Juan Carlos Rivera Quintana nació en una isla - en Cuba - y un buen día decidió salir de ella a mirar el mundo y buscar otros aires. Él quería alcanzar otros horizontes más personales e intelectuales y decidió construir su propia casa - su islaenpeso - y desde ahí presentar sus inquietudes periodísticas y literarias, sus crónicas de viajes, obsesiones y nostalgias. Acá, en esta geografía, sin mar cercano que lo aleje, se siente totalmente libre.
viernes, 26 de abril de 2013
lunes, 25 de marzo de 2013
Mágica miseria (primer capítulo de mi novela inédita)
Obra plástica de la pintora cubana Zaida del Río.
Texto: Juan Carlos Rivera Quintana.
“(...) después de la
catástrofe/ viene la vuelta de nuestros muertos/ después de la oscuridad, la
luz flamante. / Salgamos desde el cero/
otra vez,
renovados, al infinito”.
Juan
José Saer, en “El culto del cargo”.
Me
acabo de bañar con las cenizas de mi madre, en un ritual sagrado. O quizás
demoníaco. Recién me eché por encima ese polvillo ocre y amarillento
proveniente de sus huesos, su cerebro y hasta de sus pulmones enfermos y
corazón abatido, cocinado a trescientos sesenta grados centígrados, en un horno
fúnebre que más bien me recordó la entrada al peor círculo del Infierno. Tiré
sus restos – que saqué de una impersonal urna de tierra cocida, entregada en el
cementerio del barrio - sobre mis
hombros, mi espalda y hasta los esparcí sobre mi cabeza intentando, como si se
pudiera, mantener eterna su estirpe, sus genes de gladiadora incansable, de
rebelde y disconforme de toda la vida. Después abrí la ducha y dejé que el agua
corriera tranquilamente sobre mí cuerpo desnudo y la porcelana de la bañera se
cubrió de ese polvo mortecino que sólo dejan los difuntos.
No
usé jabón, no quería otra cosa que revivir aquel olor de violetas frescas que
desprendía su cuerpo cuando era sano y alegre, su cuello largo y delgado, sus
manos batalladoras, su pelo enrulado y castaño oscuro, sus sudores frescos.
Pero sólo percibí un vaho a hollín chamuscado, a leño centenario, a
desconsuelo... a expiración incinerada.
Concluí
mi liturgia y me detuve en el cuarto a mirar su retrato sobre la mesa de luz,
donde se la ve con su falda de rosas rojas y su blusa negra ajustada, con
apenas veinte y dos años y recién llegada a La Habana, con aquellos zapatitos
chatos de baile, forrados de raso negro, los mismos que llevaba a las fiestas
populares para sacarle chispas al salón y concentrar sobre sí todas las miradas
de la noche.
Bien
sé yo que mi madre, Visitación Olay - más conocida por Yaya, como si se hablara
de una herida abierta - nunca fue una mujer común, ni siquiera en el vientre de
su progenitora. Se contaba siempre que cuando
Aparecida, mi abuela, tenía más de cuatro meses de embarazo ya le sentía llorar
en sus entrañas y hasta hubo momentos en que juró que eso que traía adentro
le susurraba lo que debía y no debía hacer.
--Esta será una chiquilla muy juiciosa,
decía con orgullo maternal, mi abuela.
Durante aquel embarazo, Aparecida nunca
sintió predilección por las guayabas verdes, ni los mangos tiernos y mucho
menos por los limones con sal. Sus mayores antojos consistieron en largas
visitas a sus amistades y conversaciones hasta altas horas de la madrugada. Con
ella no valía poner escobas detrás de las puertas ni echar cenizas a la entrada
de las casas en señal de espanta gentes. Por ello, cuando la niña nació fue
bautizada por la comadrona como Visitación, en alusión a la manía de su madre
que era comentada en todo el pueblo. Aparecida consintió en mantener ese nombre
en pago a los buenos servicios de la partera, pero siempre dijo en señal de
desacuerdo que más que un nombre parecía un nombrete y por eso quizás
familiarmente le apodó Yaya a la recién nacida.
Aparecida no era primeriza, ya sabía lo que era
traer hijos al mundo. Visitación iba a ser la cuarta criatura, de una zaga
donde estaban ya Ramón Eusebio, Soledad y Ángela María. No se podía hacer otra
cosa que tener hijos, en medio de aquel latifundio, apodado “La Razabal”, en un
sitio llamado La Grifa, en la provincia de Pinar del Río, en la puntita más
occidental de la isla de Cuba, un pedazo de tierra colorada, rodeado de mar y
diente de perro, de temperaturas calcinantes, atmósfera casi enrarecida y mucha
humedad en la madrugada, donde ni luz eléctrica existía y para alumbrarse había
que prender una “chismosa” de queroseno… un sitio perdido allá donde el Diablo
dio las cuatro voces y nadie las escuchó.
La
tarde del 24 de junio de 1945, Aparecida comenzó a sentir fuertes dolores en la
panza y algunas contracciones en el bajo vientre y pensó que ya faltaba poco.
Días antes, mientras paseaba por el inmenso naranjal, ubicado en el patio de la
casa con techo de guano, le pareció que se orinaba, pero se tocó el pantalón
interior y se dio cuenta que eran puras ilusiones; después sólo sintió unos
feroces puntapiés en la barriga picuda y presintió que el parto no iba a ser
fácil, como los otros. “Esta niña que está por llegar - porque ya presentía el
sexo por la configuración de su abultado estómago - no será dócil, viene
abriéndose camino a las patadas y los codazos, muchos dolores de cabeza me va a
dar esa hija de puta”, se dijo.
La
madrugada del 25 de junio, en que nació Visitación, su madre se incorporó de la
cama y algo raro intuyó, había tenido una
premonición o soñado, no sabía bien, que traería al mundo a una
chiquilla trigueña, de ojos color caramelo-relámpago y piel de nácar, tan
morocha y bien plantada que parecía una amazona o una guerrillera irremediable.
Esto la despertó sobresaltada y pegó un quejido, que se escuchó en toda la
casona tipo chalet, de madera machihembrada, edificada sobre pilotes de
caguairán y otros troncos cimarrones del bosque. El alarido despertó e incomodó
a Armando Olay, su marido y mi abuelo, un pinareño medio bruto y cascarrabias,
semi-analfabeto, proveniente de las vegas de Vueltarriba y Vueltabajo, del
Valle de Viñales; propenso a comer demasiado y con gran talento para la
organización y las cuentas domésticas, que comenzó como cortador de cañas y
terminó con un sembradío del mejor tabaco pinareño. Había comprado aquel pedazo
de tierra, que consideraba una mina de oro, con un dinero que le había dejado
de herencia su padre gallego, del retiro, que España ofreció por
la participación militar en la Segunda Guerra de Independencia, de 1895, contra
los mambises cubanos.
