martes, 2 de febrero de 2016

Mi regalo de cumpleaños 56.


Se podrán imaginar que si hace casi 13 años que no voy a la isla y ya hasta empiezo a creer que no iré nunca más por razones del desasosiego y la tristeza que me produce su política doméstica no podía perderme el contacto con sus raíces de la única manera que me da placer: su cultura plástica.

Y la muestra del artista cubano Wifredo Lam, sus piezas estaban ahí, al cantió de un gallo, en pleno Centro Pompidou, en el barrio Le Marais, a tres cuadras de donde estaba parando en este febrero vacacional.  Sus obras estaban muy cerca, algunas de sus inicios, sus fotos familiares, las ilustraciones para libros, editados en París; sun cartas personales y hasta notas de su intimidad laboral y sus exposiciones por el mundo.

Quedé fascinado ante sus pequeños bocetos y fue como si la asomara a sus rituales creativos, a sus banco de imágenes trabajadas con paciencia casi artesanal. Y pude acercarme a sus momentos iniciáticos y sus penurias económicas, a sus etapas de más comodidad y bonanza cuando se le veía con esos trajes parisinos muy anchos, a lo Benny Moré; a los testimonios gráficos para la posteridad de sus encuentros con los marchand que publicitron sus piezas y le dieron visibilidad internacional.

Capítulo aparte merece mi asombro ante ese emblema del mestizaje y la cubaidad, que es su obra: "La Jungla", ese cañaveral sincrético y esperpéntico de negros, chinos, africanos e isleños en permanente bajeo vulgar y gozadera signica.

Ante esa pieza que me quitó el aliento quedé alucinado y robustecido de identidad. Ya nadie nunca podrá pintar como él ,supongo; nadie podrá representarnos tanto con tanto de mandinga, congo y carabali, con tanto de bohemio parisino y cubano de los interiores de Sagua La Grande, ese terruño chato y provinciano donde vino al mundo y tomó primeras lecciones.

Y ahí tuve enfrente de nuevo a ese negrazo- chino, de facciones blanconazas y porte y vestimentas de dandy europeo y hasta pude rescabucharle el torso desnudo con aires de Adonis testicular macho alfa y ese pelo enrulado de negro de solar nuestro y hasta imaginé historias de amor y corazones parisinos deshechos ante su encanto.

Y fue entonces un reencuentro con Nelson Domínguez; con la caligrafía y el trazo agudo de Roberto Fabelo; con la imaginería de Zaida del Río; con la paleta policroma de Pedro Pablo López Oliva; con la ductilidad y la astucia para amasar y sublimar el barro y plantar esmaltes y engobes de ese otro maestro nuestro: Alfredo Sosabravo.

Fue - sin dudas - mi mejor reencuentro con La Habana, después de 13 años sin verla, sin necesidad de derrumbes, procacidad y depresiones existenciales y humanas. Fue un gozo semejante al que me produjo pasear por el malecón de Cádiz, como me hubiera gustado que se viera el de mi Habana, la que no me podrán arrancar ni tiranos, ni mandamases, ni burócratas de aduanas insulares ni cuños en pasaportes desactalizados y desacralizados. Fue como pasear por Cartagena de Indias e imaginar y elucubrar cómo serían esos palacetesy callejuelas habaneras de no haber llegado tanta política deficiente y artera a mi Patria, quien es - por estos días - recibida en París y de manera oficial por las autoridades francesas olvidando las faltas de libertades, la violación de los más elementales derechos humanos y la falta de paz ante tantas escaseces que hay allí son pan nuestro.

miércoles, 6 de enero de 2016

Día de Reyes: Hasta que falte la Luna


Por: Juan Carlos Rivera Quintana.
Foto: Cortesía de una juguetería española.



 

 


El salmo católico por el Día de Reyes decía: “Se postrarán ante ti – Señor – todos los pueblos de la Tierra. Florecerá la Justicia y la Paz hasta que falte la Luna; que domine de mar a mar, el Gran Río hasta el confín de la tierra” y así seguía su letanía que todavía recuerdo – como un latiguillo – decir a mi abuela cuando nos hacía hincar de rodillas y leer su pequeño librillo descolorido de ensalmos y conjuros, horas antes de llegar el 6 de diciembre, el momento de los regalos y la llegada de los deseados juguetes.

