luso que es preciso degustar, sobre todo si usted – como lo hice yo - tiene la posibilidad de sentarse, una tarde casi otoñal, en uno de los cafecitos que bordean una de las riberas del Río Duero y frente al famoso Ponte das Barcas (1806), que se yergue inmenso y desafiante sobre la ría, surcada por rabelos, esos pequeños bergantines que cargan en sus entrañas los toneles del afamado vino o brindan paseos a turistas deseosos de aventuras marinas y fotos desde la otra ribera.

 

En dicha ciudad también le propongo visitar por sus impresionantes tallas doradas y su alarde barroco la Iglesia de San Francisco, que comenzó a construirse por los frailes franciscanos en estilo gótico hasta su terminación en 1410; la Catedral de la Sé, emplazada en el corazón del casco histórico de la urbe y uno de sus más antiguos monumentos; el Café Majestic, en la Rua de Santa Catarina 112, toda una joya de la belle époque y por supuesto la Iglesia y la Torre de los Clérigos con su famoso lucernario oval y sus atalayas barrocas. Pero, a no olvidar, uno de los sitios más impactantes, ediliciamente, es la Librería Lello e Irmao, ubicada en la Rua de las Carmelitas 144, calificada con mucha justicia como la más bonita de Europa y entre las más hermosas del mundo. Reitero: no puede dejar de apreciarla porque se perderá algo inolvidable. Sólo que es triste que no dejen tirar fotos en su interior y obliguen indirectamente a los visitantes a comprar las fotos estandarizadas que venden en sus vitrinas para tener un recuerdo de tamaña obra.

 

La Librería Lello e Irmao, una verdadera joya arquitectónica, de 1906, presenta detalles modernistas y neogóticos en su fachada y está atravesada, en su interior, por una curvada y despampanante escalera roja, que conecta determinados niveles del recinto, diseñado por el arquitecto Vasco Morais Soares, y se corona en el techo por un vitral impactante, que recorre todas las gamas de colores posibles, que deja filtrar toda la luz del día y por momentos parece cegarte de tantos colores que se te pegan a las retinas. 

 

Después de regreso a Lisboa seguro podrá asistir a algún espectáculo de fado, de los auténticos, de esos a los que van a derramar sus saudades y melancolías algunos cantores desconocidos, en las discretas tabernas del barrio de Alfama y que no han dilapidado su autenticidad, a pesar de las avalanchas turísticas y los flashes de las cámaras fotográficas, y podrá seguir andando entre callecitas perdidas, pasadizos con flores, tranvías, un río tranquilo y janelas (ventanas) verdes.

 

 

 

 

 

 

 

viernes, 31 de agosto de 2012

Amarga cosecha




Obra del artista plástico cubano Roberto Fabelo.


“(…) combada el alma,
...........su mortal sosiego,
..........embarga del recuerdo el arco efímero (…)”
            Heriberto Hernández, en “Quaestio disputata”.



He navegado entre los agujeros de la noche

Como una gota de lluvia que resbala turbia

Y salpica los pies de la cama, el despeñadero de otras pupilas,

He transitado los días más oscuros con los ojos vendados

Y sin bastón donde recostar el alma asustadiza,

Y en ese andar sólo he recibido retazos… pequeñas ausencias

Cuadernos emborronados… cartas que nunca traen remitentes.

Quizás por ello venero todo…. hasta el asco

Dentro del vacío sideral que me ronda,

Donde imagen y hombre glorifican su caos y se hacen trizas

Regurgitando espasmos y contiendas anuladas,

Mientras arcángeles y demonios ya no edifican territorio alguno,

Sólo ciertos temblores y un aire de cava húmeda

Con hedor a fastidio y maderas añejas

Termina por inundar hasta el cuerpo esponjoso de mis huesos.



Convertido en personaje y sombras temerosas

Ya no miro las tinieblas de mis ojos y dejo pasar estos días

Entre sopas de cabello de ángel y vino en Tetra Brick,

(Distribuidos a mayoristas para tiendas ignotas)

Con tufo a insomnio y depredación trasnochada.

Desde el cuarto contiguo escucho: “Strange Fruit”,

Un jazz evanescente que Billie Holliday gorjea narcotizada

- como un rezo -

Y retorna la sensación de estar a los pies del árbol sureño

Con la soga puesta al cuello y el repentino olor a carne negra.



La amarga cosecha se ha devorado a destiempo

En los secos campos de vides norteños

Donde el granizo azota inclemente y lo descuartiza todo,

Y este año con seguridad no se llenarán hasta el corcho

Las botellas granates que apuraremos en las mesas.

Y es que todo resulta tan insustancial, tan sinsentido

Que he empezado a escrutar dentro de mi propio músculo cardiaco

Y mi espalda arqueada por el peso de los años,

Esa giba cansina que terminará ahogándome.

