jueves, 20 de agosto de 2015

Borges o la incapacidad para enfrentarnos a la eternidad





Reflexiones después de intentar introducir a mis alumnos de Literatura, del Instituto Sudamericano de Enseñanza de la Comunicación (ISEC), en Buenos Aires, en el mundo borgiano y la lectura de su cuento más emblemático: “El Aleph” (1945).

Por: Juan Carlos Rivera Quintana 
Ilustración: obra de Remedios Varó. Foto: Archivo de Prensa. 

Al cierre de uno de los cuentos más emotivos y polisémicos que he leído en toda mi vida, titulado: “La rosa de Paracelso” (1974), el escritor argentino Jorge Luis Borges apunta sobre su protagonista, un maestro de la alquimia y las magias medievales, que le rogaba a su Dios que le mandara un discípulo para recorrer a su lado el camino que conduce a la Piedra:
Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava (lo que había sido, antes, la flor roja, arrojada a la chimenea, del sótano) y dijo unas palabras en voz baja, casi un susurro. La rosa resurgió”.

Y entonces se me antoja que Jorge Luis Borges es como esa rosa que sigue resurgiendo de sus propias cenizas, al rezo de un conjuro mágico de algún profesor dispuesto a resucitarle y a descubrir con pasión y deslumbramiento antes sus alumnos el mundo borgiano. Y no exagero cuando digo - con tristeza y hasta cierta resignación - que Borges es uno de los creadores más incomprendidos y menos leído en Argentina, quizás como corroborando aquel viejo adagio que apunta que nadie es profeta en su tierra. 

Actualmente, incluirle en alguna currícula de Literatura latinoamericana en nuestro país es un verdadero desafío intelectual que se explica por la pereza que inunda muchos cerebros juveniles, acostumbrados perniciosamente a navegar en internet, a no pensar, a no interpretar y mucho menos a leer e interesarse por sus clásicos de la literatura. Resulta casi un contrasentido que el estudio de la obra de Jorge Luis Borges, que integra decenas de programas universitarios y estudios de postgrado de Europa y Norteamérica, en Argentina, haya perdido interés entre quienes debieran justipreciarle más que nadie por ser un típico producto nacional, un rara avis en el panorama de la literatura universal. Mucho se habla de él, pero muy pocos le han leído y conocen, incluso entre los intelectuales argentinos. E intentaré reflexionar en las causas de tal situación, cuando faltan pocos días – el 24 de agosto más exactamente – para celebrar la fecha de su nacimiento. 

Entonces, un 24 de agosto de 1899, en una típica casa porteña con patio y aljibe nacía Jorge Luis Borges, la aportación más original de la lengua española al concierto de la literatura mundial del siglo XX; entonces, venía al mundo uno de los más persistentes mitos literarios latinoamericanos, un niño genio que aprendió a leer y escribir muy rápido, que manejaba con soltura dos idiomas: el castellano y el inglés, una especie de sabelotodo que era el hazmerreir de sus compañeritos de colegio porque vestía como un niño rico, no le interesaba el fútbol y hablaba tartamudeando. Ello explica que su educación formal comenzara a los 9 años en una escuela pública porteña, donde no aprendería grandes cosas más que – como él mismo apuntó– algunas palabras en lunfardo y varias estrategias para pasar desapercibido y evitar el acoso escolar de los chicos más fuertes. 

Y es que Borges más que un literato fue un pensador que utilizó la literatura como vehículo para las profundas meditaciones y desentrañar sus obsesiones relacionadas con los orígenes del Universo en expansión; los misterios del tiempo, el azar, la eternidad y la finitud de la existencia humana. Para ello se valió de la poesía y ahí están dos libros arquetípicos si se quiere ilustrar sus méritos dentro de la composición del soneto: “La cifra” y “Los conjurados”. También utilizó la narrativa, más específicamente el cuento como vehículo de comunicación literaria, donde intenta captar verdades reveladas, ligadas al mundo sensible y a lo emocional. Como advirtió en una oportunidad: “La verdad no existe, y en verdad la realidad tampoco”. Y resulta parabólico que alguien que pasó la mayor parte de su existencia en una ceguera total (desde los 55 años perdió completamente la visión), se hacía leer y se veía obligado a dictar sus cuentos hable de la luz del conocimiento y del resurgir de la rosa.

Jorge Luis Borges utilizó su literatura fantástica para ayudarnos a olvidar las “patéticas miserabilidades del mundo real”, para escapar de una realidad nacional que – según sus ácidas apreciaciones – no eran ni civilizadamente próspera, ni de avanzada, ni occidental, ni cristiana, sino bárbara, pobre, atrasada, tercermundista y pagana.

Quizás – y especulo – el hecho de que su narrativa esté saturada de la memorización excesiva de datos, del acostumbrado juego de los espejos, de los deslumbramientos ante la belleza de las teorías científicas, de cierta zozobra ante la totalidad y la densidad del universo; de un interés desmedido por desentrañar algunas intrigas existenciales que a muchos hombres y mujeres comunes no les suele preocupar le ha distanciado de sus lectores; quizás su vasta cultura enciclopédica, su erudición críptica y casi demodé, repleta de vocablos barrocos y rebuscados, de fechas, nombres, historias de vida de personajes de mundos idos, fórmulas químicas y referencias a la física cuántica expliquen los porqués del rechazo bastante generalizado de los jóvenes por la obra literaria de Borges. 

“¡Aburrido!”, me gritaron mis alumnos cuando les hablé de mis intenciones de intentar desentrañar los maravillosos mundos del escritor argentino, ese al que le apasionaban los suburbios porteños y que prefería a San Telmo y Barracas, dos barrios paradigmáticos de Buenos Aires, como escenarios de su mitología urbana; ese que hizo de la guapería de los compadritos, en los conventillos porteños, argamasa de alguno de sus cuentos; que llevó una vida de austeridad en su despojado departamento, en la Calle Maipú; que hizo del Aleph - la primera letra hebrea, el símbolo matemático א (número álef), que indica la cardinalidad (o tamaño) de conjuntos infinitos - un objeto casi digno de culto en uno de sus cuento, un caleidoscopio de una verdad axiomática… la incapacidad del ser humano para enfrentarse a la eternidad.




No hay comentarios: