Juan Carlos Rivera Quintana nació en una isla - en Cuba - y un buen día decidió salir de ella a mirar el mundo y buscar otros aires. Él quería alcanzar otros horizontes más personales e intelectuales y decidió construir su propia casa - su islaenpeso - y desde ahí presentar sus inquietudes periodísticas y literarias, sus crónicas de viajes, obsesiones y nostalgias. Acá, en esta geografía, sin mar cercano que lo aleje, se siente totalmente libre.
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martes, 22 de noviembre de 2011
Poema de mi autoría leído en Radio Española
Poema "Espasmódico baile, bautizado mar", de Juan Carlos Rivera Quintana, leído en la radio española FM Onda Latina, hace algunos meses.
viernes, 7 de octubre de 2011
Miedos
Obra pictórica del artista cubano Humberto Castro.
“Pasan los días
como el olor a Octubre en la ventana
pero el corazón de la hoja queda intacto
como una piedra en los ojos del ausente”.
Piedra o columna, de Israel Domínguez Pérez.
He visto tu cara entumecida por los rayos del sol bajo muchos cielos,
que irrumpían desde la escotilla del avión,
pero entonces ese rostro de héroe sin preguntas y las palabras
escondidas en el equipaje de mano oreaban la brisa/
indiferentes a todas las turbulencias y las probabilidades de desastre.
He levantado mis dos alas… siempre lo hago…
para tocar esas brasas que te dan ardores,
Y sólo he podido manosear los escombros que definen
las fronteras/ el linde innecesario / el fuego que todo lo chamusca
aquel enfermizo aplomo-impiedad que tiñe tu agenda viajera,
Y poco se puede inventar… más que prolongar el periplo
Para que al fin todo caiga por su propia gravidez telúrica.
He sentido un cáustico vacío derramándose tras tus puertas
Al intentar abrir de par en par algunas ventanas tapiadas
Que daban a aquella arboleda-pulmón-de-oxígeno
Donde antaño recostábamos las cabezas,
imaginando largos derroteros; difusas y sinuosas trayectorias
que terminaron en línea suspendidas…en nidos inaccesibles
en oquedades por donde ya nadie irrumpe,
Pero ahora sólo quedan pálidos despojos de guerra,
Ticket de trenes de ambiguos itinerarios,
Aburridos cuartos de hotel para recostar el cuerpo manso,
amuletos escondidos en el patio de algún claustro,
medallas tardías que nunca serán exhibidas
y terminarán perdiendo el brillo cuando el rocío agridulce caiga
Irremediablemente sobre nuestras sienes canas.
Traspapelado como algún abúlico poema engavetado y amargo
cuando ya no queda otro remedio que marcharse,
he visto agonizar varios orgasmos, echados por el fregadero de la cocina,
entonces – era muy joven - casi desconocía el tedio,
la necesidad de huída y las maletas seguían debajo de la cama
como torpe vaticinio para seguir aguardando otra escapatoria
que nunca se produciría/
por temor a otro viaje mutilador… a otro éxodo iniciático
sin tiempos ya para finales beatíficos.
He visto bajo muchos cielos plomizos tu cara de ausencias
cuando mi cuerpo ha intentado tocar una pista escarchada y desconocida
y sólo siente preocupación por el tren de aterrizaje y la óptima visibilidad.
¡Oh, Díos mío, que no redoblen las palabras – como campanas - antes de cruzar los cielos porque todavía no sé si preciso una ceremonia salvaje
para ciertos miedos que me desconciertan siempre!
7- octubre-2011
Buenos Aires, con lluvia pertinaz.
miércoles, 24 de agosto de 2011
Y si el caos llega
Obra de la artista cubana Liliam Cuenca
“Antes de todos los seres estaba el Caos, luego la Tierra de ancho seno”. (Hesíodo).
Si salimos vivos de esta recogeremos el polvo lunar de nuestros muertos
Y lo esparciremos por la tierra para que germinen las semillas benignas
Y todos tengamos proyectos, pan y compañía for ever
(palabras que por apacibles se van eclipsando en la desventura).
Si emergemos indemnes todavía nos volveremos a mirar sin penitencia...
