miércoles, 10 de agosto de 2011

Fotos de Familia




Carlos Daniel, mi hijo, durante su viaje a la isla de este año con su novia Amanda.


lunes, 8 de agosto de 2011

viernes, 5 de agosto de 2011




Adele, la cantante britànica que acaba de vender 4 millones de copias con su segundo proyecto discogràfico, titulado: 21, interpreta "Promise this", de Cheryl Cole, en un estudio de radio de la BBC, de Londres. Disfrutènlo, vale la pena.

lunes, 25 de julio de 2011

Ámsterdam: con la paleta de Rembrandt y Van Gogh




Texto y foto: Juan Carlos Rivera Quintana.







Si algo caracteriza a la mágica ciudad europea de Ámsterdam, ubicada entre la bahía de Ij (al norte) y las orillas del Río Amstel, al sureste, en Holanda, y asentada sobre un lecho arcilloso y pilares de madera que en la actualidad son reemplazados por pilares de hierro y hormigón, es esa pátina colorida y alegre que caracterizaron la paleta de dos de sus más emblemáticos pintores: Rembrandt y Van Gogh.

Y es que Ámsterdam, con ese pincelada de tulipanes de vivos colores, muy propia del Renacimiento holandés – a modo de telón de fondo - y esos edificios de barnices coloridos y disímiles, con detalles de cornisas y frentes de pintorescos hastiales, propios de una original arquitectura de los siglos XVI y XVII; canales y puentecillos, parece más bien una estampa romántica de otro siglo. Fundada en el siglo XII como un pequeño pueblo pesquero, ubicado de forma insegura sobre un pantano en la boca del Río Amstel, actualmente, es la urbe más grande de Holanda y un gran centro financiero y cultural de traza internacional, donde se respira jovialidad, tolerancia, apertura, liberalismo y capacidad de disfrute.

En esa ciudad sobre el agua, asentada en decenas de islas unidas por centenares de puentes - como decía un amigo - todo está al alcance de la mano… hasta la belleza. Baste tan sólo con aventurarse a viajar en bicicleta (que superan el doble de sus habitantes), tomar un barquito-bus por sus cautivadores canales o montarse en un tranvía para comenzar a disfrutar de sus encantos y empezar a descubrir los secretos de esta urbe que hizo del agua un recurso valioso y navegable y que gracias a su canalización controla el cauce del río en numerosas vías navegables, que son una acertada vía de transporte y comunicación.

De no ser por la tierra recuperada al mar (pólders) y el inteligente sistema de diques levantado, la ciudad sufriría continuas inundaciones. Pero, Ámsterdam es hoy día varios palmos de tierra, en forma de media luna, en pleno corazón del Randstad, que engloba las ciudades de Utrecht, Rótterdam; La Haya, Leiden y Haarlem, convertido en el epicentro del comercio de Europa del norte y una pujante y modernísima ciudad

Sus 7 mil monumentos y construcciones declaradas de valor histórico, sus más de 50 museos públicos y privados – entre los que se destacan la Casa de Ana Frank (la niña judía alemana mundialmente conocida por su Diario íntimo, donde desnuda la crueldad del nazismo, en los Países Bajos, durante la Segunda Guerra Mundial); el museo de Vincent Van Gogh; el Het Koninklijk Paleis, o Palacio Real y el Rijkmuseum, o Museo Nacional (que exhibe una colección única de pintura holandesa con obras tan importantes como “La Ronda nocturna”, de Rembrandt; “La Lechera”, de Vermeer o “La mujer en su baño”, de Steen)-, sus céntricas plazas y parques, hacen de esta urbe de amplía cartelera cultural y espectáculos al aire libre un sitio de diversión durante todo el año, con un promedio de visitantes de alrededor de 1,5 millones de turistas anualmente.

Entre historia, molinos y cultura hippie.

Y aunque Holanda y los Países Bajos, durante la Segunda Guerra Mundial, mantuvieron posiciones neutrales, ello no les salvó de la invasión alemana y muchos de sus habitantes murieron de hambre y frío y se deportó a la mayoría de la población judía a campos de concentración, donde murieron inhumanamente. Debido a esta triste historia, Ámsterdam se propuso ser tolerante y ello la convirtió en refugio de la cultura hippie, en la década del 60, de la que aún se pueden observar vestigios en el modo de vida de sus habitantes, como el visitado Museo de la Marihuana y el Hachís y los Coffee Shops o cafés donde se puede comprar y fumar marihuana libremente, elegida por su precio, efecto o nombre y donde se puede hallar desde la clásica “jamaiquina” hasta la poderosa “amnesia”, de cultivo local). Estos cafès están autorizados a vender, a mayores de 18 años, hasta cinco gramos diarios de marihuana por persona, de extraordinaria pureza, el máximo tolerado por las autoridades del país para posesión y consumo.

