Juan Carlos Rivera Quintana nació en una isla - en Cuba - y un buen día decidió salir de ella a mirar el mundo y buscar otros aires. Él quería alcanzar otros horizontes más personales e intelectuales y decidió construir su propia casa - su islaenpeso - y desde ahí presentar sus inquietudes periodísticas y literarias, sus crónicas de viajes, obsesiones y nostalgias. Acá, en esta geografía, sin mar cercano que lo aleje, se siente totalmente libre.
miércoles, 4 de mayo de 2011
lunes, 2 de mayo de 2011
Dibujar con luz los recuerdos

Apuntes sobre la primera novela del escritor y amigo cubano Tomás Barceló, cuando pronto se cumplirá un año de su desaparición fìsica.
Dice el narrador, fotógrafo y amigo cubano Tomás Barceló (1949-2010), al comenzar el primer capítulo de su primera novela: “Recuérdame en La Habana”, publicada hace algunos años en la Argentina por la Editorial Boulevard, de la provincia de Córdoba: “Por el camino polvoriento llegaron los hombres hasta mi cadáver. Eran ocho en total. Parecían fantasmas flotando en el bochorno de la tarde. Debieron ser los mismos que nos emboscaron en la curva y nos mataron. Todo ocurrió de una manera instantánea y sorpresiva. Y aunque siempre tuvimos presente la idea de morir, también albergábamos la esperanza de salir con vida, volver a nuestros hogares sanos y salvos, ver nuestras madres, nuestras familias, caminar por las calles de La Habana, abrir una botella de ron y compartir algunos buenos momentos con los amigos del barrio (…) Debajo de mi cadáver toda la sangre que se escapó de mis heridas se mezclaba con el polvo del camino, formando una pasta densa y oscura. Fueron en total cinco perforaciones, tres de ellas troncharon la vida que durante 26 años palpitó en este cuerpo que ya no me pertenece”.
Y la lente narrativa del escritor, periodista y fotógrafo Tomás Barceló abre el plano, se detiene, hace un acercamiento de conjunto al escenario angolano, donde tuvo lugar la masacre y recorta el ángulo sobre un grupo de figuras que luego serán los personajes protagónicos de la historia: El Niño; Juan Franco; Lázaro Rego (el Moro), tres soldados cubanos que caen en una emboscada, realizada por la guerrilla contrarrevolucionaria de la UNITA, dirigida por Jonás Savimbi, durante la Guerra de Angola. Sus cuerpos son destrozados y sus corazones y testículos fagocitados por los insurgentes que pretendían derrocar al Gobierno independentista y nacionalista de José Eduardo Dos Santos. En ese segundo infinito en que se ve cruzar a la muerte por la escena para llevarse la vida de estos tres soldados internacionalistas cubanos, las voces de estos tres jóvenes nos contaran sus vidas pasadas, sus sueños, miedos, frustraciones y sus esperanzas de regresar a la tierra cubana para reconstruir sus hogares y familias.
Dentro de esos grandes planos americanos, que intentan congelar la memoria de los recuerdos entrañables de narrador, tambièn, desfilarán ante nuestros ojos, en grandes close up y planos medios, Alberto Rabasa, Zenia Miraflores, José Francisco Prado de Castro, Thelma, María de la Asunción; Leopoldo Ballester y otros personajes que contribuirán con sus vidas a seguir hurgando – a lo largo de 232 páginas – en cada una de las existencias de estos tres jóvenes soldados con primeros planos llenos de luz y sus conos de sombras, con matices y encuadres perfectos; por momentos con una narrativa madura y descripciones emotivas, que en nada descubren a un escritor principiante.
Y es que Tomás Barceló ya tiene un ejercicio periodístico interesante y creativo en las páginas de muchos diarios y revistas cubanas y latinoamericanas y una ardua experiencia con su cámara fotográfica, con su mirar objetivo y sensible; ejercicio desplegado en sus crónicas costumbristas, en su pasión y dedicación a la escritura, en su avidez por todo lo que huela a cultura autóctona y original.
Al terminar de leer esta emotiva novela, titulada: “Recuérdame en La Habana” no deja el lector de preguntarse si está ante la escritura de un excelente fotógrafo o ante la fotografía de un excelente periodista y narrador, porque realmente en esa dicotomía se debatió la existencia profesional de Tomás Barceló.
Dicen los especialistas de la imagen que existen grandes similitudes entre la cámara fotográfica y el ojo humano: ambas utilizan la lente para enfocar una imagen sobre una superficie sensible a la luz; precisamente eso es lo que logra conseguir nuestro narrador con esta su primera novela: enfocar con precisión y paciencia escritural y creativa la vida de sus criaturas ficcionales, dibujar con luz sus recuerdos.
Hace algunos años, Tomás llegó a la Argentina (2001) con una novela a medio terminar bajo el brazo a comenzar una nueva vida; el amor y los afectos de una cordobesa periodista le trajeron a estas tierras y se instaló en esa ciudad a emprender un nuevo derrotero, a abrirse camino profesional, a empezar de cero. Atrás en Cuba quedaron sus premios nacionales de fotografía y periodismo, sus horas de estudiante, dedicadas a realizar una Licenciatura en Periodismo en la Universidad de La Habana, sus compañeros de juerga en la Revista Bohemia, la decana de la prensa cubana, sus innumerables recorridos por los parajes más recónditos de la isla, una hija y muchas historias de amor y desamor.
Así con la paciencia de un artista que construye cuadro a cuadro un fotorreportaje antológico y la sensibilidad de un cronista comenzó a construir la historia de esta novela, que inició en La Habana y se reescribió en Córdoba, comenzó a ordenar sus escenarios e intensidades dramáticas; a indagar de qué materia están fabricados los héroes y antihéroes y de qué arcilla y agua se alimenta el acto heroico; a bocetear personajes, a lidiar con la vida y con la muerte, como sucede en todas las guerras y en todas las vidas, sin darse cuenta que él también libraba la suya: la adaptación a otra realidad profesional y laboral en una nueva tierra, ajena a la idiosincrasia insular cubana, pero tan multiétnica y rica culturalmente como nuestra propia isla.
Y que mejores escenarios cruzados para su novela que Angola, en África, y La Habana, en Cuba: dos regiones que Tomás conoce muy bien. Angola con una contienda bélica, que comenzó entre la FAPLA y la guerrilla insurgente de los colonialistas de la UNITA, de Jonás Savimbi, en 1975, y terminó con la retirada de las tropas cubanas del escenario militar y la independencia angolana en 1989, guerra que costó innumerables vidas de civiles y soldados angolanos y cubanos; y la Habana Vieja con sus miserias y conventillos, calcinados por el sol impiadoso del Caribe, sus calles polvorientas y musicales y las necesidades cotidianas de un pueblo, acosado por la propia utopía de construir una Patria más grande que los 727 kilómetros de superficie de la isla de Cuba.
En “Recuérdame en La Habana” las historias van siendo contadas de a poco, fragmentariamente, entretejidas con los hilos variopintos que sólo se utilizan en los grandes telares, aderezos de una buena narrativa, entre cartas cruzadas que van y vienen, alimentando largas esperas y amores consumados a medias, con ingredientes de sumo interés como la leyenda guerrillera del coronel José Francisco Padrón de Castro, conocido como El Rojo, jefe de una escuadra suicida invicta, un hombre que peleó junto al Che Guevara en la Sierra Maestra y en la toma del ejército rebelde del poblado de Santa Clara, en la guerra de liberación cubana del yugo batistiano.
Sin lugar a dudas, estamos ante una excelente obra literaria, realizada con el corazòn y la pasión de los buenos escritores, con la cuna y el compromiso de los cubanos nobles, que no reniegan de sus raíces insulares y la llevan fenotípicamente en la sangre.
“Recuérdame en La Habana” nos habla de las heridas, los rasguños y las cicatrices en el alma de los seres humanos y quizás por eso es que comulgamos y nos identificamos con su galería de personajes, porque quién no ha tenido las mismas dudas, infelicidades, contradicciones, dolores y desasosiegos de El Niño, Juan Franco y el Moro y quién no ha tenido la impresión, en algunas oportunidades de la existencia, de estar justo en el lugar equivocado y a mansalva de las balas y la muerte bajo esa luz dorada que se extiende como un manto, que marca los límites exactos: la frontera de la vida y la muerte. Quizás por ese recorrido íntimo, por esas historias cubanas y universales que nos narra es que agradeceremos siempre a Tomás Barceló su obra porque supo escribir esta novela con la misma pericia, pasión y creatividad con que apretaba, todos los días, el obturador de su cámara fotográfica o daba clases a sus alumnos en la Universidad o amaba a sus seres más queridos.
