jueves, 5 de febrero de 2009

Aliño para los malos ojos





Obra del pintor cubano, Cundo Bermúdez.


“Lo difícil es crear cuando el contexto real desaparece
y se imponen las íntimas fronteras”.
Rasa Todosijevic.



Vuelvo a mi maderamen, a mi mascarón de proa sureño
e intento recomponer mis propias sensaciones,
tiro los frascos vacíos del after shave, del pasado verano/
que se amontonan en el botiquín de mi baño,
donde el espejo yace cubierto por una tela blanca para evitar forcejeos
con el adolescente que fui de pelo enrulado y bigote rojo/
excreto – acuclillado - mis propias vahos en el sanitario
e intento un culto vudú que me devuelva sin rompimientos
ni límites a mi primigenia tribu/ .
pero ahora sólo encuentro pájaros de mal agüero y vaticinios foráneos/
macumbas que regurgitan en las márgenes
e intentan meterse dentro/
mezclo mis hojas de papel con agua, las macero y las pongo al sol
con canela de Ceilán comprada en ciertas ruinas peruanas
pues preciso de cuartillas re-blancas, re-puras, re-indoloras
morir vivo ante cada idea, ante cada golpe de teclado, re-crear
viejos párrafos enlutados del almanaque, volverlos a sentir lacerantes,
en fuga hacia el interior de alguna vieja maleta que ya no uso
en la que se carcomen y gangrenan los álbumes fotográficos
(que ya no veo).

No son estaciones de entibiados parlamentos,
de palabras fútiles y pútridas, de oquedades políticas
de bajo perfil enfundadas en discursos obsoletos y sesentistas
prefiero escuchar a Edith Piaf macerar “La vie en Rose”
amargado karaoke para las tardes de burdel de su infancia,
lejos del circo donde creció.

En una esquina del aposento, tras mi espalda
una decena de arañas tejen baquianamente su red para
evitar aludes pretéritos y lastimaduras de antaño/
yo no quiero re-vivir añejas utopías sólo difuminarlas
en mi cristalizada masa neurodegenerativa por el Alzheimer/
padezco, siento todavía la luz sin artificio que se cuela
por un hueco casi cinematográfico del cristal de la ventana
donde alguien miró sin sobresaltos algunas
celebraciones profanas.

Acullá, los monjes suben el campanario
lanzan su quejido matinal que rebota contra la vereda
y la impasible bóveda del techo/
hilvanan sus cánticos y rezos, antes de tener otra orgía
pendular en las celdas de enclaustramiento,
donde dicen rezar a Dios, sólo que lo hacen largas veces
al día y las ojeras los delatan/ hipan, se tocan,
beben y gozan sin impudor/
desde mi almohada puedo sentirlos aparearse de placer,
ensalivarse los ojos y no pronunciar ni una sola sílaba
pues tienen prohibido hablarse/
quizás para no sentir los inmemoriales rencores mundanos.

Luego, en la noche van al río color león y lavan sus partes pudendas
y allí paz y en el cielo gloria.

Por dónde andaría yo cuando el comete Halley surcó la tierra y
dejó su traza imprecisa de suicidios en caída libre
qué frontera cruzaba, qué Paso de los Libres recorría
cuando colapsaban las bolsas del mundo y se licuaban los pasivos
del Banco Lehman Brothers,
hacia qué lugar volaba cuando alguien que quiero cerró sus ojos.

Al parecer, nada se puede ya contra los malos ojos.

15-10- 2008. Viejo poema
Día de fútbol entre Argentina y Chile.

lunes, 2 de febrero de 2009

Almanaque con fotografía en sepia de La Habana



Obra del artista cubano, Cundo Bermúdez.



“¡El miedo se engañó! Fue el miedo. El miedo
y la vigilia del amor sin lámpara”.

