viernes, 12 de octubre de 2012

Lisboa: la ciudad de las ventanas verdes

 

 

Callejuelas empinadas, patios interiores recubiertos de azulejos pintados, tranvías que suben escarpadas cuestas rumbo a castillos, iglesias centenarias y pasajes angostos, todo un ejercicio para conocer la capital y las rutinas cotidianas de otras villas primadas portuguesas.

 

Texto y foto: Juan Carlos Rivera Quintana.

 

El taxi, de color amarillo y un colorido dibujo de sardinas en sus puertas, atraviesa la Avenida da Liberdade, en pleno centro lusitano, y deja escuchar desde Radio Amália, un fado triste, acompañado por el rasgueo - casi llanto de una guitarra - y la voz aterciopelada de la Reina del Fado: Amália Rodrigues, que dice: “Trago fados nos sentidos, tristezas no coração ,trago os meus sonhos perdidos, em noite de solidão, trago versos, trago som, de uma grande sinfonia, tocada em todos os tons, da tristeza e da alegria”. Y tal telón de fondo parece de magia, de encantamientos para comenzar mi viaje por Lisboa y otras ciudades de Portugal.

 

Lisboa, capital de Portugal, se levanta casi discreta y mansa, pero luminosa, colorida y abierta, a orillas del Río Tejo (Tajo) aspirando el aire salitroso del Atlántico y surcada por dos puentes inmensos que desafían la gravedad; uno de ellos: el Vasco de Gama, de 16 kilómetros, todo un alarde de ingeniería que termina perdiéndose en el horizonte como proclamando a los cuatro vientos que es el más largo de Europa.

 

Pero a Lisboa para sentirla hay que caminarla y perderse en sus callejuelas realizadas con adoquines de granito gris y blanco o andar por sus veredas, de artísticos y bellos trazados, y llegarse hasta el barrio de La Alfama, ubicado a los pies del Castillo de San Jorge, entre éste y el mar, una especie de arrabal humilde, cuna de pescadores, o llegarse hasta el Chiado y Barrio Alto, que representan a la Lisboa más bohemia y noctámbula, donde se puede escuchar en cada esquina el tañido de la guitarra y algún interprete popular de fado desperdigando sus penas, desde un café

 

Sus callejuelas estrechas y empinadas (como recordando siempre que la ciudad está construida sobre siete colinas) inspiraron los más hermosos versos de fado, pero no están concebidas para autos y mucho menos para autobuses. Ellas fueron diseñadas para el nostálgico tranvía (el más famoso entre los turistas es el número 28) que tuve la posibilidad de montar y me dejó cerca del Castillo de San Jorge, donde se tienen las más impactantes vistas de toda la ciudad, que baja hasta el río y el puerto, desde la parte alta de La Alfama con sus escalinatas, recónditos patios y fachadas de azulejos y  macetas en los balcones con flores de estación.

 

Pero si llega a Lisboa y no tiene la posibilidad de montarse en el Elevador de Santa Justa, puede decir que no cumplió con el adagio del posible regreso. Esta mole de hierro fundido, todo un icono de la urbe capitalina, posee un diseño que recuerda a la Torre Eiffel, de París y se levanta imponente en la Rua do Ouro. Su altura de 45 metros, posibilita el traslado a turistas y vecinos a lo alto del barrio de Chiado y se ha convertido en una verdadera atracción de visitantes foráneos.

 

De seguro también deberá recorrer el corazón comercial de Lisboa, que se extiende entre la Plaza de Don Pedro IV, más conocida como Plaza de Rossio, y la luminosa y ancha Plaza del Comercio (que termina en el Río Tajo), bordeada por restaurantes y cafés que ofrecen desde los famosos pastelitos de nata, emblema gastronómico de Lisboa, hasta todo tipo de mariscos y peces, preparados con la astucia y los secretos de la cocina lisboeta. Tampoco puede perderse una visita al popular café “A Brasileira”, un sitio entrañable, ubicado en la 120 Rua Garret, en la Plaza de Chiado, parte indiscutible de la cultura lusitana. Por su interior -decorado al estilo Art Decó, con mesas de madera y paredes forradas de espejos y una inmensa barra de roble - pasaron intelectuales de la talla de Fernando Pessoa, que ha sido inmortalizado, en su acera, con una estatua de bronce y otros habitúes como los escritores Aquilino Ribeiro, Alfredo Pimienta, el prestigioso educador José Joaquím Pacheco y  el reconocido pintor José de Almada Negreiros.