Juan Carlos Rivera Quintana
A Tomás Barceló, In Memoriam,
Buenos Aires, Argentina.
martes, 15 de marzo de 2011
Espasmódico baile, bautizado mar

Obra del artista cubano Humberto Castro.
“Pero soy esto, la mala roca que busca
erupcionar en las entrañas del poema,
parir su libertad, sin nombres,
como un islote escondido entre las olas”.
Abel González Facundo, “La isla de Virgilio”.
La masa de agua fosca y verde me devolvió su resaca
cierta rabia de naufragio justo en medio de la nada,
(recordando mi inseguridad de incauto vagabundo)
como un buque fantasma que junta cadáveres
y luego los devuelve a la orilla
para que sean enterrados en el limo tibio.
El mar se fue amontonando en mi espalda, en mi espinazo
cansado y entre las yagas del letargo, por tanta ceguera
amputada a hachazos, a punta de cuchillo/ por tanto camino salobre
y espasmódico entre tablas salvavidas que desaparecen tragadas
por esa porción de líquido al que todos vuelven en rito/
para agradecer al silencio que les da fuerzas para seguir
o perderse entre la multitud portuaria donde nadie repara en nadie.
En definitiva, ese es el sino de los que rompen sus naves,
partir para retornar a un ancladero equivocado.
Yo también heredé una gabarra, un pedazo de barcaza
para cambiar el cuadrante difuminado a fuego, pero nunca reparé
en la isla adónde nacía, ni de la inexistencia de un camino de ripio para la estampida donde esconder mis infortunios que bucean algún antídoto
justo cuando cae la tarde (y todo se inmoviliza).
Entonces salgo a la proa y siento la caricia salobre y obstinada
esa música atávica del ir y venir que todo lo disipa, engulle y corroe/
lanzo mi velamen sobre las cabezas y desato los cabos
para franquear la salida del puerto, observo las bollas y tuerzo el rumbo,
puras veleidades intelectuales de ciudadano que olvidó su lugar
y ahora intenta reconstruir dominios aunque sólo sea otra ilusión
trasnochada de alguna pesadilla no contada a su psicoanalista.
Escapo, huyo, me sumerjo, pero apenas es una alucinación
un desborde de pasados epitafios para cuando ya no quede
ni mar, ni barcaza, ni bollas y el muelle se haya esfumado
en la neblina del tiempo.
21 de octubre, sin sextantes ni brújulas.
lunes, 14 de marzo de 2011
Caligramas escritos sobre la piel

Obra del artista cubano Humberto Castro.
Me has grabado tu nombre en los hombros, me has distinguido con tu marca. Las yemas de tus dedos se han convertido en bloques de imprenta, estás componiendo un mensaje sobre mi piel que le da sentido a mi cuerpo. [...] Escrito en él hay un código secreto”.
Jeannette Winterson
En el trazo profundo que llevas en el hombro
un colibrí revolotea asustado y mira de soslayo tu huesudo cuello,
husmea los olores y escucha tu cáustica manera de involucrarte,
es testigo mudo del laberinto de decires de tus escaramuzas,
mientras en otro dibujo cercano una víbora vomita su lengua
y amenaza con cazar la presa.
Sobre la tinta roja y azul de la bandera que te acaban de
tatuar abrazando el pecho, junto a una orquídea morada que te
regalaste para el último cumpleaños,
(siempre ese adicta compulsión al autorregalo de códices)
la filosa puntada de la aguja tejió varias ficciones, quizás un aforismo:
no volverás a vivir donde naciste, tus cenizas serán esparcidas lejos de
los tuyos, nadie te recordará cuando mueras… sólo tu perro.