“El miedo”, de Dulce María Loynaz


“(...)la boca se nos llenó de tierra/
como a los muertos” y el almanaque en sepia
de la pared del cuartucho/
fue árido escondrijo para degustar aquellos paraísos
engañados, donde un perro hambriento aspiraba el aire del mar,
su única riqueza cuando el sol abrasaba evaporándole los sesos
y entumeciéndole la lengua, dejándolo mudo para siempre./
Era como una instantánea, un click de obturador
de fotógrafo de circo
que guillotinaba esa décima de segundo estentórea
que la retina no podría almacenar para siempre/
líquido opalino-amarillento-semejante a orine-a aguardiente extra brut
procedente de algún cañaveral pinareño de guajira alcurnia
o de algún mural de aeropuerto descartable,
en el que nunca se reparaba
y donde sólo interesaban los documentos y permisos de salida.
Entonces el agua, que caía en el patio, proveniente del aljibe
era el consuelo/ dulce como la melaza se oxidaba la tarde
entre el gozne del portón de ocuje centenario y sobre
una maltrecha mesa los naipes se amontonaban
guarecidos en las nigromancias de las sombras/
como proyectadas celadas/
marcados, ultrajados, manchados de aceite y esperma,
estaban allí para dar cuentas y pesares (o no)/
para servir de memoria, de mozo de estación
en paraje vulgar sin gentes,
quizás con el ánimo de evocar deleites pasados/
como manchas de humedad en la pared
del último aposento (parafraseando a la “Poeta de las Piedras”).
Parecían emerger entre el amasijo de mariposas y el único geranio/
cerca de la Santa Rita y las cigarras cantoras
pero sólo apuntalaban la glorieta para desenterrar a los espíritus
para inundar la tarde con cierto olor a difuntos en franca salida.
Sólo la puerta cancel del patio se mantenía viva
dejando escuchar su desafinado villancico de pasado siglo.
Afuera, los claxon vocingleros le jugaban
una mala cita a las remembranzas/
lenguaraces parecían malograrse en la neblina matinal
como espectros cansinos que no van a islote alguno.
Por la ventana, un jardín-selva cercaba ese proscenio
dándole un toque de bolero de ocasión para almas
enclaustradas, exentas del mundanal ruido
y la chusma chancleteaba y gozaba.
Adentro, una pequeña vela encendida sin sobresaltos,
jugaba con aire lóbrego a desviar destinos
imprimiéndole cierto toque contemplativo a la escena/
al retablo de aquel conventillo de escalera pútrida,
que lloraba ociosamente cuando los mortales no osaban pasar
para pintarrajear en las paredes sus mensajes de socorro.

Juan Carlos Rivera Quintana

Buenos Aires, 23 octubre 2008.

viernes, 30 de enero de 2009

Levedad



"La otra isla", obra de Cundo Bermudez.


“Cuando llegue el momento,/
aunque sea tarde y te apresuren (...)
trata de dejarlo para siempre/
en el rincón más limpio de la casa”

El Emigrante, de Reinaldo García Ramos..


Deseábamos construir en esa ciudad nuestra Babel,
una torre de pulmones, energías y tendones
sin huesos ni talones para maquillar la cotidianidad/
que recordara austeras
civilizaciones, cofradías que lo dieron todo sin pedir nada
y hasta calentaron la tierra para
engendrar la piadosa cosecha/
el tiempo del mayo festivo para contagiar los ritos
de cánticos verosímiles.

Entonces subíamos a buscar el tren
que cruzaba como fantasma agónico tras
nuestras espaldas y sobrevolaba ígneo por
dentro de las estancias, cuando la caña comenzaba a
madurar y sólo era permitido oler su dulce acidez/
aquella baranda de melaza que envolvía las sábanas
y las almohadas cuando las puertas cerraban y
daban paso a las más plurales ceremonias de los amantes/
acaloradas celebraciones de una utopía que nos devolvía
obscenos hasta la vergüenza.

Queríamos regresar (¿quién no lo desea?)/
aunque más no fuera unos segundos
a aquel césped recién castrado en el patio escolar, a la hora
del recreo,
cuando el ciprés azul mecía sus hélices y manoteaba
entonando sus vítores de guerra
detrás de las postigos que las conserjes clausuraban
por temor a una estampida masiva
de cerebros pulverizados por tanto teorema y dogma
recitado impunemente, chapuceramente como expiación
de perro ciego.

Y era aquel pedazo de isla el precipicio de nuestros cielos/
aquella cartografía que se acodaba a los límites
que reventaba el mar como bastión, con la parsimonia
de quien aniquilaba olvidos y diseñaba estratagemas perdidas
para cuando estuviera ausente
o acaso la primigenia ilusión remachada hasta la credulidad
con clavos comatosos en los libros y periódicos oficiales/
palabras peces/ palabras poses/
palabras clanes/ imperfectas palabras
que sirvieran de escarmiento y mordaza
para el desprecio o la veneración.

Nos decían que más allá estaba el borde... la nada/
las expiaciones perennes alrededor del fuego para los Ícaros
y que perderíamos para siempre el laberinto de Creta
exacerbaban los desazones, nuestras propias desconfianzas
sin pensar que cierto día el alambre partiría y todo caería por
su propio peso.

Ahora, que muchas botellas naufragan y tuercen derroteros
en orillas lejanas, cuando los tsunamis doblan rumbos
sin premeditación, pero con alevosía/
muestro mis alas chamuscadas, convulsivas, excoriadas,
como trofeos de vetustas confrontaciones
explorando otras plazas ya sin tantas alucinaciones ni fábulas,
magros ejercicios de transmutación que me arrastran
a otros confines ficcionales,
aunque más no precise de otro tironeo de mano,
de un zarpazo de ahogado/ quizás de otra gabarra
o acaso (con menos pretensiones)
de un jirón de piel para mantenerme a flote.


Buenos Aires, 29 octubre de 2008.

Ceguera apodada Patria




Obra del pintor y grabador cubano, Agustín Bejarano.


”Yo no soy yo/.Soy este (…)/el que calla sereno
cuando hablo/el que perdona, dulce, cuando odio,
el que pasea por donde no estoy,
el que quedará en pie cuando yo muera”.

“Ese”, de Juan Ramón Jiménez



Todavía se hunden mis manos en aquel revoltijo de tierra
(con sequedad de vendavales y abanicos sieterrayos)
apodado Patria/
apenas recorren gota a gota cada frontera, allí donde el
aneurisma azul
fue degenerando hasta transmutarse en río Quibú/
rancio miasma plagado del destierro de las malaventuras/
costurerito sepia con tufo de animosidades baratas,
donde apiñar los antagonismos de este mundo
país buzón, cuna telúrica, país simulación, cuna demarcación.
Todo ha comenzado a descomponerse dentro de mí
como aquella calesita pobre de la infancia
donde los caballos habían extraviado la mirada
pues entonces ya había muerto el tiempo
de las lisonjas y las vanidades/
y un caballo de yeso era tan sólo eso, una bestia inerte
que daba vueltas cansinas sobre una plataforma sin magia.
Era tan sólo una tendencia al boicot- vocación-infantil
para el instante de las pañoletas y los juegos
y yo me sentía histerectomizado, rebanado a cuchillo
expulsado del paraíso
y sin derecho a réplica. Ese sí era yo. Pero me hicieron
creer día a día/minuto a minuto que los infieles
(deberíamos arder en la pira)
con un vago olor a apetencias chamuscadas
que el ventarrón no alcanzaba a lanzar fuera de
sus límites por temor a una estampida infinita.
Venía de robármelo todo (o mejor, de pedirlo prestado):
la hamaca del kindergarten que daba rienda suelta
a mis deseos de ser ave para no retornar nunca más
a cierto punto del horizonte que llamaron utopía
(u hombre nuevo guevarista)/
e intentaba olvidar aquella caja de cinco colores de pasta
(mi bandera nacional sòlo tenìa tres, entonces alcanzaba)
que desataba mis ínfulas de pintor de concursos,
cuando realmente lo que quería era afear la realidad
difuminarla tras una niebla color relámpago
que lo arrancara todo de raíz sin posibilidad de retoño.
Después era sólo mi ceguera en el agua de esos ojos,
que fugitivos y oscuros iban camino a ningún punto
antes que comenzara a anochecer.

viernes, 26 de diciembre de 2008

Cómplices palabras



Obra del artista cubano, García Peña.