Estoy longevo, hipocondríaco y me duelen los pies,

Pero no hay rencores ni aflicciones

Sólo una pizca de amargura resbala tonta hasta caer sobre mis mejillas

Que arden de tanta travesía vana y tanta ausencia

De tanto atravesar los agujeros de esta modorra interminable.


                                  Buenos Aires, calor, 31 agosto, 2012
                                      Por llegar el codiciado fin de semana.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Ejercicio de amputación




Obra del artista cubano Roberto Fabelo.

"Las viejas maderas lo habían presentido:
no iba a haber desembarco.
A lo lejos, muy lejos, la costa está cubierta por las llamas".
             ”Final del viaje”, de Reinaldo García Ramos.



Frente a la playa hay un hombre que respira

(yace tirado bocarriba sin moverse),

absorto escruta su interior y exhala el salitre/

que le quema los pulmones,

pero no está muerto, cavila taciturno,

casi a regañadientes sobre

su inexistencia.

Le han dejado varios fragmentos de madera y lona

por si quiere huir / tejer un velamen ofuscado

(para luchar contra la ola)

y perderse en el horizonte, pero ya no tiene edad

para esa aventura que puede fagocitarse el mar.

Le han facilitado una excusa de décadas para

la estampida, pero él sólo se tumba y desmenuza la arena

que deja una traza relámpago inevitable.

Es 1 de septiembre y está por llegar la primavera,

esa confundida cópula de olores y alergias

que terminara en las fauces de la nada/

teñida con cursis flores y perfumes baratos

de verdulerías de barrio

o carnaval popular de patria pobre.

¿Estará pasando un mal momento o sólo

intenta relamer su silencio de arpón clavado

por temor a que alguien le escuche?

En su boca se retuerce una palabra agria, misérrima/

casi ocre (con poder) que fue silenciada

en todos los claustros y

reuniones políticas/ una frase

ultrajada, sin almidón ni remilgos que se le atraganta

en la gaznate cuando llega la hora de deglutirla y lanzarla a los

matarifes que intentarán despedazarla en la plaza.

El miedo se pintarrajea sobre su entrecejo y deja asomar una luz

fulmínea, de malas noticias (golpe de puñal rengueante)

pues avizora que sus oraciones terminarán descuartizadas

sobre el acantilado de otra playa abandonada a la desidia

o vendidas al mejor postor en cierta feria americana.

El sol - ese nebulosa caliente de pálidos dobleces

- le cuece el rostro/

lo dibuja para la eternidad con golpe erótico de punta de dedo

y le hace expeler los más trasnochados olores testiculares/

un pus desabrido con aroma de respiración intrusa

se escapa de sus tripas vacías.

Ese hombre es una castración-de-cuerpo

-sin-glorias-pasadas/

nació para devorarse entre sus propios dientes/

(roto como muñón amputado),

pero desea terminar su derrotero frente a una playa

-su-única-gloria/

abstraído mirando el simple azul que engulle y divaga con indiferencia



lunes, 6 de agosto de 2012

Curso Taller: Los géneros de opinión, talón de Aquiles del periodismo latinoamericano.



Obra del artista plástico cubano Humberto Castro.


Comienzo: 6 agosto de 2012 de 6:30 pm hasta las 8 de la noche, concluye el curso en september 24, 2012. (Ocho encuentros)
Círculo de la Prensa, en Perú 358, Buenos Aires, Capital Federal, Argentina, en calle Perú 358. Capital Federal, Argentina

Profesor Licenciado Juan Carlos Rivera Quintana.
http://www.islaadversa.blogspot.com

Teléfono escuela: 4334-5908.


Contenidos:


1- Los géneros de opinión o “géneros pensantes”, también conocidos como interpretativos: editorial; comentario; artículo de fondo o de opinión; reseña; crítica y la crónica. La argumentación, la exposición como recursos expresivos. El uso de las fuentes primarias y secundarias en estos géneros. Los resortes persuasivos.

2- El editorial o el periodismo “por encargo”. El punto de vista institucional del medio para el que se escribe. Su tono protocolar, comedido, austero y casi anónimo. Su estructura: fase informativa, interpretativa y deliberativa o conclusiva.

3- La crítica cultural: un texto en sí mismo, un acto creativo, integrado al discurso reflexivo. El arte de juzgar al otro/a. Sus características y estructuras posibles. La personal estimativa y la verdad como construcción en una crítica periodística; su rol como instrumento educador, informador y el entretenimiento. Análisis y síntesis, la competencia del crítico, la ambigüedad de su formación, sus herramientas teóricas. .

4- El comentario, un texto argumentativo con un tono más coloquial y popular. El uso de la ironía, la sorna, los proverbios y otros recursos discursivos. Convencerse e informarse para convencer e informar al lector. Estructura y redacción. La ideología de quien comenta.