Entonces quizás nos sentemos en el patio a restaurar lo que
Pudimos fundar y dejamos al libre albedrío de una tensa calma,
Si tan sólo por una millonésima de segundo el vaticinio se cumpliera
Y terminásemos convertidos en radiación dispersa fuera de la órbita terrestre
Quizás con antelación nos de tiempo a rezar - inevitablemente de rodillas -
pidiendo condescendencia por nuestras faltas inconfesables, sin excesos de arrepentimientos y podamos prender una incorpórea vela para alumbrar
como un gran faro todo el Universo.
Te repito – por última vez - que si salimos con energías y el ácido cianhídrico
no nos nubla la mirada, jamás volveremos a no escuchar al otro/a.
No envidiaremos la felicidad de los amigos y ninguna otra vez
atormentaré mis oidos con cierta música triste que me recuerda
la isla solitaria que enterré en el mar. Si el Caos - por un momento- volviera a desconcertar nuestras existencias y se alineara jadeando inclemente como un animal salvaje sobre nuestras cabezas te confieso que no me inmutaría ni por un segundo... dejaría que el impacto del choque me arrastrara hacia la Nada y sólo pensaría en mi hijo que vivió menos que yo cuando merecía más tiempo para perder toda esperanza. Pero – si como vaticinan – el cometa Elenin virara su cola hacia nosotros en su heliocéntrica caída y nos llenara de légamo, rocas y marasmo desde el hemisferio norte, únicamente atinaría a olvidar que es octubre y que tu y yo hemos vivido una aproximación mucho mayor que los 0,23 Unidades Astronómicas con que tardíamente esa torpe bola de fuego rozará la Tierra.
Buenos Aires, 24 de agosto 2011,
descontando los días en que los científicos prevén
que el cometa Elenin se estrelle contra la órbita terrestre.
viernes, 17 de junio de 2011
Imperfectamente la nada

Obra del artista cubano Juan Guillermo Garcés Sigas
“(…) el ojo lascivo/
socavando la pesada mugre del tiempo/ enamorando”.
El David, de Francisco Morán.
Ni siquiera fantasear que existe algún deseo/
una metáfora perdida en cierta esquina opaca.
Ni siquiera imaginar que haya arrojado su cuerpo
en el camino, despojado sus ropas, saciado su sed/
en el vino ácido de un cántaro roto,
donde atan sus tristezas los bienaventurados de este mundo,
(los peregrinos).
Yo conocí a cierto señor con embarcaciones de poco lastre/
las bendecía con los reflejos proveniente de algún faro fantasma
en la medianía ignota de una isla con mala prensa/
las lanzaba al mar con la furia de Odiseo,
sin pensar en algún puerto seguro
sólo en un derrotero ilusorio fuera de sus costas,
en una escapada a tiempo.
Somos imperfectamente la nada/
esa luz irreflexiva que lo cobija todo
sin pensar en los animales cabizbajos que van al matadero.
Somos imperfectamente la vigilia/
las escaramuzas y equívocos de algún pescador
que se pierde en la inmensidad que lo eterniza.
Somos la nada imperfecta/
un grano de arroz tendido al pie de un plato de lentejas rancias
que nadie come/
peces claros que saltan dentro de la tarralla y el morral
para terminar sin cabeza, puestos en orden de prioridad
en alguna sartén dorada con poco aceite.
Somos imperfectamente el deseo
el impasible ocio que atraviesa la ventana
para dar luz a un velador estéril,
donde alguien lee este tonto poema
imaginando marineros y putas que invitan a beber
sin aliento en ciertas tabernas con puerto oscuro de fondo.
Siempre el instante imperfecto del encuentro/
eternizará el incurable hedor a tregua en alguna cama al amanecer.
17 junio de 2011.
Buenos Aires, día húmedo si los hay.
Catalejo con sabor a sed en mar inclemente

Obra del artista cubano Juan Guillermo Garcés Sigas.
“ Y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar, al país donde los sabios se retiran del agravio de buscar labios que sacan de quicio”.
Peces de ciudad, de Joaquín Sabina.