”No creo en las palabras (...) las he visto

afirmar/ negar/ mentir/

al pie de los altares y patíbulos”.

Armando de Armas, “Sobre la brevedad de la ceniza”.



Las palabras se incrustan mutiladas contra mis cristales

se parapetan en mi placard y gimotean tras mis pasos,

heridas/ dolidas/ dañadas/ prostituidas/ cansadas

se desangran bajo la escalera,

se tropiezan unas contra otras al borde del abismo,

se tocan impúdicamente sin pensar en sus géneros y concordancias/

en sus tildes y acentuaciones, en si son diptongos o triptongos/ llanas o agudas,

sin recato hacen el amor/ desfachatadas/ procaces/ sin pensar en el qué dirán/

sólo en el goce momentáneo/ en la cabalgata cansina

de la vigilia, en la agonía del naufragio,

en los estertores de un faro sin olor a mar.

Poco a poco se travisten, se camuflan como voces cómplices aquí en esta noche

sobre mi mesa de luz,

tras los ojos y los rictus de las máscaras que cuelgan en mi sala.

Se escabullen dentro de la almohada y no me dejan respirar, me cortan el aliento,

pues temen descomponerse, infectarse, destriparse, engullirse, perecer en el intento/

su egoísta espíritu de trascendencia las malogra (¡y las salva!), las entierra bajo el lodo

de un monótono cementerio en La Tablada,

las enferma de miedo y lo que es peor... les nubla el entendimiento, la razón.

Mis palabras confunden fronteras, geografías, nortes y sures

galopan histriónicas por el mundo, con caras de mosquitas muertas

o malsanos rubores egocéntricos,

arder en la pira son (es) su sino, cenizas sus afanes/

mojarse hasta los huesos su tarea/

son como las ausencias de una Habana extramuros.

que ya me resulta extranjeramente ocre.

Mis palabras se mueren de tedio, gritan, insultan sin sentido/


se matan de risa con afilada boca

diseñan su orgía, su festín de vida o muerte....Cortadas a la medida

se lanzan tras su presa/

desvarían por un elogio que les levante el ánimo/ por un secreto que decir/

juntas trazan estrategias de ataques y lisonjas: antípodas de un plan mayor

para el momento oportuno/ para la hora de la puñalada por la espalda.

Mis palabras buscan una camisa de fuerza, algún psicofármacos para sedar,

ciertas botellas de vino para seducir, se quitan su polvo y su carcoma

y lo hacen con profesionalidad, con sutilezas universitarias,

con estudiada altanería de diccionario enciclopédico español.

En definitiva, son ellas – todas- un amasijo de hierros mohosos,

un brebaje hecho ex profeso para colegialas y malevos,

charcas putrefactas donde se hospedan larvas de mosquitos,

perfumes de free shop de algún viejo aeropuerto sin controlador aéreo.

Peregrinas, sin concilio, traman su partida y su llegada

diseñan su reducto/ buscan su buhardilla, su letargo, su vigilia.

Por eso, cuando cierro la boca me atraganto, vomito, me mareo

sube mi presión arterial/ una rara sensación de acidez

se hospeda bajo mi lengua y sale fétidamente hacia fuera.

Por eso es que soy también de los que nunca ha creído en ellas,

las colecciono en frascos asépticos para los días de exámenes de sangre

y análisis de orina

e intento, de vez en cuando - y por desquite - empujarlas

por el tragante del baño,

a donde van a parar todos los miasmas pútridos del día.