Pero si de descansar se trata es preferible irse a uno de sus 1.500 hermosos y coloridos cafés y bares a degustar una buena copa de vino o una cerveza artesanal con alguna picada de fiambres y ver pasar, frente a los ojos, los yates y barquitos por los canales con sus tripulaciones alegres y de festejos siempre o visitar las reconocidas galerías de arte, ubicadas en su mayoría en el pintoresco barrio del Jordaan, (con calles que exhiben nombres de flores y plantas) donde pueden verse y adquirir el quehacer de los artistas más vanguardistas de la ciudad, en galerías tan renombradas como la de Diana Stigter, Annet Gelink o Gabriel Rolt, donde se exponen pinturas, fotografías, esculturas y hasta obras performáticas.

Tampoco se olvidar - porque sería casi sacrílego - una visita al Museo de Van Gogh, ubicado en la calle Paulus Potterstraat 7, e inaugurado en 1973, cuyo diseño del afamado arquitecto japonés Kisho Kurokawa, recuerda varias formas geométricas, como conos, óvalos y cubos, en una agradable mixtura constructiva y filosófica de las culturas Oriental y Occidental . Esta pinacoteca de lujo tiene una excelente curaduría y en esa atinada selección se puede contemplar la colección más extensa y valiosa de retratos, autorretratos y paisajes bucólicos del artista holandés, con la técnica de pinturas en óleo y acuarelas (840 pinturas y más de 1.000 dibujos, además de acuarelas y litografías), y seguir con detalle la traza de su reconocida obra, signada por su desdichada vida sentimental, su falta de reconocimiento, su epilepsia y su suicidio, o comparar sus cuadros con los de otros pintores contemporáneos del siglo XIX que fueron sus seguidores y amigos, como Paul Gauguin, Camille Pissarro y Adolphe Monticelli, algunas de cuyas piezas forman parte de la colección permanente de la institución. También se exhiben objetos personales del artista, junto a la correspondencia que mantuvo con su hermano Theo y hasta videos relacionados con el trabajo de restauración de muchos de sus cuadros, entre los que se destacan: “Almendros en flor”, “La casa amarilla” y algún que otro autorretrato con sombrero alón.

Y si su estadía rebasa los dos días, entonces, le recomiendo visitar el casco histórico, el barrio más antiguo de la ciudad, conocido también como “la muralla” pues la mayoría de sus canales corren paralelo a ese valladar, que incluyen el barrio rojo (donde las prostitutas se exhiben en escaparates) y el barrio chino, límites que dan al puerto y a los alrededores de la plaza principal, la del Dam, (que lleva precisamente este nombre porque fue en ese lugar donde, allá por el siglo XIII, se construyó el primer dique de la ciudad) y, por supuesto, la zona de los canales Leidseplein y Rembrandtplein con sus parques y casas de diversos estilos , tiendas, teatros, hoteles e incluso alguna escapada, también, al mercadillo de Waterlooplein, en el barrio judío, donde podrá adquirir ropa vintage, muy barata, de creativo diseño y conservación.

Nada, que al parecer ese aire de viñeta de otro siglo - romántica y bohemia - y el espíritu desprejuiciado de sus moradores son los que le han sabido dar a Ámsterdam un sitial de preferencias entre los turistas del mundo entero.

domingo, 24 de julio de 2011

Amy Winehouse: una avecilla confundida con voz de otra época




In memoriam de Amy Winehouse: "Tears Dry On Their Own".


Amy Winehouse (septiembre de 1983-julio 2011), la famosa y controvertida cantante de soul britànica con una poderosa imagen retro aggiornada y actualidad para la industria del entertainment; la chica del peinado de nido, la desgarbada figura, los oscuros tatuajes en los brazos, donde llevaba una muñequita Betty Boop y el nombre de su abuela Cinthia, los trastornos alimentarios y las drogas ha muerto con apenas 27 años, en la cima de una carrera que auguraba innumerables momentos agradables, premiaciones y èxitos.... lo tenìa todo hasta un jugoso contrato con la disquera multinacional Universal, una editorial y una empresa de management y todo lo perdiò en un segundo de desatino porque no pudo aprender nunca cómo convivir con la pesada fama. Ha muerto en su cama y en su casa de Londres, en el ecléstico y mundano barrio de Camdem Square, sola y sin nadie que la auxiliara.... los medios sensacionalistas del mundo hablan de una sobredosis de droga y de paràlisis de un corazón cansado de los excesos, aunque los forenses que se la llevaron a la Morgue de St Pancras no han emitido su veredicto final y deben esperar por el análisis toxicólogico que puede demorar varias semanas.