Alguien sigue intentando unir en nosotros sus retazos,
sus jirones de eternidad chamuscados por un fuego que no cesa, que busca
el paisaje perdido dentro de un catalejo que cierto niño lúdico
mira con la curiosidad de querer retener en tierra de nadie.
¿Quién se acuclilla dentro de mí? ¿Hasta dónde emigra conmigo?
¿Quién se recuesta sobre sus victorias peregrinas en la pared de brumas
de mis lóbregos huesos y tras los párpados doloridos?
¿Quién esconde su mirada de rehén en noche desconocida
por senderos de zarzas? ¿Hasta dónde quiere llegar?
¿Quién escribe sus secretos desprendidos como una bocanada
extranjera e intenta vanamente dejar sus sedimentos de velero fantasma
en noche de mar con promesa de muerte?
¿Por qué profundiza tanto si sólo le quedan restos...
cascajos, ilusorias memorias?
Desde adentro de mis carnes se apuntalan espejos y señales
que ya ni intento transcribir... poco importa, me he pasado la vida
descodificando los discursos vanos de los otros/
buscando islas naufragas para el retiro forzoso,
como un noticiero después de la batalla,
como salir al encuentro de alguien que no llega...
cual noche cortada con empalmes de siglos
(en mala versión insomne).
Todo cuece y calcina dentro mío, se evapora y sube, se difumina
entre nombres secretos y catedrales que nunca pisaré.
Las aguas crecen, se desparraman, revientan de gozo
y yo sigo sin entender nada, sin querer interpretar
las vetustas orgías como olas/ los largos bostezos como olas
las raras alucinaciones como olas/ los pétreos islotes como olas.
Allá detrás, sobre las planicies y colinas se escabulle
(un espectáculo de inmolaciones y cenizas volcánicas)
que deja a la intemperie maleficios y cegueras
alucinaciones eternas/ eternos escombros
perdurables lutos/ perennes precipicios/ sempiternos centelleos
como duros pedazos que nadie podrá volver a unificar
(eternamente).
Una escalera insondable extravía sus rutas y repliega
sus sombras hasta la última morada,
aquel gran portón que no quiero abrir por temor al juicio final.
Estoy predestinado para traspasar la niebla
aunque siga tropezando con el pedrusco de siempre
aunque pierda los dientes y la piel en la caída
y tan sólo me queden vientos y manos desertoras/ mutiladas reliquias,
retazos de eternidad en fechas de mordazas y miopías.
martes, 15 de marzo de 2011
Espasmódico baile, bautizado mar

Obra del artista cubano Humberto Castro.
“Pero soy esto, la mala roca que busca
erupcionar en las entrañas del poema,
parir su libertad, sin nombres,
como un islote escondido entre las olas”.
Abel González Facundo, “La isla de Virgilio”.
La masa de agua fosca y verde me devolvió su resaca
cierta rabia de naufragio justo en medio de la nada,
(recordando mi inseguridad de incauto vagabundo)
como un buque fantasma que junta cadáveres
y luego los devuelve a la orilla
para que sean enterrados en el limo tibio.
El mar se fue amontonando en mi espalda, en mi espinazo
cansado y entre las yagas del letargo, por tanta ceguera
amputada a hachazos, a punta de cuchillo/ por tanto camino salobre
y espasmódico entre tablas salvavidas que desaparecen tragadas
por esa porción de líquido al que todos vuelven en rito/
para agradecer al silencio que les da fuerzas para seguir
o perderse entre la multitud portuaria donde nadie repara en nadie.
En definitiva, ese es el sino de los que rompen sus naves,
partir para retornar a un ancladero equivocado.
Yo también heredé una gabarra, un pedazo de barcaza
para cambiar el cuadrante difuminado a fuego, pero nunca reparé
en la isla adónde nacía, ni de la inexistencia de un camino de ripio para la estampida donde esconder mis infortunios que bucean algún antídoto
justo cuando cae la tarde (y todo se inmoviliza).
Entonces salgo a la proa y siento la caricia salobre y obstinada
esa música atávica del ir y venir que todo lo disipa, engulle y corroe/
lanzo mi velamen sobre las cabezas y desato los cabos
para franquear la salida del puerto, observo las bollas y tuerzo el rumbo,
puras veleidades intelectuales de ciudadano que olvidó su lugar
y ahora intenta reconstruir dominios aunque sólo sea otra ilusión
trasnochada de alguna pesadilla no contada a su psicoanalista.