Buenos Aires, ya sin palabras, 9-03-2007

lunes, 22 de diciembre de 2008




Felicitación de Navidad y Año Nuevo

jueves, 11 de diciembre de 2008

Carlos Tessarolo: “Uno se pinta a sí mismo”



Obra "Autorretrato", del artista argentino, Carlos Tessarolo.



Confesiones de un reconocido artista argentino que dibuja la parte primitiva, salvaje, auténtica del ser humano y ello le sirve de exorcismos contra los sinsabores de la cotidianidad.

Por: Lic. Juan Carlos Rivera Quintana

Un viejo proverbio español dice: “en casa del herrero, cuchillo de palo”. Esta máxima popular se hace añicos en el caso del artista plástico argentino, Carlos Tessarolo (Buenos Aires, 1949). Su padre, una figura determinante en su formación, fue el reconocido pintor veneciano, Héctor Tessarolo (1910-2004), radicado en Argentina, en 1927, donde trabajó con artistas de la talla de Miguel Diomede, Antonio Chiavetti y Mariano Pérsico, entre otros. Ello explica que Carlos creciera rodeado de temperas y pinceles, en los talleres de los más famosos artistas plásticos de toda una época; también que fuera modelo de pintores, como Antonio Berni, Policastro y más adelante hasta posara para Pérez Celis.

En el atelier de su padre y en el ambiente de la bohemia cultural argentina, Carlos emprendió su formación pictórica. Posteriormente, trabajó junto al excelente pintor, Enrique Policastro (1898-1971), considerado el “más americano de nuestros creadores” y completó su preparación en el taller de Demetrio Urruchúa (1902-1978), uno de los grandes maestros del realismo argentino. Ahora, conversamos con Carlos Tessarolo, en la intimidad de su taller, ubicado en Flores, donde prepara una muestra de 40 pinturas para la reconocida Galería “Habitante”, de Panamá, que serán exhibidas en septiembre, del próximo año.

- ¿Qué importancia tiene el inconsciente en tu obra, donde hay una mirada dentro del interior del ser, sobre todo en esta última etapa. ¿Por qué te interesa ese rincòn humano?

“Realmente, la historia del arte es buscarse y encontrarse uno mismo, siempre se lo digo a mis alumnos. En la medida en que uno se mete cada vez más dentro de uno, hace una especie de buceo dentro del ser interior se va encontrando cada vez más a sí mismo. Porque no solamente la cuestión en el caso mío es poder pintar bien, algo tan subjetivo y abstracto, a veces, sino también es poder tener un estilo propio, en el cual el observador cuando encuentre una obra tuya diga: “esa es de Tessarolo”. Y eso hace a más del 50 por ciento de la obra. No sólo pintar bien hace al artista o sea lo formal, el uso de los colores, los ángulos, la composición, el oficio; al pintor lo hace un montón de otras cosas que tienen que ver con lo que dice, con la parte filosófica de su propuesta artística, con sus temas, con el manejo social de su obra, con su personalidad. Todo eso conforma una obra y no sólo pintar bien, que se logra con tiempo, con experiencia, con oficio. Lo que no se consigue es el talento, el don de ser un artista, pienso que con eso se nace”.

-¿Tu piensas que el artista precisa de una cuota de talento y que esta es innata, se trae ya y sólo hay que educarla y perfilarla?

“Si yo creo que sí, el artista trabaja pero tiene siempre consigo una cuota de talento, en cuanto a su trayectoria. El pintor con esfuerzo, disciplina, constancia puede llegar a hacer un buen trabajo. Yo pongo a un alumno a pintar uno o dos años y le educo la mirada, le enseño reglas de composición, de color, le muestro cómo ligar colores, dar sombras y llega a pintar bien. Ahora de ahí a que llegue a ser un artista verdadero es otra cosa. Para ello se precisa tener un código personal destacado, un manejo propio del lenguaje, de algunos recursos que es lo que hace que un artista plástico sea diferente a otro, que tenga un estilo, una paleta personal, que sea original, incluso en el tratamiento de los mismos temas”.