El sàbado 23, después de las 16:05, cuando fue encontrada sin vida en su mansión, los medios de todo el planeta se hicieron eco de la noticia y se armò el revuelo mediàtico, como cuando informaron de sus malos pasos en las ùltimas presentaciones musicales, de sus fraseos desafinados y los chiflidos con que fue recibida en su gira suspendida por Europa, màs exactamente en Serbia, cuando subió al escenario tambalèandose y balbuceante por el alcohol, tapada por las coristas que se percataron que la chica mala del rock britànico, que fue educada en el BRIT School, una eficaz academia para futuras estrellas, con la voz de otra època no estaba en condiciones de cantar por su enfisema y su disfonìa ni la canciòn de la Pàjara Pinta.

Cuenta algunos periódicos europeos que Amy estaba sola en su casa, salvo por el hombre de seguridad que tenía contratado, desde hace un par de años, para que cuidara de ella. Había dicho a su guardaespaldas que "quería dormir un rato". Cuando el hombre de traje negro entró a su habitación para despertarla se "dio cuenta de que no respiraba" y avisó de inmediato al servicio de ambulancias de Londres.

Atràs deja Amy una carrera cimentada por los escàndalos, las rehabilitaciones del alcohol y las drogas, los desamores y las incomprensiones, pero también por las grandes canciones con que supo deleitarnos, como aquellas sencillas y profundas de su primer CD, de fuertes influencias jazzísticas, titulado: "Frank, en el año 2003, y su segundo disco, "Back to black", donde exhibía su fascinación por el mundo del soul de la década del 60 y la música jaimacana, que le valieron el favor de la crìtica musical internacional y muchos premios de su disquera y el mundo. El éxito de canciones como "Rehab", donde contaba de su esfuerzo por dejar los escándalos, el alcohol y las drogas en una clínica de rehabilitación, lograron consagrarla.}

Apuntan los expertos musicales que Amy con su quehacer contribuyó a abrir un resquicio por donde se colaron otras cantantes británicas con educación en el soul y en el reggae, como Lilly Allen, Duffy y la extraordinaria y íntima Adele.

Vaya pues el homenaje de sus seguidores, entre ellos quien escribe, a este àngel raro y excesivamente maquillado con un abundante rimel negro en los ojos que cuando caminaba con sus inmensos tacones retro parecía como si fuera a trastabillar y caer y cuando abría su boca para interpretar una pieza con esa "voz canalla", como muchos la calificaban, daba la sensación de que nos estuviera retando como una amargada maestra de piano inglès, con esa tesitura oscura, inconfundible y ese fraseo ùnico para el soul y el rock.... que en gloria esté la avecilla confundida e insatisfecha londinsense, proclamada por el diseñador Karl Lagerfeld la Brigitte Bardot del siglo XXI... que la paz sea con esta chica judía de barrio, que lleg{o a mirar con mucho asco la vida.

miércoles, 20 de julio de 2011

Londres y encontrar la pieza que falta






Texto y foto: Juan Carlos Rivera Quintana

La ciudad de Londres me recuerda una hermosa canción de Adele, una de mis intérpretes británicas preferidas, que se titula: "Don't you remember" y que en una de sus estrofas dice con melancolía: “¿Cuándo te veré de nuevo. Te fuiste sin despedirte y ni una sola palabra dijiste... ni beso final para sellar cierta grieta. No tenía idea del estado en el que estábamos metidos. Se que tengo un corazón inestable y disgustado y una mirada desviada y una pesadez en mi cabeza. Pero... ¿no te acuerdas? La razón por la que me amaste antes. Cariño, por favor recuérdame una vez más (...) espero que puedas encontrar la pieza que te falta”. Esa urbe es como una gran pasión, una intensidad monumental e inolvidable… de esas que se tienen escasas veces en la vida, como salir a armar un rompecabezas y nunca encontrar la pieza que falta.