Aparecida era una guajira isleña, natural de Las Catalinas, Guane, Pinar del Río, semi-analfabeta - hija de un turco comerciante y una cubana pinareña, con cara de resignación, ancestros españoles (canarios) y fama de tener ciertos poderes de adivinadora con las barajas de las copas y los bastos. Desde que cumplió los 18 años y se hizo toda una señorita, llamaba la atención por su aire desenvuelto en las casas donde se desempeñaba como empleada doméstica, su locuacidad, unos ojazos color tizón encendido y aquellas piernas larguísimas que parecían no tener fin, que serían la codicia de los viejos propietarios gallegos de feudos occidentales, que soñaban con tenerla entre sus brazos, aunque más no fuera una noche, hasta que el guajiro Armando la conquistó con flores blancas y pequeñas notas de amor, encargadas al letrista del pueblo, por el módico precio de cuarenta centavos.
Después de aquel alarido, Aparecida se paró de la
cama y descubrió que había roto la fuente y todo el colchón se había empapado;
caminó en silencio para no malhumorar a Armando hasta un cuartito al final de
la cocina, donde se estaba quedando por esos días la partera del batey, a la
espera de que alumbrara a la criatura, como había hecho otras veces. Entonces,
sobrevinieron los dolores de parto y gritó cansinamente, pues ya se sintió
manchada de sangre las piernas.
La comadrona sólo atinó a llevarla a la sala, donde
el viejo reloj de pared lanzaba dos campanazos secos, en la madrugada, y a
acomodarla en un gastado sofá de madera y pajilla, pues ya venía saliendo una
cabeza muy grande entre las entrañas de la señora. Afuera llovía copiosamente y
tronaba con furia. Cuando pudo palanquear a la criatura, con las manos y unos pedazos
de sábanas viejas, que ya tenía preparadas, y tiró del cuello para facilitar el
trabajo de parto, una bebé, de 10 libras de peso, berreó y se proyectó hacia el
exterior cual una bala de grueso calibre, como diciendo llegué a este mundo. La
partera trozó el cordón umbilical y comenzó a limpiar a la chiquilla. Se la
mostró a la madre, quien aún sentía como si las tripas le estuvieran saliendo
para afuera. Aparecida la miró con dulzura, como sólo saben hacerlo las madres
generosas y comprobó que era una hembra sana. Le llamó la atención que seguía
pataleando y no dejaba de llorar intentando asirse a los brazos de la
comadrona, como una forma de aferrarse a la vida. La partera, en ese momento,
lanzó una frase premonitoria, que voló por la habitación como ánima en busca de
cobija:
-Señora, esta es más cabezona, que los otros tres,
de seguro será muy inteligente, pero llegó para quedarse y hacer de las suyas
porque no quiere soltarme ni a palos.
Visitación Olay creció fuerte y
saludable entre calderas tiznadas por el carbón de una típica cocina de campo
de Remates de Guane, en la región más occidental de la isla; cercana a los
olores del puerco asado en parrilla, el arroz con leche y cáscara de limón y la
harina con frijoles negros. Y aunque siempre fue una niña sociable y muy dada a
hacer amigos; todos los días, por
problemas de la defensa de su nombre, debía vérselas a los puños o a los
empujones con algunos compañeros de clase.
En una de sus peleas más memorables le
dio un tirón a una negrita marimacho que le arrancó el arete y parte del lóbulo
de la oreja izquierda. Cuando le reprocharon tal conducta, en la escuela del
pueblo, contestó drásticamente queriéndole poner fin a los dimes y diretes:
--Ya le crecerá de nuevo el pedazo que le
arranqué a esa macha fea, pues las orejas de los negros tienen las mismas
propiedades que las colas de las lagartijas, sentenció sabiondamente y con
ínfulas de médica graduada.
En otra ocasión, se subió encima de una
mata de ciruela que estaba al borde del camino, a la salida de la escuela y
esperó a que pasaran dos chiquillos de tercer grado a quien ella le tenía
ojerizas por el mismo asuntito de las burlas con su nombre y les meó las
cabezas y las libretas de clase. No satisfecha con el desquite les gritó:
--A partir de ahora yo seguiré siendo
Visitación Olay y ustedes serán los meados comemierdas de la escuela, y se
lanzó desde lo alto de la rama del ciruelo dispuesta a la pelea.
Los muchachos no pudieron darle su merecido
porque era tan fuerte el olor a orine
que emanaba de sus cabezas que temieron les durara toda la vida. Por
ello corrieron a bañarse en el río y a untarse aguacate maduro y miel de abejas
para borrar los efluvios amoniacales que salieron de la vejiga de mi madre.
Por toda esa niñez de burla y violencia en que
se vio envuelta sin quererlo, creció añorando los momentos de soledad cuando
daba riendas sueltas a su imaginación y se tejía historias en las que regresaba
victoriosa de peleas con animales inexistentes o era capaz de conducir a puerto seguro un barco a punto de zozobrar
por las embestidas de un mar fuerza cuatro para cinco.
Sus padres siempre miraban con algunas
sospechas las largas peroratas de la niña frente al espejo cuando conversaba
con sus muñequitas hechas de tuza de maíz y con los fantasmas de los
antepasados que no conoció y rememoraba pasajes olvidados por todos de la vida
de aquellos.
Yaya, como le llamaba la madre, para
achicarle y endulzarle el nombre, tiene algunas tuercas sueltas en la cabeza,
solía decir Aparecida.
--Esta niña tiene predilección por los
espejos y eso no me gusta. De seguro será puta o bruja, mascullaba el padre con
el tabaco recién torcido por sus propias manos, que colocaba en las comisuras
de los labios.
Aunque habían más hermanas en la casa,
y mucho más atractivas que ella, Visitación tenía un no sé qué en los ojos;
cierto brillo místico en la mirada oscura que resultaba como un imán para los
hombres. Por ello cuando cumplió doce años y ya la punta de los pezones
intentaban salírsele por las blusas del colegio tuvo su primer romance con
Armindo, el hijo del capataz de la finca “La Razabal”.