Escapo, huyo, me sumerjo, pero apenas es una alucinación
un desborde de pasados epitafios para cuando ya no quede
ni mar, ni barcaza, ni bollas y el muelle se haya esfumado
en la neblina del tiempo.
21 de octubre, sin sextantes ni brújulas.
lunes, 14 de marzo de 2011
Caligramas escritos sobre la piel

Obra del artista cubano Humberto Castro.
Me has grabado tu nombre en los hombros, me has distinguido con tu marca. Las yemas de tus dedos se han convertido en bloques de imprenta, estás componiendo un mensaje sobre mi piel que le da sentido a mi cuerpo. [...] Escrito en él hay un código secreto”.
Jeannette Winterson
En el trazo profundo que llevas en el hombro
un colibrí revolotea asustado y mira de soslayo tu huesudo cuello,
husmea los olores y escucha tu cáustica manera de involucrarte,
es testigo mudo del laberinto de decires de tus escaramuzas,
mientras en otro dibujo cercano una víbora vomita su lengua
y amenaza con cazar la presa.
Sobre la tinta roja y azul de la bandera que te acaban de
tatuar abrazando el pecho, junto a una orquídea morada que te
regalaste para el último cumpleaños,
(siempre ese adicta compulsión al autorregalo de códices)
la filosa puntada de la aguja tejió varias ficciones, quizás un aforismo:
no volverás a vivir donde naciste, tus cenizas serán esparcidas lejos de
los tuyos, nadie te recordará cuando mueras… sólo tu perro.
En el tatuaje abstracto, (el primero que te hiciste en la espalda),
aquel donde dos sexos confusos se enredan en un apretón asfixiante,
promiscuas gotas de sudor se posan ahora desatando
insólitas interpretaciones, algún litoral sinuoso
adonde no llega tu marejada, cierto oculto simulacro,
un reproche convertido en expiación,
aquella escapatoria que siempre supo a estigma, a destierro.
Desde la puerta abierta del baño mientras te duchas
puedo avistar el afinado caligrama que se oculta
en lo más velado de tus entrepiernas /
La Habana te sigue quedando lejos pero pretendes
volver cada noche cuando te miras esos puntos oscuros,
la grafía que exhibes impúdicamente como documento de identidad
e incisión envenenada, cierto enigma ininteligible cual rompecabezas,
mueca de barricada en pleno cónclave político caribeño,
que sazona la propaganda fort export remachada en la piel.
En todos los riscos de tu dermis la escritura retumba
con vibra huracanada, truena y esculpe con sangre
su memoria para no cicatrizar,
(único lujo que no se pueden dar los peregrinos).
Con mucha paciencia consigo abandonar la interpretación de mensajes
de tu difusa geografía, los esquemas receptivos de lectura,
los pliegues de la historia, la sumatoria de todas
esas identidades sígnicas y desgarraduras
almacenadas sobre la carne.
Estoy frente al itinerario de un sujeto en dispersión que tú no reconoces.
Catalejo con sabor a sed en mar incierta

Obra del artista cubano Humberto Castro.
“ Y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar, al país donde los sabios se retiran del agravio de buscar labios que sacan de quicio”.
Peces de ciudad, de Joaquín Sabina.
Alguien sigue intentando unir en nosotros sus retazos,
sus jirones de eternidad chamuscados por un fuego que no cesa, que busca
el paisaje perdido dentro de un catalejo que cierto niño lúdico
mira con la curiosidad de querer retener en tierra de nadie.
¿Quién se acuclilla dentro de mí? ¿Hasta dónde emigra conmigo?
¿Quién se recuesta sobre sus victorias peregrinas en la pared de brumas
de mis lóbregos huesos y tras los párpados doloridos?
¿Quién esconde su mirada de rehén en noche desconocida
por senderos de zarzas? ¿Hasta dónde quiere llegar?