 

Todavía me parece estar viendo mi primera bicicleta- triciclo, que me trajeron los Reyes – entonces yo creía en el mito – Melchor, Gaspar y Baltazar, quienes llegaron a mi casa, en Marianao, guiándose por las estrellas, en la madrugada, y cuyos camellos tomaron toda el agua y comieron toda la yerba que yo había dejado al pie de mi cama. Siempre pensé –y eso era lo más hermoso del sortilegio – que había que cumplir aquel ritual porque, de lo contrario, los camellos, donde venían cabalgando los Reyes, no podrían alimentarse para seguir su camino dejando a otros niños los reclamados juguetes. 

 

Me parece estar haciendo mi primera carta a los Reyes Magos, todavía con faltas ortográficas y pequeños desvaríos de sintaxis, donde pedía un camión de bomberos para apagar todos los incendios de mi barrio. Entonces todavía la inocencia me valía.

 

Luego, una desangelada noche, en que yo no me podía dormir, pude ver cómo mi madre - con tristeza - colocaba una fea maleta de madera verde, parecida a un botiquín de primeros auxilios, que había hecho mi padre, junto a un libro de Emilio Salgari, al pie de mi cama. A partir de ese instante supe quiénes eran los verdaderos Reyes Magos y aprendí que se venían tiempos de pocos juguetes y escasez sin derecho a queja alguna.  Eran los tiempos en que en Cuba se empezaron a normar, por la desdichada libreta de abastecimiento, los juguetes para el Día de Reyes y nuestros padres se vieron obligados a realizar largas colas en las tiendas, desde las madrugadas, para tener acceso a algún que otro juguete de los que se repartían para esas fechas.

 

Quizás ello explique los motivos por los cuales cada vez que paso por una juguetería, en Buenos Aires, aún me detengo con mirada de tristeza y resignación. Y es que tuve tan pocos chiches para entretenerme, que terminé creando camiones de volteo con cajas de fósforos, carritos con pequeños pedazos de madera que encontraba en el patio de casa y hasta dibujé animalitos que, luego, recorté y pegué sobre cartón para hacerme un pequeño zoológico para mis solitarios juegos infantiles.

 

Nunca podré olvidar un pequeño fotingo negro – de pilas - que me regalaron mis padrinos. El carrito de época llevaba, además, una chica de acompañante del conductor, quien tenía la habilidad de levantar una cámara fotográfica que producía una luz como si retratara sus alrededores. Aquel juguete – toda una novedad y una rareza entre mis amigos - me produjo una de las más grandes felicidades de mi infancia y me granjeó la amistad interesada de muchos de mis vecinos más pequeños. Mi madrina lo había tenido que pagar muy caro a alguien que había tenido la suerte de viajar a España y comprarlo allí. Porque en Cuba no se producían juguetes, sobre todo, para chicos y había que importarlos y ello era casi prohibitivo para las menguadas arcas nacionales de la isla.

 

O sea que parafraseando el viejo salmo de Reyes crecimos como si nos faltará la Luna, como si tener juguetes fuera algo del mundo capitalista y del consumismo infantil más desmedido. Desde entonces me propuse que a mi hijo y luego a mi nieta no le faltarán los juguetes y creo que, hasta hoy, lo vengo cumpliendo. 

 

 
 

lunes, 14 de diciembre de 2015

Retrato de Familia

    Sábado, 12 de diciembre de 2015. Bautizo de Lolita, en la Iglesia Nuestra Señora de Fátima, en Wilde.

jueves, 26 de noviembre de 2015

Retrato de Familia: Mi nieta Lolita feliz

                                                Lolita, a los ocho meses de nacida.

sábado, 14 de noviembre de 2015

París era una fiesta



Por Juan Carlos Rivera Quintana

Ilustración: Cortesía de la página Inkulte

 

Alguna vez escribí, en una crónica de viaje con mi primera visita a la Ciudad Luz, en el año 2010, que si el mundo tenía un ombligo ese, sin dudas, se ubicaba en París. Y, hoy, ya no me cabe la menor incertidumbre, después de los acontecimientos trágicos que vivió dicha urbe multicultural, desde las primeras horas de la tarde de ayer, viernes 13 de noviembre.