El muchachón tenía veintiuno y cuando
la veía venir por la vega de tabaco con aquellos vestiditos de piqué claros y
casi transparentes por las diarias lavadas y con sus sandalias negras,
caminando como la paloma por entre la tierra colorada, comenzaba a ponerse
violáceo, el cuerpo le alcanzaba temperaturas elevadas y sentía un cosquilleo
detrás de la nuca y entre las piernas que le hacían perder la compostura en un instante.
Su nerviosismo era tal que se ponía tartamudo y sólo atinaba a mirarle
bobaliconamente y con cara de chivo degollado. Ella se reía feliz de aquello y
cada día ganaba mayores poderes sobre aquel jovenzuelo, nacido en buena cuna.
A Visitación no le interesaba tanto el
romance, ni tampoco el dinero de esa familia, como la posibilidad de tener
acceso a la biblioteca paterna del enamorado. Allí, conoció, por primera vez,
de las aventuras exóticas de Alejandro Dumas, de la fantasía pegada a una nube
de Saint Exupery y del hechizo poderoso de los hermanos Grimm. Por aquellas
lecturas llegó a conocer, como la palma de su mano, la historia del reinado de
Luis XIII, en Francia, los avatares tragicómicos del conde de la Feré, de Du
Vallon, de los caballeros de Herblay y D’ Artagnan; los desconocidos parajes de
Egipto, y el amor sin fronteras de Edmundo Dantes y Mercedes de Villefort.
Un buen día, Visitación no tuvo mejor
idea que empezar a cambiar caricias de su enamorado por libros con el interés
de hacerse de su propia colección. En la medida en que estos escarceos
resultaban más íntimos lograba conseguir los ejemplares más valiosos. Así, por
ejemplo, una edición ilustrada de principios de siglo XX de “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la
Mancha”, de Don Miguel de
Cervantes y Saavedra, le costó la primera succión en el clítoris que conoció.
Recuerda que el lugar le estuvo ardiendo durante tres días pues Armindo era muy
penoso, pero no tenía un pelo de ingenuo y ya conocía muy bien, por las idas al
prostíbulo del pueblito y sus “amoríos” con algunas cabras del establo, qué
hacer para ponerle a mil los sentidos y otros lugares del cuerpo. Cierto día
cambió su primera penetración anal por la colección completa de las novelas de
Honoré de Balzac y las de Fiodor Dostoievsky. En aquel momento le exigió al
mozo enamorado la obra de dos autores clásicos pues sabía cuánto estaba dando a
cambio y conocía, por conversaciones entre sus hermanas, escuchadas en la
escogida de tabaco, lo doloroso que era entregar la virginidad de una parte tan
delicada como aquella. Aunque, contrario a muchas predicciones, aquel roce
fuerte y transgresivo entre sus nalgas no le dolió tanto como el día en que
decidió entregar su rosado e intacto
himen al mocetón ansioso que hizo de éste un amasijo de dolores y
sangre.
Para Visitación Olay ya no había marcha
atrás y leía cuanto catálogo caía en sus manos y periódicos llegaban a
Vueltabajo buscando las novedades literarias y tener una mayor información de
la vida. Ese afán de curiosidad, de abrir puertas y penetrar en mundos
desconocidos del saber le fue construyendo una mirada propia y distanciando
intelectualmente, a su vez, de la familia, sobre todo de las hermanas cuya
única aspiración consistía en casarse con un guajiro trabajador y mandón y
tener un rancho, repleto de hijos. Pero ella se decía que no podía tener un
destino tan triste como ese, que podía aspirar o al menos intentar cambiar ese
destino irremediable.
Pero sus sueños siempre tuvieron una meta: La Habana, la
placa, como le gustaba decir en alusión a las calles asfaltadas de la capital
que sólo conocía por algunas fotos que le mostró, en una oportunidad su
padrino. Fue a él a quien le pidió, en cierta oportunidad, que le buscará una
carta de recomendación para trabajar de institutriz en la ciudad y poder salir
de la tierra colorada.”Yo no nací para esto, padrino. Lo mío es tener
independencia, trabajar de lo que sea, poder comprarme un televisor y una
nevera donde pueda tener limonada bien fría en el verano, leer buenos libros a
la luz de una lámpara eléctrica y no de una “chismosa” de kerosén que me acaba
los pulmones, bailar en un bonito salón y pasear por un céntrico parque de la
ciudad”, le dijo con absoluta convicción.
No tuvo que esperar mucho tiempo. A los
tres meses y después de un largo viaje en un tren lechero, llegó a la ciudad.
En la cartera llevaba una carta de recomendación para trabajar en la mansión
del Licenciado Valdés Figueres, dueño del único instituto meteorológico de la isla y una de las figuras más maltratadas por la opinión pública de la capital por sus continuas pifias meteorológicas. Fue
este “experto” quien predijo que el
ciclón de l946 pasaría a 90 kilómetros de la capital y no había terminado su
discurso meteorológico massmediático
cuando la antena de la famosa estación de CMQ empezó a moverse y terminó por
caer en plena calle vedadense. A los veinte minutos el huracán, con rachas de
l80 kilómetros por hora, hacía un lazo en toda La Habana y dejaba a más de 2
mil familias sin techo y al amparo de Dios.
Visitación llegó a Nuevo Vedado, donde
vivía la aburguesada familia, con una
pequeña maletita con sus dos mejores
mudas de ropa y una caja con sus más “costosos” libros e inmediatamente comenzó a cuidar a los tres
hijos del acaudalado matrimonio: una pequeña niña con ínfulas de bailarina
clásica y cuerpo y alma de rumbera de
conventillo, un tímido muchachón de casi
14 años con un incipiente acné juvenil en el rostro y las manos callosas de
tanto masturbarse encerrado en el baño, y un pequeño gordito, de seis años y
ademanes muy suaves. Si bien la vida en la mansión no fue una panacea, allí
aprendió que la discreción y la
hipocresía son armas en las manos de los seres humanos. Cuánto no habrá visto
dentro de aquella familia arribista, deseosa de escalar los mejores salones de
la sociedad habanera. Cómplice y tumba fue de la señorita de la casa, a
quien le gustaba hacerse la fina y
decente en los salones y todos los días cambiaba de marido, a escondidas de los
“despistados” padres. Con ella conoció de todos los ardides de que se valían
los ricos de la ciudad para casar bien
casados a los hijos y utilizar, luego,
hasta la bendición de la iglesia. Días antes, de la boda de la niña de
casa, Visitación tuvo que acompañarla a un cirujano famosísimo, especializado
en suturar los hímenes rotos de todas las señoritingas de La Habana para
hacerlas pasar por vírgenes ante los
embaucados novios.