 

Una visita obligada es el barrio de Belém, ubicado en el extremo oeste de la capital lusa, a media hora de viaje, en colectivo. Allí llegarse a la Torre de Belém, con sus almenas en forma de escudo nobiliario y sus estatuas de santos y ángeles; visitar el Monasterio de Jerónimos, otra joya de estilo manuelino, que comenzó su construcción en 1501 y demoró un siglo en concluirse, pero donde se puede tener la sensación andando por sus claustros y patios del poderío portugués y sus excentricidades arquitectónicas. En su entrada están enterrados el explorador de la India, Vasco de Gama, debajo de la galería del coro del monasterio, y el poeta Luis de Camoes, pero sin duda lo más impactante es llegarse a la primera planta del claustro y estar cerca del monolito- tumba que con cierto recato y discreción  recuerda al poeta Fernando Pessoa. Allí una frase-epitafio de dicho escritor emblemático, rasgada a cincel sobre la piedra marmórea de color rosa negruzca, yace firmada por uno de sus heterónimos Álvaro de Campos (1923) y paraliza por su veracidad. El creador grita a los cuatro vientos con amargura existencial: “No, no quiero nada. Ya dije que no quiero nada. No me vengan con conclusiones. La única conclusión es morir”. 

 

Sintra y Cascais: el aire y el mar puros

 

De seguro un buen paseo será montarse en el tren (al valor de 4,20 euros), que sale de la estación de Entrecampos y que en 36 minutos te deja en la estación de ferrocarril de la verde Sintra, una bella villa considerada uno de los centros más importantes de la arquitectura romántica europea, donde se respira un aire más puro y hay un microclima más fresco (unos diez grados centígrados de diferencia con la capital) Dicha urbe serrana - que fuera definida por el poeta Lord Byron, como “un verdadero Edén” - tiene una vegetación abundante de flores coloridas y musgos entre las rocas de sus imponentes castillos y palacetes y fue  antiguamente zona de retiro de la realeza lusa. Sintra está ubicada a 29 kilómetros al noroeste de Lisboa.

 

No en vano ha sido declarada por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, en 1995, pues con tan sólo acercarse al Palacio Nacional (concluido a finales del siglo XIV), ubicado en el corazón de la antigua villa, con sus simbólicas chimeneas cónicas, de origen musulmán, que presiden las cocinas del alcázar o penetrar la Sala de las Urracas, en cuyo techo se exhiben dibujadas 136 especies de pájaros cada uno llevando una rosa en su pico y la frase: “Por bem” (por el bien de todo), ya el viajero puede llevarse una imagen del abolengo de sus antiguos moradores Don Joao I, quien vivía allí con su esposa Philippa Oc Lancaster. Y por favor, no olvidar la visita al afamado Palacio Nacional y Parque da Pena, cuya construcción asentada en el solar de una remoto monasterio, data del siglo XIX, constituye un extravagante alcázar de raigambre masónica, legado del príncipe de Sajonia-Coburgo, donde abundan minaretes árabes, almenas góticas, entre estanques, donde nadan cisnes negros entre flores y plantas exóticas y lujosos pabellones de caza.

 

Muy cerca de Sintra reposa Cascais, ubicada en la Costa de Estoril, en el punto más occidental de Europa. Dicho balneario, muy ligado a la pesca, cuya tradición se remonta a ocho siglos atrás, y al puerto con sus barcazas y bergantines exhibe sus playas de arenas blanquecinas y la tranquilidad de sus veraneantes. Cuentan que en Cascais tuvo lugar un castigo divino que muchos lusos esperaban ansiosamente: murió el dictador Antonio de Oliveira Salazar, quien gobernó con mano de hierro a Portugal entre 1932 y 1968, al caer de una reposera – manera tonta de morir - mientras tomada plácidamente un poco de sol y escuchaba algún quejoso fado.

 

Óbido y Oporto: un contrapunteo obligatorio. 

 

Rodeada de una muralla centenaria, la villa fortificada de Óbidos, ubicada en el distrito de Leiria, un valle muy fértil en el centro de Portugal, a 85 kilómetros al norte de Lisboa, y muy cerca de Caldas da Rainha (Baños de la Reina), constituye un retablo para turistas deseosos de sacar buenas fotos sin grandes sacrificios.  Allí puede caminar sus empinadas callejuelas medievales y recorrer las tiendas de souvenir y cerámica lusa que se ubican desperdigadas por todo el pueblo o tomarse una buena cerveza, acompañada por una tabla de quesos. Pero lo mejor del viaje a Óbidos, sin dudas, lo constituye el trayecto en ómnibus y el paso por varias ciudades de Extremadura, con sus parques de energía eólica y sus grandes pantallas acristaladas para calentadores solares, que demuestran cómo se buscan soluciones sanas y alternativas a la falta de combustible y sobre todo de petróleo. Las gigantes torres blancas con sus dos hélices parecen molinos de vientos postmodernos en medio de los campos verdes y dan la sensación de que el futuro se nos avecina, junto a las modernas autovías e impecables  infraestructuras ferroviarias con que cuenta Portugal.