¿Quién escribe sus secretos desprendidos como una bocanada
extranjera e intenta vanamente dejar sus sedimentos de velero fantasma
en noche de mar con promesa de muerte?
¿Por qué profundiza tanto si sólo le quedan restos...
cascajos, ilusorias memorias?
Desde adentro de mis carnes se apuntalan espejos y señales
que ya ni intento transcribir... poco importa, me he pasado la vida
descodificando los discursos vanos de los otros/
buscando islas naufragas para el retiro forzoso,
como un noticiero después de la batalla,
como salir al encuentro de alguien que no llega...
cual noche cortada con empalmes de siglos
(en mala versión insomne).
Todo cuece y calcina dentro mío, se evapora y sube, se difumina
entre nombres secretos y catedrales que nunca pisaré.
Las aguas crecen, se desparraman, revientan de gozo
y yo sigo sin entender nada, sin querer interpretar
las vetustas orgías como olas/ los largos bostezos como olas
las raras alucinaciones como olas/ los pétreos islotes como olas.
Allá detrás, sobre las planicies y colinas de mi tierra se escabulle
(un espectáculo de inmolaciones)
que deja a la intemperie maleficios y cegueras
alucinaciones eternas/ eternos escombros
perdurables lutos/ perennes precipicios/ sempiternos centelleos
como duros pedazos que nadie podrá volver a unificar
(eternamente).
Una escalera insondable extravía sus rutas y repliega
sus sombras hasta la última morada,
aquel gran portón que no quiero abrir por temor al juicio final.
Estoy predestinado para mejores momentos/ para traspasar la niebla
aunque siga tropezando con el pedrusco de siempre
aunque pierda los dientes y la piel en la caída
y tan sólo me queden vientos y manos desertoras/ mutiladas reliquias,
retazos de eternidad en fechas de mordazas y miopías.
27, mayo 2009. Frío húmedo, que paraliza.
viernes, 10 de septiembre de 2010
Pleamar y bajamar

Obra del artista cubano Florencio Capestani.
“(…) Cuando vengan por mí, solo hallarán estos islotes ensangrentados de mi hígado y un trágico naufragio”.
”Quemar la naves”, de Obdulio Feneto Noda.
Dentro de mi corazón arrítmico un barco entra lento, casi espectral/
trata de abarloarse a un subrepticio muelle en un puerto remoto
que le permita atar fuertemente su cabo a la válvula mitral
y quedarse para siempre entre sonidos atonales cuando cierre
mi válvula aórtica y todo se torne mansamente siena e inerte.
Para entonces tendré que abrir nuevamente las compuertas,
dejar que todo fluya en la acequia/ que rebalse de glóbulos rojos
las entrañas en ese ir y venir del ciclo,/ que todo se inunde desde adentro,
desde las vísceras mismas del pozo ciego y rebote el eco
que confunde la memoria y petrifica el olvido. No sé como expatriar
esa maniobra aventurada y predecible, que huele a escapatoria
y me deja exánime para siempre, si las barcazas ya no quieren irrumpir
y hasta ese fortuito bajel se lanza a una última aventura
a sabiendas de que podría costarle cara y terminar desmembrado,
ensangrentado contra el hormigón de mis huesos.
Palidezco con labios temblorosos y mirada sitiada
cuando el pitido de la sirena se escapa afuera
y no puedo acallarlo dentro, por más que lo intento.
No tengo costumbre de ir con cara de lobo de mar entre
los recién llegados a la escollera en la que se ha convertido mi pecho.
Transgredo las fronteras, los límites, las sombras de una nave
que entra al embarcadero y termina engañada,
perdida entre una tinta más dispersa que la sangre
y la humedad que se escapa de mis ojos turbados.
Alguien - un viajero sin abrigo - intenta arrojar desde la proa
algunas monedas en señal de buen augurio, sin comprender
las razones por las que el timonel teme
que el mal tiempo nos escore y hunda.
Sin explicaciones se da la orden del achique
antes de permitir dejar el barco y la banda de música
entona un himno lastimero con tufo a salitre muerto.
Y es que la vida suele proceder así: entre pleamar y bajamar/
recalos y despedidas apiñadas en tantos puertos
donde cada ola es una anunciación de que muy pronto podremos divisar
la marea mortecina que enmascara aquellos territorios
de migraciones y destierros.