Si algo disfrutó, sobremanera, fue su quehacer
como “manejadora” del mocetón lujurioso de la mansión. A él le enseñó -- con toda la imaginación que
la caracterizaba-- casi todas las posiciones amatorias existentes,
transformándolo en uno de los mejores
partidos sexuales de la ciudad. Por supuesto, se guardó de mostrar algunas (las
más excitantes) para que sólo fueran de su propiedad exclusiva. Al más pequeño
de la familia, concentrado únicamente en la lectura y en jugar al ajedrez, le
recomendaba los mejores libros de narrativa y poesía contemporáneas y luego
ambos comentaban sus impresiones acerca de las lecturas. A este chiquillo,
llamado Adonis, de una belleza casi femenina, gestos afectados y gustos muy
sospechosos, le desarrolló el ejercicio del criterio convirtiéndolo en uno de
los más recomendados y temidos críticos de artes de la capital.
Pero el porvenir de Visitación no
estaba en esa mansión como institutriz de aquellos “culicagados”, como ella les
llamaba cuando era víctima de algunas de sus travesuras. Cuando pudo hacer
sus ahorros se compró una casita propia en
un barrio de Marianao, en la periferia y nunca más volvió a Nuevo Vedado. A
partir de ese instante su existencia transcurrió entre altares repletos de
santos, copas de agua fresca para aclarar los destinos, espejos y cartas
españolas. Sus poderes mentales e intuición para analizar el presente, predecir
el futuro y recomendar hierbas naturales con principios activos curatorios le
granjearon el respeto de sus allegados en el barrio de Buena Vista, quienes no
tardaron en comentar sus dotes como
sibilina y curandera. Considerada la más certera espiritista,
cartomántica y brujera de La Habana, su vivienda siempre estaba repleta de
personas de los más variadas clases sociales; allí se daban cita desde un
sepulturero cornudo hasta un embajador impotente y un político chanchullero.
A su casita blanca y pulcra, de dos ambientes,
ubicada en el barrio de Buena Vista, acudían de todas partes del mundo para
deshacer matrimonios y solidificar uniones, apaciguar conflictos amorosos y
avivarlos, conseguir visas para viajes al exterior, consultar en relación con
enfermedades incurables, deshacer maldiciones, gualichos y hasta limpiar y
alumbrar un camino. Su fama alcanzó niveles insospechados cuando se rumoró que
fue capaz de hacerle olvidar, de un día para otro, a un caudillo tropical su
adición por los puros Habanos que se remontaba a la adolescencia, con sólo una
rogación de cabeza, y una limpieza con un huevo de pato y tres ramas de
paraíso, arrancadas del patio de la casa. Los enemigos decían que a partir de
este momento el líder dejó el vicio de fumador empedernido, pero adquirió el
hábito de no escuchar a sus seguidores. Ella se excusaba diciendo que, quizás,
al sacarle los humos de la cabeza, éstos se le refugiaron en los oídos
entorpeciéndole la audición. Pero, lo que realmente la convirtió en un suceso
nacional fue cuando, por medio de unos rezos y cocimientos que preparó con el
auxilio de Nitza Villapol, una popular cocinera televisiva, erudita en platos
para los pobres, cuya base principal era el plátano microjet, consiguió una
firma de acuerdos entre dos gobiernos a punto de una guerra por una disputa
territorial de los tiempos de Maricastaña.
A pesar de su consagración a hacer
feliz a los demás y quizás por todo el tiempo que ello le exigía, nunca
consiguió pensar en sí misma y en su propia felicidad. Vivió deseando tener una
familia numerosa y sólo logró quedar embarazada dos veces, aunque hizo todos
los intentos a su alcance, desde las posiciones amatorias más inimaginables
hasta una sarta de brebajes intomables que ingirió, recomendados por otros curanderos
tan famosos como ella. Tampoco pudo estabilizar – de joven - una relación más
allá de los primeros encuentros y se pasó la existencia conociendo y
enamorándose de hombres de las más variadas estirpes que, posteriormente, se
marcharon buscando la paz que no conseguían.
En cierta ocasión, logró “amarrar” a un
hombre a su lado. A José María le conoció en el Parque de Los Cocos y fue un
amor a primera vista. El mulato tenía todo lo que el médico le había recetado a
ella para combatir los dolores en los huesos que le aquejaban: cuerpo musculoso
y mirada de tigre al acecho, manos de albañil y lengua de toro salvaje, cultura
solariega y dientes tan blancos como la leche condensada rusa. Y de lo otro, ni
hablar. Su miembro violáceo y punzante la colmaba hasta el punto del
sangramiento vaginal. Por ello Visitación disfrutaba cada encuentro como si
fuera el último porque presentía que Dios no podía crear un ser tan agraciado,
que le duraría poco y terminaría por joderse aquella relación cuasi perfecta.
Muchas veces, delante del espejo del
cuarto, decía eufórica: “¡Algo bueno me tenía que tocar en la vida, coño!” Y
corría oronda y sonriente a bañarse con flores blancas, mejorana, abrecaminos,
vencedor y otras hierbas para el mal de ojo y las malas mentes. Pero, como todo
en la vida es finito, una noche llegó, sin previo aviso, a casa de José María, el mulato hecho a mano
- como ella le apodaba - y sin tocar a la puerta se asomó por la ventana y cual
no sería su sorpresa y decepción: el tipo estaba, en una pose bastante
comprometedora con otro hombre y lanzaba unos bufidos orgásmicos que nunca le
escuchó ni en los mejores momentos de sus enfrentamientos carnales. A
Visitación no le molestó tanto que el
tipo fuera maricón como que gritara más satisfecho por lo que le hacía otro que
por lo que hizo con ella y sintió unos celos enfermizos que le duraron casi
cinco años.
A partir de este momento, se impuso –
aunque sabía que faltaría a su promesa - olvidarse del sexo y consagrarse a
tiempo completo a mejorarle la vida a los necesitados. “Yo soy como la madre
Teresa de Calcuta”, decía con una sonrisa amarga a flor de labios para darse
terapia ella misma. “De seguro, cuando muera muchos escribirán al Vaticano
pidiendo mi canonización y el Sumo Pontífice me pondrá en un altar para
siempre, rezará por la paz de mi alma en el paraíso y hará hasta imprimir unas
estampitas con mi efigie”. Después mascullaba, entre dientes: ¡Santa Visitación
Olay, sin pecado concebida! y pegaba una carcajada más cercana al demonio que a
los ángeles celestiales.
