
Obra del artista argentino, Sergio Merayo.
"Mi corazón no es una puerta
sino el recurso de los fusilados
una pared endeble y arañada
si acaso".
(Poema XXXII, de Juan Antonio Molina)
En el marco de la ventana está la copa de vino/
circuncidada con el mejor licor sangre de Cristo,
allí yace pese a los socavones de la noche
y la lluvia de agua bendita que cae de un cuadro crucificado
en el dintel de la puerta.
En la esquina de la máscara recién lavada para sostener nuestros silencios
está el recipiente con sabor a uvas amargas para el profeta Elías,
que pasará entre las sombras a beber del contenido y seguir su camino.
A cambio nos dejará como testimonio de su existencia: la copa vacía,
esa implacable luz que no consigo apartar de tu plomiza calma.
Tengo para regalarte en esta Noche de Pesaj un pez que me traje,
para recordarte siempre mi desdicha por no tener un mar
que apacigüe el aliento.
¿Qué puedo hacer si me equivoqué de rumbo y siempre sentí hostilidad hacia
los cuadrantes y los mapas desplegados?
Nunca supe que en esta vitrina estaba ausente el mar
para eternizar las palabras.
Tengo para entregarte estos dos lápices con que escribiré de las peleas
y las lanzaré al fondo del pozo para sostener los sueños que naufragan
entre las brasas y el aleteo agónico de las mariposas que socorren la terraza.
Hablo de un tiempo de raras celebraciones y liturgias de mazapán
que se escabullen entre los visillos de nuestras borrosas ventanas.
Pero el reloj transcurre como el silbido
de un tren que sube una escarpada colina sin dejar rastros/
sòlo la quieta huella devorada
por los huesos frágiles de estos tontos amantes.
No quiero que anochezca sin mirarte de frente
pues siempre cargo con estas valijas
hacia mi propio encuentro y aún queda abundante vino en tu sabio nombre.
Estoy moviendo a la deriva mis huesos dentro de un túnel
y la canción de las cítaras es engañosa.
Sobre las claras tempestades homicidas temo mucho
que lo dicho ya lo hayas escuchado en otra historia.
Eres tan inocentemente torpe que no consigues entender
que cuando cruzas los brazos sobre tu pecho soy yo el que resucita.
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