 

Anoche, estaba exhausto después de una semana de corridas laborales y académicas y cuando me disponía a descansar profundamente, mientras la ciudad de Buenos Aires, comenzaba a ebullir de fiestas, reuniones amistosas, de partidos de fútbol, alegrías, desesperanzas, asados y de discusiones políticas – siempre la jodida política separando y nunca llamando a la unidad - para ver quién será el futuro depositario de la confianza de los 40 millones de argentinos, una noticia irrumpió sorpresivamente en mi Twitter: París estaba siendo acechada por ataques terroristas simultáneos, al parecer muy planificados, y ya se preveían cientos de muertos.

 

Quedé impactado desde el primer momento, casi en estado de shock. Hacía pocos días habíamos alquilado, por una semana– con mucho entusiasmo por la aventura vacacional - un departamento en el cosmopolita barrio de Le Marais, en pleno centro parisino, para hacer vida no de turistas, sino de observador casi sociológico en dicha capital, durante el mes de febrero.

 

Mi estupor no desapareció, desde entonces, cuando comencé a seguir, minuto a minuto por CNN y otros canales noticiosos y empecé a hacer pequeñas notitas en Facebook sobre lo que estaba sucediendo en París, en la misma medida en que iba adentrándome en la nueva realidad informativa: entonces se hablaba de estado de guerra; de ataques múltiples, de cerca de 153 muertos, de conmoción y estupor, de factor sorpresa en la noche parisina; de varios atentados de hombres que irrumpían, vestidos de negro, con rifles AK-47 en restaurantes y bares provocando una verdadera carnicería humana; de varios suicidas-bombas que se hacían explotar en las afueras del Stade de France, en medio de un partido de fútbol entre Francia y Alemania, al que asistía el presidente Francois Hollande a medianoche y de operativos comandos para rescatar cerca de mil rehenes que habían sido tomados por terroristas, en el conocido centro nocturno “Bataclán”, donde se desarrollaba un espectáculo de rock de una banda estadounidense, llamada Eagles of Death Metal.

 

Todos estos incidentes trágicos tenían como escenario los distritos l0 y 11 de París, muy cerca de donde en enero pasado sucedieron los atentados contra la revista “Charlie Hebdo” y un supermercado judío, que conmovieron a la opinión pública mundial y donde murieron 20 personas; todos estos incidentes e imágenes no hacían más que mostrar escenas de desconcierto, muerte y pánico, en una ciudad que se precia de su fraternidad, su carácter festivo y de su respeto por las libertades individuales.

 

Momentos después hablaba casi en estado de estupor y cara de susto el presidente de Francia, Francois Hollande, que fue sacado del partido de fútbol - casi en andas por su seguridad personal, a los coches blindados y a una reunión de emergencia nacional. Entonces se advertía de cierres de todas las fronteras del país, del estado de emergencia y de operativos comandos; de 38 hospitales parisinos en alerta blanca para recibir heridos y víctimas del atentado; se orientaba permanecer en los domicilios; de restricciones al tráfico en la capital y de un fuerte operativo de despliegue de las tropas de elite y de todas las fuerzas del orden, en todo París. Ya, entonces, se podía ver y hasta palpar el impacto psicológico producido entre los franceses y los turistas por dichos ataques. Realmente una verdadera pesadilla y conmoción por la ola de terror.

 

Si como decía Ernest Hemingway, en el título de su famoso libro de memorias: “París era una fiesta”, la yihad islámica y los fundamentalismos religiosos y políticos (que ya se han atribuido el atentado, recientemente) nos quisieron robar la alegría. ¡Y valga de qué manera lo consiguieron¡¡¡

martes, 3 de noviembre de 2015

Retrato de Familia


                     Lolita, ya tiene dos dientecitos, con tan sólo seis meses de nacida

lunes, 19 de octubre de 2015

“Santa Cecilia” y La Habana: Una Atlántida insular




Por: Juan Carlos Rivera Quintana
Foto: Cortesía de Timbre Cuatro.

“La Habana no existe, a veces pienso que la inventé”, dice con melancolía la anciana ilustre, la muerta-viviente Santa Cecilia, después de cantar y tararear, como en una fantasmagoría - desde el fondo del mar-  aquella famosa pieza, del cantautor santiaguero, Manuel Corona, que dice: “Por tu simbólico nombre de Cecilia tan supremo que es el genio musical;  por tu simpático rostro de africana canelado que se admiran los matices de un vergel. Y por tu talla de arabesca diosa indiana, que es modelo de escultura del imperio terrenal, ha surgido del alma y de la lira del bardo que te canta como homenaje fiel (…)”.