****
Creo sentir todavía el golpeteo
acompasado del enfisema en su espalda y el esfuerzo con que, en los últimos
tres años de su vida, respiraba mi madre. Sus pulmones minados por el
crecimiento acelerado de muchas células enfermas ya no dejaban entrar y salir
el aire limpio y se asfixiaban en medio de una escaramuza perdida por seguir
cumpliendo sus funciones capitales. El alquitrán y el asbesto de los
cigarrillos que se llevó a su boca durante tantos años habían hecho de ese
órgano vital una argamasa casi impenetrable y necrosada a punto de tener que
recibir oxígeno dos veces al día por sus ahogos irremediables. Pero Visitación
se lo tomaba con tranquilidad y paciencia. Solía decir que era otra prueba que
le ponía delante la vida y se sentaba en la escalera a tomar el aire tórrido
del mediodía insular olvidándose de sus ahogos y cuando alguien le preguntaba
qué le pasaba respondía socarronamente:
-- Son calenturas menopaúsicas, a mi
edad ya comienzan esos rubores malsanos que te recorren desde la punta del dedo
gordo del pie hasta el último pelo de la cabeza… es que la máquina comienza a
desgastarse, y se reía con malicia a sabiendas de cuál era verdaderamente el
mal incurable, que le aquejaba: un cáncer de pulmones que acabaría por matarle
ineluctablemente.
jueves, 28 de febrero de 2013
miércoles, 27 de febrero de 2013
Montevideo: con sólo cruzar el "charco".
Decía el poeta uruguayo Mario Benedetti (1920-2009), un cronista de la ciudad montevideana, al referirse a ese urbe que lo vio nacer: “Al sur, al sur, está quieta/ tranquila, calma, paciente esperando/ Montevideo…“.Y sin dudas, cuando se ha tenido la posibilidad de viajar en cuatro oportunidades a esa urbe apacible y chata, cuya rambla de arenas blancas -bañada por el Río de La Plata - observa el paso de la vida uruguaya y se ha podido confraternizar con la bonhomía de sus moradores, seres gentiles, cultos y politizados uno empezará a pensar que Montevideo, la capital de Uruguay, es uno de esos edenes – sobre todo si vienes de Argentina - donde pasarías el resto de tu existencia, pero sobre todo una sosegada vejez.
Y es que la ciudad de Montevideo – la capital más austral de América latina - está bañada por las aguas del Río de La Plata, que alcanza su mayor nivel de salinidad y oleaje, en ese punto meridional del Uruguay, producto de las mareas y se encuentra muy cerca de la desembocadura al Océano Atlántico, lo que hace que muchos le llamen mar a sus costas de agua dulce. Y si con sólo tomar un confortable buque-bus desde Buenos Aires y navegar unos 50 kilómetros puedes arribar a Colonia, otra ciudad uruguaya, de donde parten colectivos, que en dos horas, te ponen en la citada villa, parecería que todos los caminos te llevan a ella y hasta te ofrecen un agradable paseo de fin de semana, fuera del estrés de la urbe porteña.
Entonces sólo quedará recorrer sus calles, sus plazas, sus tiendas, degustar sus platos típicos y sus vinos, participar de sus fiestas carnavalescas de febrero, ver sus murgas y sus comparsas y bañarse en su hermosa playa, bordeada por un malecón, que tiene muchas semejanzas con el habanero. Porque – siempre me pasa– cuando llego a Montevideo es como si se transmutaran los tiempos… como dar un cambio a mi biorritmo y sentir que todo fluye con más tranquilidad y sanidad a mi alrededor. Y no miento, lo digo sinceramente.
Buceos y la Ciudad Vieja: sus encantos y asombros
Y está vez fue el “Hotel After”,ubicado en Buceo, un barrio elegante, muy cerca del tradicional Pocitos, donde se ubican los más modernos y lujosos edificios de la ciudad, que miran desde la rambla al Río quien me abrió sus puertas, durante tres días de paseo. Allí muy cerca brillan al sol las paredes acristaladas de sus altos edificios, que dejan ver sus esqueletos de barras de acero inoxidable con fachadas de wall de última generación, y el World Trade Center Montevideo, un complejo de oficinas que ha adquirido notoriedad por reunir las más importantes empresas financieras y tecnológicas del país y hasta una zona franca, junto a un puerto de embarcaciones deportivas y la sede del Yacht Club de Uruguay, un paraje donde se respira paz y se puede observar a los pescadores – como si detuvieran el tiempo - en sus rituales de captura.
Una vez en Montevideo sólo quedará preparar un plan de visitas, donde – por supuesto – no podrá faltar el Mercado del Puerto, con sus bodegones y parrillas, donde se mezclan el olor del pescado con el de la carne nacional, junto al ir y venir de lugareños y turistas en sus tiendas de artesanías y antigüedades; las galerías, ubicadas en la Ciudad Vieja, un centro neurálgico de cultura, donde se puede admirar cuadros de reconocidos artistas como Luís Alberto Solari (1918-1993), cuya pintura y grabado es un emblema del refranero popular, los carnavales, los temas bíblicos, las creencias y supersticiones uruguayas y el pintoresquismo agrario de los campesinos o obras de artistas como el recientemente desaparecido maestro del dibujo Nelson Romero, cuyas obras ostentan un barroquismo rico en detalles y humor y están cotizándose a precios todavía accesibles. Tampoco podrá dejar de visitar, el Museo Torres García (1874-1949), ubicado en la Peatonal Sarandí 683, a pocos metros de la Puerta de la Ciudadela, donde podrá admirar una representativa colección de obras, que le permitirá acercarse al quehacer de dicho pintor constructivista, todo un emblema nacional de colorido, creatividad y talento uruguayo. Le sugiero, además, no olvidarse – en este paseo de arte pictórica - del Museo Gurvich, alojado en el corazón de la Ciudad Vieja, en el Edificio Constitución, que está emplazado sobre la Plaza Matriz, junto a la Catedral Metropolitana, ahora en proceso de refacción en sus costados. Allí podrá adentrarse en el universo creativo, la fuerza imaginativa y la fantasía plástica del maestro, de ascendencia lituana, José Gurvich (1927-1974), uno de los grandes símbolos de la plástica uruguaya.