En el tatuaje abstracto, (el primero que te hiciste en la espalda),
aquel donde dos sexos confusos se enredan en un apretón asfixiante,
promiscuas gotas de sudor se posan ahora desatando
insólitas interpretaciones, algún litoral sinuoso
adonde no llega tu marejada, cierto oculto simulacro,
un reproche convertido en expiación,
aquella escapatoria que siempre supo a estigma, a destierro.
Desde la puerta abierta del baño mientras te duchas
puedo avistar el afinado caligrama que se oculta
en lo más velado de tus entrepiernas /
La Habana te sigue quedando lejos pero pretendes
volver cada noche cuando te miras esos puntos oscuros,
la grafía que exhibes impúdicamente como documento de identidad
e incisión envenenada, cierto enigma ininteligible cual rompecabezas,
mueca de barricada en pleno cónclave político caribeño,
que sazona la propaganda fort export remachada en la piel.
En todos los riscos de tu dermis la escritura retumba
con vibra huracanada, truena y esculpe con sangre
su memoria para no cicatrizar,
(único lujo que no se pueden dar los peregrinos).
Con mucha paciencia consigo abandonar la interpretación de mensajes
de tu difusa geografía, los esquemas receptivos de lectura,
los pliegues de la historia, la sumatoria de todas
esas identidades sígnicas y desgarraduras
almacenadas sobre la carne.
Estoy frente al itinerario de un sujeto en dispersión que tú no reconoces.
Catalejo con sabor a sed en mar incierta

Obra del artista cubano Humberto Castro.
“ Y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar, al país donde los sabios se retiran del agravio de buscar labios que sacan de quicio”.
Peces de ciudad, de Joaquín Sabina.
Alguien sigue intentando unir en nosotros sus retazos,
sus jirones de eternidad chamuscados por un fuego que no cesa, que busca
el paisaje perdido dentro de un catalejo que cierto niño lúdico
mira con la curiosidad de querer retener en tierra de nadie.
¿Quién se acuclilla dentro de mí? ¿Hasta dónde emigra conmigo?
¿Quién se recuesta sobre sus victorias peregrinas en la pared de brumas
de mis lóbregos huesos y tras los párpados doloridos?
¿Quién esconde su mirada de rehén en noche desconocida
por senderos de zarzas? ¿Hasta dónde quiere llegar?
¿Quién escribe sus secretos desprendidos como una bocanada
extranjera e intenta vanamente dejar sus sedimentos de velero fantasma
en noche de mar con promesa de muerte?
¿Por qué profundiza tanto si sólo le quedan restos...
cascajos, ilusorias memorias?
Desde adentro de mis carnes se apuntalan espejos y señales
que ya ni intento transcribir... poco importa, me he pasado la vida
descodificando los discursos vanos de los otros/
buscando islas naufragas para el retiro forzoso,
como un noticiero después de la batalla,
como salir al encuentro de alguien que no llega...
cual noche cortada con empalmes de siglos
(en mala versión insomne).
Todo cuece y calcina dentro mío, se evapora y sube, se difumina
entre nombres secretos y catedrales que nunca pisaré.
Las aguas crecen, se desparraman, revientan de gozo
y yo sigo sin entender nada, sin querer interpretar
las vetustas orgías como olas/ los largos bostezos como olas
las raras alucinaciones como olas/ los pétreos islotes como olas.
Allá detrás, sobre las planicies y colinas de mi tierra se escabulle
(un espectáculo de inmolaciones)
que deja a la intemperie maleficios y cegueras
alucinaciones eternas/ eternos escombros
perdurables lutos/ perennes precipicios/ sempiternos centelleos
como duros pedazos que nadie podrá volver a unificar
(eternamente).
Una escalera insondable extravía sus rutas y repliega
sus sombras hasta la última morada,
aquel gran portón que no quiero abrir por temor al juicio final.
Estoy predestinado para mejores momentos/ para traspasar la niebla
aunque siga tropezando con el pedrusco de siempre
aunque pierda los dientes y la piel en la caída
y tan sólo me queden vientos y manos desertoras/ mutiladas reliquias,
retazos de eternidad en fechas de mordazas y miopías.
27, mayo 2009. Frío húmedo, que paraliza.
martes, 1 de marzo de 2011
Nuevamente Ivette Cepeda, interpretando ¡Ay del amor! del excelente compositor cubano Mike Porcel.
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