5- La columna, como ejercicio del comentario: la curiosa comunión, una liturgia rara con el lector. El “yo” y el ego del que escribe una columna, su prestigio intelectual, periodístico o literario, la fascinación que ejercen los columnistas. La columna analítica y la columna personal. Grandes columnistas hispanos.

6- El artículo de fondo o de opinión: su rol interpretativo, analítico y argumentativo. La libertad expresiva de la que gozan los articulistas. Prestigio y autoridad de quien redacta y se responsabiliza con lo escrito. Un grado superior de madurez profesional y responsabilidad social en este género. Convencer a los lectores. El articulista como “líder de opinión”.

7- La reseña: su carácter eminentemente descriptivo. El rol de marketing de este género periodístico. Información rápida e impresionista. Estructura; diferencias y similitudes con la nota informativa. Algunos ejemplos.

8- La crónica: esa botella echada al mar. Sus posibilidades narrativas. Límites y desbordes entre la literatura y el periodismo en este género tan particular. Las impresiones personales. Su estilo evocativo, emotivo. Su raíz informativa. Estructuras y redacción. Grandes cronistas latinoamericanos. De García Márquez a Roberto Arlt y sus aguafuertes porteños.

lunes, 30 de julio de 2012

Música latinoamericana





Programa televisivo del Canal Encuentro, con el joven intérprete y compositor argentino Abel Pintos.

martes, 24 de julio de 2012

Puta costumbre



Obra del artista cubano Roberto Fabelo.

“(…) pero existe

esa mezcla de tiempos y fronteras

que no tiene remedio

con palabras”.

 Irela Casañas, en: “Escribir en la arena sin que la ola alcance el rasgo”.




Como un humo, una voluntad de perpetuidad se rematan

En la plaza pública aquellas palabras, casi sin espectadores,

Rebotan como crisálidas deshechas contra los tímpanos-sordos

Trazan una ralla negra sobre las paredes blancas del claustro escarchado

Donde mi perro trepida de frío, ladra su celo con sinfonías atonales

Y se escabullen dentro de mi cabeza los salmos religiosos

Que repetía – desnuda - mi tía solterona para no arder en el infierno.

Dañino vicio aquel de no querer escuchar, ni en los peores insomnios/

en aquellos donde mi masa cerebral se derrite como la esperma de una vela/

contra la mesa de luz de esa pequeña cárcel, con baño y bidet,

donde hemos decidido - ojo alerta - esperar el armisticio para que deje de diluviar

y acaso salga un arcoiris que lo coloree todo de nuevo,

parecido a un tatuaje con gramática inscrito a punta de cuchillo

                                                                      (en la frente traslúcida).



La otra aparición - que también se llama como yo- ha empezado a desconocerme

dócilmente/ Me imita cada día al levantarme,

se tapa la boca al bostezar, no eructa, busca el mejor dentífrico

para blanquearse los dientes, ya no actualiza su pasaporte

y se ducha religiosamente después de hacer (apáticamente) el amor

antes de tomar el subterráneo camino a una oficina gris

donde parece que también todo quedará suspendido a los laberintos

                                                                                  (del discurso).

El espectro se afana en vestirse con mis ropas, en conservar mi parsimonia

y se entrena para hablar con el mismo acento neutro de los sin fronteras.

Luego – a mis espaldas - se muerde los labios por su olfato

y adopta semejante hipocresía de corrección política.

Cada tanto le oigo decir como si escupiera una pedrada:

“hasta aquí llegó la vida”, con un dejo de advertencia y desapego,

Como si pudiera no hacer oídos sordos a tanto nihilismo

Que intoxica el cerebro e inmoviliza las piernas.



Entonces vuelve a aparecer el humo como una exhalación

Un linde, una orilla en mapa asediado por el adversario

Para sentir el peso de mi culpa ardiendo en un brasero apagado

e inmediatamente recuerdo ese coraje de náufrago con que me parió mi madre

y aquellas bendiciones de mi abuela cuando pensaba

que ya no hablaría irremediablemente como el resto de los chicos de mi edad

porque al nacer no lancé el estridente berrido de llegada.

“¿Apocado o mudo?, se preguntaba ella

y me daba aceite de hígado de bacalao para enjuagarme las cuerdas vocales

y sacarme alguna palabra, pero sólo conseguía una mueca de asco/ una aversión,

un sudor en el labio que todavía me dura cuando debo ingerir algún fármaco.

Es ese el momento de salir a la tribuna o al cónclave

donde se discute un asunto de vida o muerte o de resurrección

y arrellanarse sobre el silencio de los demás, donde a veces pareciera

que nunca termina la frase y nadie sabe en que isla o marejada

puede aparecer su alter ego con esa puta costumbre de sentirse un emigrante

                                                                sin nada familiar ni nada que decir.




                              Buenos Aires, 24 de julio, frío y estufa insuficiente.