El carnaval y la ciudad están que arden
Pero si tiene la suerte de viajar, como yo, a finales de febrero, en plena época de carnavales y presenciar, en el Teatro de Verano, de la tradicional competencia de murgas, comparsas, humoristas y parodistas y sus presentaciones, conocidas popularmente como la liguilla, frente a un jurado que decidirá quién llegará a finales y ganará el evento nacional, que entrega un jugoso premio en metálico, otorga la posibilidad de grabación de discos y hasta de giras al exterior, puede decirse que usted es un privilegiado. Allí en la noche del sábado 23 de febrero se llevaron el favor del público y al parecer del jurado las murgas “Cayó la Cabra”,con un excelente vestuario del siglo XVIII, de la época de Salieri y Mozart y sus cantos, bailes y humoradas referidas a la despenalización de la marihuana en Uruguay, la calidad de la televisión pública, la necesidad de madurez ciudadana y el rol del Estado benefactor y “La Gran Siete”, con sus cánticos sociales, sus parodias y críticas a los medios audiovisuales, a los miembros del jurado y a algunas personalidades de la oposición política nacional. Porque es bueno aclararlo a diferencia de otros países donde los carnavales son grandes desfiles callejeros de música, danza, carrozas y deshibición de todo tipo, los de Uruguay están concebidos principalmente como un gran festival de teatro al aire libre, en el que las murgas juegan un rol central haciendo sus crónicas a mandíbula batiente de los sucesos nacionales de mayor repercusión social y tienen el beneplácito y el cariño de la ciudadanía, que asiste casi multitudinariamente a dicha competencia y aplaude como si fuera una hinchada de fútbol.
De paso por la ciudad también podrá – si usted es un interesado de la arquitectura,- recorrer algunos edificios característicos de la arquitectura Art Decó, entre los que se ubican y son accesibles el Palacio Díaz; el Rinaldi, el Tapié y los edificios Parma y Lux, algunos ubicados en la avenida 18 de julio. Es Montevideo una de las mejores ciudades, a nivel mundial, para apreciar dicho estilo. Además podrá visitar las instalaciones del majestuoso edificio que alberga a la Casa Central, del Banco República, ubicado en la esquina de Solís y Piedra, e inaugurada en 1938, doce años después del inicio de su construcción. Tan sólo poder ver in situ los artilugios creativos del arquitecto italiano Giovanni Veltroni, en su bóveda en cañón, encasetonada, cuyo punto más alto dista 35,5 metros del piso, las estriadas columnas, coronadas con capiteles de motivos corintios, de 16 metros de altura, las arcadas y los vitrales y admirar la amplia variedad de mármoles rosados y grises europeos, puertas de roble de Eslovenia, caobas y nogales de Italia, de ese Templo del Dinero -como fue bautizado en su época - vale una visita a Montevideo por la experiencia estética que aporta.
Allí, en los días de nuestro recorrido, se ubicaba la Primera Bienal de Artes Plásticas de Montevideo “El Gran Sur”, que invitó a más de 50 artistas y colectivos del patio y extranjeros a participar interviniendo y transformando los espacios del gran hall de la Casa Central del Banco República; su edificio anexo, el Atarazana y la Iglesia San Francisco de Asís. En la muestra se intentaba explorar – en algunas oportunidades fallidamente, como en los casos de las obras de los artistas de Bolivia, Sonia Falcone y el brasileño, Paulo Vivacqua – el Sur como espacio geográfico, como territorio real, como alegoría y proyección metafórica.
Y si es bueno para ajustar y organizar su tiempo, le recomendaría caminar la ciudad por la Avenida 18 de julio con su Plaza Independencia, sus monumentos, fuentes y apacibles parques. Y caminando hacia el este y antes de llegar a la Ciudad Vieja, se encontrará de improviso con el Palacio Salvo, uno de los edificios más famosos y emblemáticos de Montevideo, quizás el más retratado por los turistas. La mole de concreto – diseñada por el arquitecto Mario Palanti e inaugurada en 1925 - tiene 27 pisos y fue en su tiempo el más alto de Sudamérica. Dicho monumento arquitectónico ha sido calificado por el poeta Benedetti, en su novela: “La Tregua”, como un “monstruo folclórico (…), casi una representación del carácter nacional: guarango, soso, recargado y simpático”.
Sin dudas, Montevideo es una urbe a la que vale llegarse cada cierto tiempo. Y si siempre ha tenido fama de segura y tranquila, en los últimos años – de no tomarse medidas ciudadanas y políticas – dicho cartelito podría caérsele. Sobre todo si se conocen las cifras que manejó recientemente el Observatorio Nacional sobre Violencia y Criminalidad de Uruguay, y publicó el diario nacional “El País”, que denuncian que en 2012, se consumaron 267 homicidios en la nación, un 34 por ciento más que en el año anterior y que 29 por ciento de ellos fueron ajustes de cuentas entre bandas de jóvenes violentos, vinculados a la pasta base (droga), que compiten por territorios y mercados y terminan generando una espiral de violencia e inseguridad a su alrededor.
Nada que no sé por qué extraña asociación me viene, entonces, a la cabeza una estrofa del poema “Referencias”, de Mario Benedetti que, al aludir a la ciudad, dice: “Ahora por fin/están aquí a mi alcance/parque rambla idioma firmamento/recodos calle feria esquinas/ ya no preciso referencias”.
lunes, 18 de febrero de 2013
jueves, 14 de febrero de 2013
Río de Janeiro y Paraty, Brasil: ciudades escritas en el mar
Texto y foto: Juan Carlos Rivera Quintana.
Está sentado plácidamente - apoyando su brazo sobre el banco - en la intersección de las playas de Copacabana e Ipanema e intenta mirar casi de soslayo el mar, con su pierna cruzada con gallardía y virilidad, aunque se mantiene de espaldas a la escollera y al rugir de las olas que baten contra los farallones y acarician el alma impura. Carlos Drummond de Andrade (1902-1987), el célebre escritor carioca, ha sido inmortalizado en el bronce a la orilla de ese mar, en homenaje a su centenario, en el 2002, y desgarbado y con sus lentes intelectuales y redondos puestos, se mantiene impertérrito – no tiene otra posibilidad – al trasiego de veraneantes y citadinos en Río de Janeiro, Brasil… es un testigo cómplice que sólo mira y calla. Parece uno más, uno entre tantos que se solazan con el aire salitroso y el azul insondable del océano y estiran sus piernas y respiran uno de los oxígenos más vivificantes del mundo, se tuesta su piel de cobre bajo el sol ardiente. En el pedestal del monumento una pequeña frase del poeta se destaca: “en el mar estaba escrita una ciudad”. Me siento en el mismo banco, pues el poeta ha dejado un espacio libre, y le contemplo… miro a mi alrededor la urbe tocada - geográfica y visualmente - por la mano de Dios y suelta riendas la imaginación.