-Tus trabajos se caracterizan por la explosión del color, por una paleta que parece más caribeña que sudamericana, hay incluso una preocupación por temas más universales, centrados en relaciones humanas, afectos y la comunicación interpersonal. ¿Qué reflexión tienes sobre el asunto?

“Es así, he ido abriendo puertas al exterior a mi obra, el estar exponiendo en la Galería ‘Italarte’, en Roma, en la actualidad, y ahora con las nuevas propuestas en Costa Rica y Panamá, donde tengo una marchad interesada en mis trabajos, me ha hecho trabajar mucho y esforzarme en la búsqueda de tonos y colores más brillantes y vibrantes. El cambio es muy visible. Si ves esta obra con esta cara enseguida piensas que su autor es un artista más centroamericano. Si mis obras anteriores eran un poco más oscuras y hasta más dramáticas, ahora se coló la luz y todo lo inundó.
“En cuanto a los temas y el trabajo con el inconsciente, a mí me interesa mucho del individuo su parte primitiva, ancestral, su costado salvaje, que considero es la parte más auténtica y sincera, más original. Yo respeto todo el costado educativo e intelectual del individuo, pero me interesa su lado más autóctono, verdadero, donde no simula, sino se muestra tal cual es, donde es espontáneo y más fresco”.

-En tus últimos trabajos, por ejemplo, en la muestra realizada en el Museo Quinquela Martín, en La Boca, a principios del 2008, se aprecia un quehacer que más bien parece un ejercicio de exorcismo, de sacarse los demonios del cuerpo. Tus personajes parecen extraídos de una galería de demonios, de bestias, son cuadros muy impactantes visualmente, incluso hasta por las expresiones de tus personajes. ¿Qué pasa cuando estás sentado delante de un lienzo en blanco?

“El otro día estaba conversando con un crítico de arte, en Bariloche, y él me decía que hay muy pocos artistas argentinos que pueden conjugar el dibujo y la pintura como yo lo hago, yo amo el dibujo también. Casi por regla, el pintor no trabaja el dibujo y el dibujante no incursiona en el óleo, pues se siente incómodo en ese formato, le falta oficio, arsenal. Yo me siento a gusto con el dibujo y también con la pintura; una cosa no molesta a la otra. Paso de un dibujo a una pintura con soltura, utilizo, incluso, códigos de uno y otro lenguaje, los mezclo. Lo que pasa también que yo pinto como dibujo y dibujo como pinto, no separo los dos oficios. Por otra parte, uno se dibuja a sí mismo, se pinta a sí mismo. Por eso a mi me cuesta tanto aceptar la palabra creación en el arte, creo que el arte es una interpretación de las cosas. Somos intérpretes de toda una realidad que nos rodea; cuando Picasso toma una manzana y hace una deconstrucción de ella, en realidad lo que está haciendo, de manera abstracta o geométrica, es interpretándola”.

-Y el humor, el jolgorio en tus obras, ¿cómo se refleja?

“Soy ese personaje sarcástico y alegre, yo hablo de mí en realidad. Cuando el artista trabaja con honestidad, cuando no miente, lo único que está haciendo es contando cosas de sí mismo. Por ello soy ese: el onírico, el dramático, pero también el que se ríe de sí mismo, es mi forma de ser. Voy por la vida sin preparar nada, sin construir una falsa imagen, sin dobleces, soy espontáneo, tal cual me comporto, ando desprevenido para no perder la necesaria capacidad de asombro”.
-Cuando se habla de tu quehacer, los críticos suelen apuntar que estás siempre fuera de los circuitos de moda, fuera de las tendencias ¿Te lo propones de esa manera?
“Tomo la pintura tal cual como voy por la vida. Pero, aparte, los ismos, las escuelas y las modas me aburren. Llegan momentos en el trabajo, etapas en las que siento agotado los recursos y que no tengo más que decir y paso a otras búsquedas para no aburrirme. Cuando logro algo que empiezo a repetir y siento que estoy cómodo, es que ha llegado la hora de cambiar, pues esa etapa está agotada porque todo ya me sale con facilidad y pierdo el interés de la conquista, del misterio ante el lienzo. El cuadro me tiene que proponer una batalla, una pelea. Actualmente, estoy intentando cambiar y salir a otros rumbos, estoy peleando mucho, soy como un gladiador escorpiano, no paro hasta no conseguir lo que busco, me enojo, tiro el pincel, destruyo mucho y vuelvo a construir. De ese construir y destruir va saliendo la imagen nueva.