Y es que resulta casi chocante llegar a Londres, proveniente de Ámsterdam, un día de mucha lluvia y neblina y tomar un tren rápido que te lleva hasta la Victoria Estation, y en el trayecto ver el campo verdoso y apacible y las casitas todas iguales y modestas que rodean a la urbe y encontrarte, de pronto y casi de imprevisto, en medio de una ciudad imponente, rancia, que rebosa cultura y sofisticación, casi despampanante, con una tempo británico - también llamado la flema british - que recuerda las apacibles novelas de la escritora británica policial, Agatha Christie y su Miss Marple, aquella anciana de una calma e impasibilidad excesivas, residente de St. Mary Mead, un adorable pueblecito de las afueras londinense, que se las ingeniaba para descubrir muchos casos imposibles de desentrañar hasta por los inspectores de Scotland Yard.

Pero Londres es, hoy, calma y bullicio excesivo; serenidad y estrés turístico y hasta un poco de indiferencia y sosiego a orillas del Río Támesis, esa corriente pluvial que atraviesa la ciudad dividiéndola en dos partes y se integra, casi fotográficamente, a la vida cotidiana de sus lugareños y visitantes. Londres alberga a más de 7 millones de personas, de las cuales, más de un tercio, pertenece a alguna minoría étnica. De ahí que en sus calles, veredas y casas se hablen, en este mismo instante, cerca de 300 idiomas diferentes, en tanto la metrópoli contiene casi el 50 por ciento de la población de origen no inglesa que vive en Gran Bretaña, donde se destacan los indios, los negros y los bengalíes.

Y pensar, que durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) en la capital londinense las sirenas avisando los bombardeos aéreos enemigos y los apagones eran una constante, como también ver en el espacio a los bombarderos Luftwaffe disparando sobre el East End (barrio al este de la city). Por ello resulta casi una alucinación que una urbe que recibió en sus entrañas la explosión de 27 mil bombas que provocaron innumerables incendios, durante 57 noches seguidas y después, en forma intermitente durante seis meses, hoy sea una de los ciudades de mayor diversidad cultural, más hermosa y arboladas de Europa, con parques tan paradisíacos como el Hyde Park o el St. James’s Park, verdaderos pulmones verdes aislados del ajetreo citadino; el alma y el corazón de Inglaterra con museos, galerías, boutiques de moda, edificios patriarcales, mercadillos, salones de ópera y teatros, estadios de fútbol, conciertos y eclécticos restaurantes para todos los paladares y bolsillos.

De misterios, búsquedas y encuentros

Londres encierra muchos encantos y secretos, que no se pueden llegar a descubrir, y lo digo por experiencia, en un primer viaje de cuatro días. No por gusto cada año vienen a sus rincones buscando acercarse a sus más de 250 museos y galerías de arte (la mayoría con entrada gratuita) y sus 100 teatros con grandes y clásicos musicales y obras de Shakespeare en cartelera permanente casi 30 millones de turistas, flujo económico que según estimaciones oficiales, aporta al país más de 15 millones de libras de esterlinas al año.

Pero para comenzar el recorrido y el proceso de conocimiento de esta ciudad es preciso trazarse una estrategia y diseñar una agenda y no exagero. Hay tantos sitios para ver que es obligatorio organizarse. El West End, la zona más turística, que incluye el Soho; Trafalgar Square; Picadilly Circus; Leicester Square y Regent St. no se puede recorrer en un día. De allí me aventuro a recomendar iniciar el recorrido por el Palacio de Buckingham, donde se puede admirar la grandiosa fachada o visitar las salas del recinto, si están abiertas en ese momento. Después, caminar por el Parque St. James’s, un tranquilo pulmón verde de la ciudad y llegar hasta el Arco del Almirantazgo (Admiralty Arch) y de ahí al National Gallery, uno de los museos más interesantes y concurridos, cuyo origen se remonta a 1838 y a la colección privada de John Julius Argenstein, adquirida por el Estado, en 1824. En sus amplísimos fondos pictóricos europeo – de inquietud enciclopédica - pueden apreciarse invaluables colecciones de pintores del Renacimiento (posee el mayor y mejor depósito de pintura italiana fuera de ese país, con obras de Rafael, Tiziano o Piero della Francesca); pintura flamenca, del siglo XVII, con su joya: “La Venus en el espejo”, del pintor barroco Diego Velásquez y obras de Jan van Eyck; de Goya; una excelente colección de pintores holandeses, donde se destaca Van Gogh (con uno de sus cinco cuadros iguales de girasoles) y Rembrandt, entre otros.