 

El Castillo de Óbidos tiene orígenes romanos y fue recuperado en el siglo XX, después de los destrozos ocasionados por el terremoto de 1755 que azotó a la nación. Ya en julio de 2007 fue declarado una de las siete maravillas de Portugal. En su interior existe una posada que alberga a turistas que deciden quedarse a pasar la noche en la villa fortificada medieval.

 

Pero para llegar a Oporto, (en portugués Porto) la segunda ciudad en importancia de Portugal, con más de 1,7 millones de habitantes, ubicada en la desembocadura del Río Duero,  si hay que andar mucho camino y pasar por las ciudades de Fátima, Figueira de Foz, Aveiro y Coimbra. Recomiendo, entonces, tomar el tren rápido Alfa Pendular o el Intercidades y recorrer los 300 kilómetros que separan dicha villa de Lisboa. El viaje es hermoso, de unas dos horas y media, placentero y el confort de los coches ferroviarios lusitanos convierte el paseo en una verdadera delicia. Por eso los asombros comienzan desde que llega a la Estación de Trenes de Sao Bento, donde puede admirar los grandes murales de azulejos blancos y azules, de unas 20 mil piezas, con escenas de la vida marítima y las contiendas bélicas de la nación, obra del afamado artista luso Jorge Colazo.

 

No se defraudará cuando desande Oporto (también declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO), al poder recorrer sus elegantes barrios y villas señoriales, en contrapunto con sus estrechas calles, viejos callejones grises, tortuosas escalinatas y plazas centenarias e imponentes puentes. Dicha ciudad, lindante con Galicia, España, debe su nombre – por supuesto – al vinho de Oporto, una mezcla rara, pero elegante y seca al paladar de brandy y vino luso que es preciso degustar, sobre todo si usted – como lo hice yo - tiene la posibilidad de sentarse, una tarde casi otoñal, en uno de los cafecitos que bordean una de las riberas del Río Duero y frente al famoso Ponte das Barcas (1806), que se yergue inmenso y desafiante sobre la ría, surcada por rabelos, esos pequeños bergantines que cargan en sus entrañas los toneles del afamado vino o brindan paseos a turistas deseosos de aventuras marinas y fotos desde la otra ribera.

 

En dicha ciudad también le propongo visitar por sus impresionantes tallas doradas y su alarde barroco la Iglesia de San Francisco, que comenzó a construirse por los frailes franciscanos en estilo gótico hasta su terminación en 1410; la Catedral de la Sé, emplazada en el corazón del casco histórico de la urbe y uno de sus más antiguos monumentos; el Café Majestic, en la Rua de Santa Catarina 112, toda una joya de la belle époque y por supuesto la Iglesia y la Torre de los Clérigos con su famoso lucernario oval y sus atalayas barrocas. Pero, a no olvidar, uno de los sitios más impactantes, ediliciamente, es la Librería Lello e Irmao, ubicada en la Rua de las Carmelitas 144, calificada con mucha justicia como la más bonita de Europa y entre las más hermosas del mundo. Reitero: no puede dejar de apreciarla porque se perderá algo inolvidable. Sólo que es triste que no dejen tirar fotos en su interior y obliguen indirectamente a los visitantes a comprar las fotos estandarizadas que venden en sus vitrinas para tener un recuerdo de tamaña obra.

 

La Librería Lello e Irmao, una verdadera joya arquitectónica, de 1906, presenta detalles modernistas y neogóticos en su fachada y está atravesada, en su interior, por una curvada y despampanante escalera roja, que conecta determinados niveles del recinto, diseñado por el arquitecto Vasco Morais Soares, y se corona en el techo por un vitral impactante, que recorre todas las gamas de colores posibles, que deja filtrar toda la luz del día y por momentos parece cegarte de tantos colores que se te pegan a las retinas. 

 

Después de regreso a Lisboa seguro podrá asistir a algún espectáculo de fado, de los auténticos, de esos a los que van a derramar sus saudades y melancolías algunos cantores desconocidos, en las discretas tabernas del barrio de Alfama y que no han dilapidado su autenticidad, a pesar de las avalanchas turísticas y los flashes de las cámaras fotográficas, y podrá seguir andando entre callecitas perdidas, pasadizos con flores, tranvías, un río tranquilo y janelas (ventanas) verdes.