10 de septiembre/2010, sin embarcadero cerca.
viernes, 27 de agosto de 2010
Rutina del apátrida

Obra "La traición", de Manuel Mendive.
“(…) Mi cuerpo extendido y seccionado sobre las espaldas de la noche es ahora un recipiente intranquilo (…)”.
Javier Ubalde Enríquez, en “Grial”
Estornudo espaciada, gélidamente contra el cristal de la ventana
en sentido inverso al aire y las partículas de mi saliva
explotan y se fecundan unas a otras en un festín casi orgiástico/
patológico-endémico que desintegra el esputo a la luz de la luna opalina
haciendo muecas y malabares contra el vidrio manchado
que demorará mucho tiempo en volver a ser transparente.
Recorro con la vista – entonces - la calle que yace como un trozo de sal
y observo salir del consultorio del psicoanalista de enfrente a una chica con cara de suicida que se ordena el cabello como si compusiera su vida a sorbos
para no seguir intentándolo sin éxito… la próxima vez no será un cóctel de sedantes con boleros de fondo, sino una soga puesta en el horcón más alto de su cuarto… lo vislumbro… y entonces ya no llegará nadie a tiempo y habrá cumplido estelarmente su anónima tarea. Retuerzo mis manos secas, cuarteadas y pálidas que empiezan a carcomerse contra el teclado de la computadora con ese síndrome del túnel carpiano (patología de la modernidad) que corroe mis músculos tumefactos y me hace tomar antinflamatorios todas las noches antes de acostarme. A estás alturas ya no sé si es una evasión necesaria o son las ansias de paliar otros dolores más espirituales que no cesan, sobre todo en las madrugadas cuando cierro la puerta del cuarto
y los recuerdos del destierro mueven la vieja mecedora. El retrato de mi madre yace glacial en mi mesa de luz entre fotos de viajes soñados que ella nunca pudo realizar, ni imaginó…escapatorias que quedarán encerradas en pequeños marcos comprados en algún negocio con publicidad de Kodak y promociones vacacionales de 35 fotos por quince pesos. Limpio mis gestos inútiles y arranco mis miedos de fin de semana dentro del cuaderno de bitácoras que tengo en la web/ narcisismo vitrina de palabras que retumbarán como barcazas que jamás llegarán a destino cierto por impericia de su timonel. Estiro mis huesos como un puñado denso de azotes que dudan, en trizas dibujadas con cenizas bajo mi piel. Afuera la lluvia retuerce rumbos entre mil y una historia censurada y los amantes se esconden en los zaguanes para propinarse sus placeres más carnales con crepitaciones de cuerpos consumidos por el fuego eterno y el alcohol. Entierro mi pasado nómada entre fotos sepias que escudriño de reojo y un charco de tinta que derramé sobre la alfombra con la despreocupación de aquel que quemó sus naves en la otra orilla sin temor a dar el peor ejemplo y terminar entre barrotes y olores amoniacales. Me llevé un país en la palma de la mano y ahora no sé en qué bolsillos colocarle sin sentir la culpa del apátrida que ya no desea un pronto regreso. Exhalo gélidamente un suspiro dolorido y una vez más siento que la vida tiene esas pequeñas emboscadas… celadas de rutina dominical que terminará - si no termino pronto- empañando esta delirante descarga con ínfulas de trasnoche en algún viejo
cine triple X de barrio, con penas de mugre y humedad rancia.
Buenos Aires, 27 de agosto/2010.
Ya sin barcazas para incinerar.
martes, 6 de julio de 2010
Dibujo inconcluso

Autorretrato de la pintora mexicana Frida Kahlo (1907-1954).
“Intenté ahogar mis dolores, pero ellos aprendieron a nadar”
Frida Kahlo.
La pintora es un gran pez
castigada por la orgía del destino,
que jugó demasiado a subir las escaleras
y cayó al vacío.
Al amanecer fuimos a buscar las huellas
dejadas entre los labios de un ciprés,
sólo encontramos el hollín de sus zapatos
y un dibujo inconcluso con olor a orgasmos
y ternuras rotas.