Muy cerca está Picadilly Circus , una visita obligatoria en el centro de la metrópoli. La estatua de Eros, que en realidad representa al Ángel de la Caridad Cristiana y no al Dios del Amor, como muchos creen, es un buen lugar para emprender otros itinerarios, como el Barrio Chino con sus restaurantes más económicos. Quizás tomando el subte es oportuno llegarse hasta la Torre de Londres y el Puente de la Torre, edificios emblemáticos de la ciudad, que no deben dejarse de visitar y desde donde puede divisarse en todo su esplendor el Támesis y los edificios acristalados de oficina y palpar la vida fabril londinense. A escasos metros, la Catedral de San Pablo, con sus arcos medievales, sus cúpulas y sus portones de hierro fundido, que soportaron los bombardeos de 1940 y 41 y se mantienen hoy incólumes al paso del tiempo.

Quizás otro día de recorrido pudiera circunscribirse a caminar por Westminster y el South Bank para admirar el Parlamento y el Big Ben, la Abadía de Westminster (y asistir al oficio coral de la misa vespertina), el templo más imponente de Inglaterra, donde se hicieron los funerales de la princesa de Gales, y cruzar el puente de Westminster y llegar hasta el London Eye, esa atalaya modernísima e impactante (ojo: fóbicos a las alturas abstenerse), desde donde se domina, en 30 minutos, todo el horizonte de la ciudad, con sus cápsulas de vidrio fijas por fuera que permiten una vista de 360 grados de toda la urbe y las mejores fotografías para el ojo entrenado.

Tampoco puede faltar una visita al British Museum que alberga una de las colecciones más famosas del mundo, con más de seis millones de piezas que incluyen esculturas antiguas, pinturas, exquisitas joyas y muchos otros tesoros mundiales que uno se pregunta, a modo de reprobación, cómo es posible hayan llegado a convertirse en patrimonio de los británicos y de qué manera ilegítima llegaron a esas salas museables, lo que recuerda y confirma el pasado colonial de Gran Bretaña. Ojo: no debe dejarse de ver: las momias egipcias, el Partenón de la Antigua Grecia, los toros alados asirios, la Piedra Rosetta, que contiene inscripciones en tres idiomas y ha hecho posible descifrar los jeroglíficos egipcios. También recomiendo la sala africana (con sus máscaras funerarias) y la mexicana, con su joya: la Serpiente Emplumada, que representa al dios principal olmeca, tolteca, maya y más tarde en el grupo de las deidades aztecas, cimientos del panteón de la cultura prehispánica mexicana).

Y si sólo quedara un día o mediodía de recorrido antes de su partida sería bueno visitar Portobello Road, en el afamado barrio de Notting Hill, (con sus casitas pálidas todas muy british, iguales pero disímiles en algún detalle, con pequeños jardines). En ese sitio encontrará la feria de antigüedades más grande del mundo, con más de mil comerciantes y pequeños locales en plena calle cerrada al tráfico. Nada que seguro terminará coincidiendo conmigo: esta ciudad precisa otras visitas y de mucho más tiempo para conocerla. Entonces, regresará nuevamente, es preciso seguir con terquedad mundana como en un rompecabezas buscando la pieza que falta, aunque para nuestro goce no terminemos encontrándola nunca y precisemos regresar, nuevamente, a Londres.

La teoría de la caldera





July 18, 2011·


Por: Yoani Sánchez
La Habana, Cuba.




Los procesos sociales tienen —la mayoría de las veces— una alquimia impredecible. Aunque todavía hay analistas que quieren redactar la fórmula universal del estallido o aquella otra de la calma cívica, la realidad se encapricha en contrariarlos. En Cuba, por ejemplo, se han agrietado los pronósticos de casi todos los optimistas y superado los augurios de las mentes más alucinantes. Tal pareciera que la especialidad de nuestro país es echar abajo las predicciones de iluminados, babalaos, espiritistas y cartománticos. Desde hace varias décadas, hemos despedazado una tras otra las predicciones sobre nuestro derrotero y, especialmente, la repetida profecía de una revuelta popular. Cubanólogos de todas las tendencias han vaticinado, en alguna ocasión, que la Isla está al borde de la fractura y que la gente se lanzará a las calles en cualquier momento. En lugar de eso las aceras están llenas de gente, sí, pero haciendo cola para comprar el pan o los huevos, los consulados atestados de solicitudes para emigrar y hasta las velas de los santeros encendidas para que esta calma chicha no se quiebre con violencia. Quienes esperamos una solución pacífica también nos alegramos de que al menos —hasta ahora— nadie se haya tenido que poner como carne de cañón frente a los antimotines.