Entonces da comienzo el unipersonal - interpretado magistralmente por el actor cubano, Osvaldo Doimeadiós, bajo la dirección de esa leyenda teatral, que es Carlos Díaz -  y empiezan a tejerse las remembranzas y la magia que, por una hora y cuarto, mantendrá pegado a sus butacas a los espectadores que, en la gélida noche primaveral, del viernes 16 de octubre, asistimos al teatro “Timbre Cuatro”, ubicado en pleno corazón de Buenos Aires, para ver la pieza, del repertorio dramático insular del grupo El Público, que se presentó como parte del III Encuentro Latinoamericano de Teatro Independiente.

Y es que este monólogo, que lleva por título: “Santa Cecilia” - escrito por el reconocido dramaturgo y narrador cubano Abilio Estévez, entre 1993 y 1996, está poblado de toda la desilusión y el escepticismo por una capital cubana (“Laaaaahabana”, como dice su protagonista), que está condenada a desaparecer para siempre. Y la voz de la anciana, de 100 años, que yace enterrada en el fondo del mar y constituye el cordón umbilical de la historia, se lamenta de la destrucción y la ruina de la mágica urbe insular y la extinción de sus antiguas costumbres, goces y formas de vida, mientras da sus golpecitos con el bastón o se sienta en el sillón de mimbre o se abanica para paliar el bochorno habanero.

Así, entre portalones, quitrines, calles estrechas, pregoneros de frutas, orquestas y bares de la época y desde una Habana, que más bien se asemeja a una nueva Atlántida, se van desgranando las historias de un conjunto de ánimas, de diferentes matices y trazados: la vieja, la niña bien, el flautista negro, la sirvienta, la madre recatada, el padre castrador y muchos otros fantasmas familiares.

Y durante ese periplo evocativo asistimos a varias historias, todas cubanísimas, acompañadas – no podía ser de otra manera - por la música trovadoresca; la operística (como en el pasaje, donde se recuerda la presentación, en la capital habanera, del tenor italiano Enrico Caruso) y el repertorio popular y bailable de las orquestas cubanas. Y es ahí, entre esos desdoblamientos y transiciones dramáticas; entre esos entreveros y transfiguraciones; entre esas entradas y salidas teatrales de cada personaje, donde Doimeadiós saca los mejores provechos dramáticos y deslumbra por sus posibilidades histriónicas, su ductilidad escénica, su dominio del cuerpo, su concentración y destreza para cantar y bailar y, sobre todo, para convencer.

Y qué decir de cómo el dramaturgo Estévez apela, con acertado tino en el texto escénico, a esa condición pentasentido de los seres humanos y recrea y evoca imágenes, situaciones, ruidos matinales, olores y sabores cubanísimos, como el del flan de calabaza, el dulce de coco, la limonada para paliar el calor tropical, la natilla y el arroz con leche, por sólo citar algunos, que terminan por hacernos la boca agua desde la luneta y llevarnos, como en un flashback,  a La Habana que dejamos atrás. Y por momentos, haciendo uso de citas, referencias a otros autores clásicos, al homenaje, a la solemnidad y la parodia hasta llega a burlarse del criticado ocio insular, como en ese pasaje, donde Santa Cecilia apunta con fina ironía isleña: “como los habaneros no aprendimos a levitar inventamos la hamaca”. Y ahí, entre los parlamentos humorísticos es donde más llega a descollar el intérprete y donde despunta todo el filo y la clave del choteo isleño del dramaturgo de: “La verdadera culpa de Juan Clemente Zenea”.
 
Sin dudas, con esta pieza - que forma parte de la trilogía: “Ceremonias para actores desesperados” - que incluye, además, otros dos monólogos: “El transformista, Freddy” y “El enano en la botella”, Abilio Estévez corrobora su ubicación entre los autores más perdurables de la contemporaneidad de la Mayor de las Antillas y Osvaldo Doimeadiós rompe el molde y los pre-conceptos de los que sólo le estereotipaban como un actor entrenado para la comedia.