Detrás los morros, las grandes favelas coloridas (una isla dentro de la ciudad, como han sido llamadas), el horizonte y las ensenadas otean la urbe bulliciosa, desde sus lugares, sus veredas de venecitas negra y blanca y entonces me saca de ese ensimismamiento los cánticos, las batucadas, los pitos y la algarabía de los bailarines de una ecola de samba, que salen a calentar el pavimento de la Rua Fernando Mendes, porque ya nos estamos acercando, en fecha, al famoso carnaval carioca… el más célebre del mundo... y es preciso el ensayo para perfilar los movimientos de la coreografía, sentir la música y entrenar los nuevos vestuarios. A mí alrededor todo se vuelve, en fracción de minutos, goce, lujuria y belleza humana, como patina típica de una de las ciudades más bellas e injustas del planeta.
Se alquila para soñar
Y es que llegar a Río de Janeiro, por cinco días, te habilita para soñar inmediatamente, sobre todo si estás muy cerca de la playa y puedes hasta sentir el rugido oscuro y fresco del mar que bate en Copacabana desde uno de los pisos altos de un emblemático hotel. Entonces, el sueño se vuelve más placentero, los descansos frente al mar se tornan más rutinarios y desestresantes, a pesar de algún que otro chubasco repentino y aguafiesta y el olor del pescado en la sartén y las frutas maduras de los puestos de venta te inundaran el paladar y la nariz inequívocamente. Y a partir de ese instante no quedará más que hacer trekking por Copacabana, Ipanema, Leblón o Barra de Tijuca – conocida como la Miami del Sur - con sus bañistas a toda hora, incluso en la noche; sus palmeras; sus surfistas; sus aficionados a la pesca; sus juegos de voleibol en la arena y sobre todo sus modernos y elegantes bares, de frente al mar, donde se puede degustar desde un platillo de camarón con mucho aderezo brasileño hasta una refrescantes agua de coco, o mejor…. una caipirinha con sus limas frescas, su azúcar a punto, el hielo picadito y la mejor cachaza de Sudamérica o una cerveza negra, que te hará volar la imaginación y el alma.
Y por supuesto, cita obligada será llegarse hasta el Cristo Redentor, y para llegar deberá adentrarse en la selva tropical de Tijuca, en funicular, hasta la estatua del santo, en la cima de la montaña del Corcovado o tomar el pequeño tren o subir en taxi pues caminando no es recomendable. Desde allí, estará en el lugar más indicado y panorámico, para admirar la ciudad en toda su majestuosidad y le dará la razón al poeta. Por eso sugiero una buena cámara fotográfica para llevarse el testimonio, sobre todo si el día está claro y el sol salpica las playas y los morros cariocas en un alarde de colorido y tropicalismo sin límites. Tampoco deberá perderse el viaje al Pão de Açúcar (Pan de Azúcar), pues ello sería casi sacrílego, si está en Río y no va es casi imperdonable.
El Pan de Azúcar es un pico único, de 395 metros, formado por varios morros monolíticos que reposan sobre la bahía de Guanabara y la Ensenada de Botafogo, y se eleva directamente al borde del mar, por sobre la urbe como desafiando toda gravedad, recortado delante del horizonte. El tour, en teleférico de cristal y acero, como una cápsula visual – conocido popularmente como el bondinho - con capacidad para 75 turistas, sube y baja sin cesar ni descanso, cada cinco minutos, recorriendo una ruta de 1.400 metros entre los morros de Babilonia y Urca (224 metros) ofreciendo otro viaje inimaginable, impensado y hasta temerario entre playas, cielos, montañas, caseríos pobres, modernos edificios y vegetación agreste. Ojo: fóbicos a las alturas abstenerse.
Después volverá sus pasos por Copacabana, ubicada en la zona sur de la ciudad, con su playa de medialuna, asiento de la bohemia, el glamour y la variopinta libertad sexual, área que dio origen a varios movimientos artísticos y es referencia emblemática del turismo brasileño. Baste tan sólo nombrar sus festejos do Reveillon, considerados la mayor diversión de fin de año del planeta, en medio de rituales a Yemayá o Yemanja, la Diosa del Mar y madre de todos los hijos de la tierra, adorada en Brasil, y donde se dan cita millones de turistas que celebran entre rones, champaña, música, fuegos artificiales… y desenfreno. Muy cerca de allí, está Ipanema (“Aguas peligrosas”), esa otra playa, enclavada en uno de los barrios más elegantes y modernos, donde podrá visitar sus boutiques, sus discotecas y restaurantes y hasta una playa gay, ubicada en el posto 6, y la famosa Rua Farme de Amoedo, muy cerca de donde se levanta el café: “Garota de Ipanema”, que probablemente sea la canción de bossa nova más afamada del Brasil, escrita por el poeta Vinicius de Moraes y con música de Antonio Carlos Jobim, que habla de la belleza de la “menina que passa(…) la coisa mais linda”, que se balancea con su cuerpo dorado, ”caminho do mar”.
Toda esa magia sólo será interrumpida por los pobres en su pobreza- cifra que crece numéricamente, a pesar del marketing político - los que duermen bajo algún zaguán o en una vereda, medios atontados por el alcohol y alguna droga blanda o dura, soportando el calor o el viento estival, según la estación de que se trate, entre cartones y alguna tela sucia, soñando con tener – en algún momento – un futuro más promisorio, que borre las injusticias de este mundo, aún en esa ciudad, tocada por la mano de Dios.
Paraty: ese tesoro entre mar y montaña
Y a 250 kilómetros de Río de Janeiro, pasando por Angra de Reís y quedando, incluso, estupefacto ante una Central Nuclear, de dos reactores con sus impávidas usinas a la vista, desde la carretera, que se acomodan temerarias cerca de Praia de Itaorna y un barrio llamado con el paradójico nombre de “El Paraíso”, cruzando caminos sinuosos y en pendiente, se levanta la ciudad de Paraty, donde todo quedó detenido, como postal intacta, en el siglo VXII.