En la quimérica fórmula del estallido que algunos desean adivinar se incluye el elemento de asfixiar económicamente a la población para que se alce en pie de lucha. Son aquellos a quienes les gustaría darle una vuelta de tuerca al embargo norteamericano hacia la Isla y cortar de tajo todas las remesas que llegan desde afuera. Según esa hipótesis, los cubanos atrapados entre la espada de las necesidades y la pared de un gobierno autoritario, optarían por intentar derrocar a éste último. Confieso que la sola mención de esta teoría me hace recordar un mal chiste, donde un anciano líder enumera en una entrevista las muestras de resistencia de su pueblo. El autócrata cuenta que su gente ha sobrevivido la crisis económica, la falta de alimentos, el colapso del abastecimiento eléctrico y la ausencia de transporte público. Mientras le explica este rosario de penalidades al periodista, apoya su historia —una y otra vez— con una misma frase “y aún así el pueblo resiste”. Al final, el atrevido reportero lo interrumpe para hacerle una pregunta “¿Y no ha probado con arsénico, Comandante?”.

La tesis de que a nuestra realidad hay que aumentarle la presión económica para que la caldera social reviente se escucha —curiosamente— con mayor frecuencia entre aquellas personas que no habitan el territorio nacional. Algunas de esas voces están pidiendo ahora en el Senado norteamericano que se echen atrás las medidas flexibilizadoras de los viajes familiares a la Isla y del envío de ayuda monetaria aprobadas por Barack Obama. Ven estos puentes tendidos como oxígeno que le entra al gobierno cubano y ocasiona que éste se prolongue en el poder. Según esta aritmética del “prívalos para que reaccionen”, el cambio estaría a la vuelta de la esquina el día que el grifo de la ayuda exterior se cierre por completo. Sólo que en el medio de esa suposición, aún por probar en la práctica, quedaríamos atrapados once millones de personas e igual número de estómagos. Gente que no se lanzó a las calles cuando en los años noventa vieron su plato casi vacío o sus ropas hacérseles jirones sobre el cuerpo. En ese momento de penurias infinitas, la única “sublevación” popular que ocurrió, el 5 de agosto de 1994, tuvo como objetivo el querer salir del país, no el de cambiar las cosas aquí adentro. Estamos tan temerosos cívicamente que la caldera puede llegar a acumular una presión insoportable y aún así la gran mayoría preferirá arriesgarse en una balsa lanzada al mar que enfrentarse a un represor. No es que exista una genética de los pueblos valientes o de los cobardes, sólo que hay métodos y métodos de desarticular la rebeldía social. El que nos ha tocado a nosotros es, sin dudas, eficiente hasta rozar con lo científico.

Para esos politólogos que se acercan más a la física que a las ciencias sociales, bastaría cerrar el flujo de remesas y los viajes de los cubanoamericanos a la Isla, para que algo empezara a moverse en el escenario nacional. En sus deseos de probar tal conjetura, la teoría —claro está— la pondrían ellos y el cuerpo del martirio lo aportaríamos nosotros. Sobre la marcha del experimento y mientras se llega a alguna conclusión, las piscinas en las mansiones de los potentados de verdeolivo no dejarían de tener su suministro de cloro, la Internet satelital de tantos hijitos de papá no disminuiría ni un kilobyte de ancho de banda y la ropa interior de marca de tantos funcionarios no dejaría de entrar —por vías impensables— al país. Sobre la mesa de la jerarquía oficial, ese apretón de la tuerca no se haría sentir. Estarán más bien con las barrigas llenas para gobernar sobre un pueblo que sólo pensará obsesivamente en qué podrá encontrar para comer cada día. La miseria —como ocurre en tantos y tantos lugares— se seguirá constituyendo más en un mecanismo de dominación que de desobediencia.

De ahí que por estas semanas nos sintamos como conejillos de Indias en un experimento de laboratorio que se decide lejos de nosotros. Tenemos la sensación de ser un mero numeral en una cábala tan simplona como peligrosa. Donde el resultado esperado por los artífices de la “teoría de la caldera” es que ésta estalle, sin percatarse que su detonación puede provocar un ciclo de violencia que nadie sabe cómo ni cuándo terminará.