-La figura paterna ha sido muy dominante en tu formación, a pesar de que trabajaste con artistas como Policastro y Urruchúa. Me interesa saber cuánto, a nivel plástico, te dio tu padre y cuánto te quitó también.

“Las relaciones de los hijos varones con los padres suelen ser muy difíciles. En lo personal la mía fue dura, mi padre era italiano, veneciano por demás, conocido por su trabajo plástico, entonces la lucha por salir a buscar mi propio espacio fue complicada. Picasso dice metafóricamente en su autobiografía que en un momento de la vida hay que matar al padre para poder crecer, más que su padre también era un pintor reconocido. Para colmo yo tuve un padre muy anarquista, muy libre, pero muy dominante, un personaje muy fuerte que llegó sólo a la Argentina, con 14 años y tuvo que luchar mucho para abrirse caminos. Ese personaje que se hizo con una historia tan dura fue el padre que me tocó: un gustador de la ópera, un artista excelente, un bohemio pero con un temperamento fuertísimo.

“Lo primero que hice, cuando empecé a querer dedicarme a la pintura, en momentos en que muchos de sus amigos me decían que me pusiera otro apellido, fue luchar fuertemente para que mi nombre y mi apellido se abrieran un espacio con una imagen muy propia, en nada parecida a la de mi progenitor. Yo podía haber pintado con los elementos, las herramientas y mañas profesionales de mi padre, pero decidí buscar mi propio rumbo. Cuando mi papá me decía: “Carlitos tenés que buscar los espacios cálidos y no tan plenos, elaborar más la pintura”, yo hacía totalmente lo contrario, era más anarquista que él. Eso logró liberarme y darme un lenguaje propio, mi imagen, y sin cambiarme el apellido.

“Los sábados eran festivos, en la casa de mis padres; vivíamos en Flores, mi mamá se la pasaba cocinando y allí se juntaban pintores, cantantes líricos porque a mi padre le gustaba mucho esa música, como veneciano al fin, los poetas y los músicos. Yo estaba en ese mundo y mi padre me daba libertad para transitar por el taller y hacer lo que quería. Y él no me obligó a elegir el camino, lo hice yo mismo y amo entrañablemente la pintura. Si no le ponés pasión a esto sos uno más. Mi otro maestro, Urruchúa me dijo: “en la vida se puede volar de dos maneras: como una gallina o un águila”. Entonces hay que intentar volar como un águila, porque las gallinas tienen vuelo corto, con menos proyección. Después, uno en la vida logra lo que puede, pero la intención tiene que ser volar como las águilas”.

Carlos expone:

*Desde su primera muestra, a los 11 años, en 1960, lleva realizadas más de 150 exposiciones colectivas e individuales en Argentina (Galería de Santi, Animarte, Palais de Glace, Pegasus, Expotrastienda); Bélgica (Museo de Arte Moderno, Argentijnse Kunst van, Salas Nacionales Palais de Glace, Proarte FIAL ’94 y ATAB Art Galery); en Dakkar (Artistas Argentinos por el Mundo); Estados Unidos; Canadá; España, Italia (Galería Italarte); Costa Rica y Panamá (Galería Habitante), entre otras naciones.