Entre la Bahía Ilha Grande y la Mata Atlántica, es Paraty, una de las ciudades más inolvidables que he visitado, incluso pensando en Europa. El caserío de pescadores, la aldea - para ser más exacto - con todas las invocaciones edilicias del colonialismo portugués, ofrece la impresión de estar en Lisboa, pero con la diferencia de tener una selva alrededor, muchas montañas (Sierra do mar) y una bahía calma, que cuenta con innumerables playas, entre los resquicios de las ensenadas opalinamente azules y las serranías verdosas y muchas veces llenas de bruma misteriosa que lo esconde todo.
Su esplendor arquitectónico - de casas de dos plantas, adornadas con balcones de hierro forjado y de colorido estilo colonial portugués - se debe a que se mantuvo olvidada, en un total aislamiento geográfico por dos ciclos económicos. Ella estuvo dedicada a la pesca, al trasiego del oro y la plata, la caña de azúcar y el café, conocido como el oro negro. Ese ostracismo colonial cooperó en su preservación histórica y cultural. Y hoy, Paraty (a 290 de la capital paulista) vive prácticamente del turismo, con una infraestructura de marinas y un pequeño aeropuerto para naves de pequeño porte, y la producción de cachaças, bebida de alcohol de caña, producidas artesanalmente por ingenios locales y con mucho prestigio en Sudamérica y popularidad en la ciudad, y, por supuesto, la artesanía local.
Baste tan sólo adentrarse en el casco colonial de Paraty, en su complejo arquitectónico y transitar sus calles de piedras irregulares (pe-de-moleque), vestigio del trabajo de los esclavos que llegaron en el siglo XVII, en las bodegas de los navíos portugueses; y sus coloridas ventanas y puertas para darnos cuenta que estamos ante un sitio excepcional y pocas veces visto. Es como un viaje en una máquina del tiempo. Le rodea un fuerte (Forte Defensor Perpetuo) que sirvió como muralla defensiva contra los piratas que venían buscando las rutas del oro, la plata y los diamantes con destino a Portugal, que circulaban por la región de Trindade, otra ciudad marítima muy cercana, donde se cuenta que existen tesoros enterrados, incluso uno fruto del saqueo pirata a la Catedral de Lima, que nunca ha sido encontrado.
Pero el encanto de la ciudad también lo ponen sus pousadas, sobre todo las que están en el casco histórico, bellamente diseñadas y refaccionadas, muchas con mezclas de la decoración indígena y moderna, entre las que recomiendo la “Pousada de Sandy” (Rua Largo do Rosário, 01, Parati); la “Pousada Do Ouro” (Rua Dr. Pereira 145), una agradable y casi intacta casona del siglo XVII, y la “Pousada Do Príncipe”, un palacete, de estilo colonial, a dos cuadras del centro, en la Avenida Roberto Silveira, 245, sobre todo si usted quiere descansar, con tranquilidad, lejos del espíritu depredador del turismo y sus idas y venidas.
Además, Paraty, también se ha convertido en un polo gastronómico con sus peixes (peces) asados y sus platos típicos de la cocina indígena y la culinaria portuguesa, algunos de ellos aderezados con las más increíbles hierbas y sazones y la farinha (harina) de mandioca, el coco rallado y la banana y otros productos litoraleños y rurales. Mención especial merece el bistró “Casa do Fogo”, que tiene como especialidad la paella, enriquecida con frutas tropicales y flameada con la más pura cachaça de Paraty, y el excelente espectáculo de música brasileña, que en las noches suelen animar muchos restaurantes y el buen comer de sus comensales.
El paseo a dicha ciudad no estaría completo si no se toma una excursión en una escuna (velero a motor para 50-60 pasajeros) o un saveiro (veleros de doble mástil) para salir del puerto, de la bahía de Paraty y navegar por las aguas azules verdosas y cristalinas de algunas de las playas, en las islas que la rodean. Infaltable: Praia Vermelha, Praia da Lula, Praia Deserta e Ilha Comprida, periplo que ofrece la Agencia Estrela da Mahná Tours, al módico precio de 40 reales por persona. Dicha excursión, donde se puede nadar hasta las playas, bucear para ver corales, peces de variados colores, recantos insondables con sus florestas intactas y hasta nadar entre delfines, incluye almuerzo y tragos típicos.
Se cuenta, que en 1502, cuando el navegante Américo Vespucio, entró en la bahía de Ilha Grande, comandando una escuadra de carabelas, expresó: “Si existe un paraíso en la Tierra, ese lugar es aquí”. No alucinaba: son más de 65 islas paradisíacas, bañadas por aguas calmas y cristalinas, con más de 43 playas, con una fauna marina incomparable, que hacen de Paraty el reino del buceo (mergulho).
También podrá caminar, en contacto íntimo con la naturaleza, o montar a caballo para llegar a numerosas cascadas – como la del Poço do Inglés o la de Penha- tobogán, que bajan de las serranías o adentrarse en los senderos montañosos que trazan el antiguo camino conocido como la Ruta del Oro (Caminho do Ouro), en Serra da Bocaina. Este periplo – una verdadera clase de Historia – constituye la ruta histórica utilizada por los antiguos colonizadores portugueses, para sacar el codiciado metal del Estado de Minas Gerais, en dirección al Puerto de Paraty, camino a Lisboa. Aún se conservan en el trazado fragmentos de la calzada original de piedras, colocadas por los esclavos.
Si algo se echa de menos en Paraty – bueno decirlo - es a una buena playa… las más cercanas, a las que se puede ir caminando, están contaminadas y con mucho petróleo y por ello para darse el buen baño en el mejor mar no tendrá otra opción que tomar excursiones y salir fuera de la bahía, donde encontrará realmente paraísos indescriptibles y casi virginales. Este cronista caminó hasta Jabaguará, muy cerca del casco colonial citadino, y encontró un visual hermoso de pequeñas islas y grandes macizos de piedra, pero una playa enlodada que daba la impresión de una sumergida en un pantano y se tuvo que conformar con una buena caipirinha para ahogar tamaña desilusión y recuperar energía para el regreso a la ciudad.
Pero, sin dudas, Río de Janeiro y Paraty son dos paseos recomendables: el primero, excesivamente bullicioso para mi gusto, demasiado violento por momentos y hasta enajenante; el segundo, más para el descanso, el retiro recoleto, lejos del mundanal ruido sobre todo si usted proviene de una urbe cosmopolita y precisa comodidad y desasosiego. Ambos con una similitud ideal: dos ciudades recortadas sobre el mar, escritas sobre él y delante de sus horizontes lejanos e imprecisos.
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