La pintora bordeó las ruinas de un castillo,
torció su rumbo de álamos y plazas.
La esperaba aquel amanecer con su carga de
juguetes rotos,
pero ya todo le era sospechosamente viejo,
había bebido sus sueños más calientes recostada
sobre una almohada húmeda.
viernes, 25 de junio de 2010
Herencia

Obra del artista cubano Abdiel Acosta.
"Camino del patíbulo, ha buscado su rostro
como quien busca el rostro de la muerte.
Culpable repite,
repetirá culpable una y otra vez
y el camino será más corto y el tiempo menos árido".
Heriberto Sánchez Medina, en Hanging Judge
Cada día me parezco más a mis difuntos
me miro al espejo y noto la misma placidez
de la mirada de mi madre, su aire bohemio
y desnudo, casi rayano en la indiferencia;
también similar gesto con la boca
al que hacía mi abuelo, cuando camino de la vega
el sol le chamuscaba la piel y le extraviaba la mirada;
igual rubor en el rostro al de mi abuela, que
terminó sus días con un cáncer de tiroides
y en las noches, después de la aplicación del yodo radioactivo,
chamuscaba lucecitas verdes en la oscuridad
entre sus sábanas de lino almidonada y su nariz llena de humo
por la hornillo de carbón
entonces ya era una aparición en pleno ascenso hacia la nada.
De mi padre conservo aún esa templanza y hasta cierto
aire circunspecto para mirar al enemigo e irrumpir
entre las reglas del juego de la competencia profesional;
también una fenotípica inclinación por el alcohol
hasta que la boca se aletarga y
no se distingue entre el consuelo de
una tibia sonrisa y una mueca de insensible hartazgo.
De mi bisabuela paterna, de origen canario,
guardo su percha, su etiqueta para las grandes solemnidades
su ironía como hacha corta cabezas contra los intolerantes
y hasta cierta cara compasiva ante la vulgaridad existencial.
De Juan Amador, mi abuelo paterno,
(gracias a los orishas y al marxismo leninismo),
no heredé ni un ápice, siempre fue un sádico con mucha plata/
que colgaba a sus hijos cabeza abajo de los árboles,
cuando por impericia no cumplían las faenas de la hacienda.
Quizás ello explique que su velorio fuera una fiesta y
sus hijos prepararán la gran repartija con sus autos/
era una forma de desquite, de liberación adolescente
de revancha caída del cielo/
se arrancaron un gran peso de encima,
cuando le incomunicaron en su caja de bronce.
De mi tío "Chito", aquel que murió sin cabeza
cuando un machete haitiano le truncó la mirada
por una pelea de cercas corridas durante una madrugada
(en plena finca de Candelaria)
dicen que heredé semejante sangre para la lidia,
la misma posición filosa ante la desidia, igual lengua dura
y punzante para la pedrada.
Me contemplo y siento que soy un poco de todos/as
un grano de arroz, mecido por el estival soplo del sur
(donde abrevan pescadores)
un viejo árbol del pan que ya no ofrece frutos
un barranco oloroso y apacible por donde nadie cae/
un fantasma que - muy a su pesar - todas las
noches escruta su rostro, (que ya no reconoce),
frente a un enmohecido espejo
y persiste obstinadamente en dejar hablar al viento
la más severa compañía para las ànimas extraviados
sin consuelo.
3 de octubre 2008
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herencia,
poesía cubana
lunes, 14 de junio de 2010
Sentada en la escalera

Obra de la artista Liliam Cuenca.
“Siempre he pensado que el poeta no es sólo el que habla,
sino también el que oye”.
Octavio Paz, en su discurso para recibir el Premio Nobel.
No he podido todavía enterrar a mis muertos
Han pasado varios años y sus cenizas se esparcen
Sin consuelo en distintos cementerios allá y acullá
Entre la tierra rojiza, arenosa y pegajosa de la isla,
Sus huesos descansan en páramos oscuros
donde no debieran estar
En lóbregos camposantos, al final del camino,
En criptas húmedas alquiladas por un año a un vecino
en moneda libremente convertible.
Sigo pensando en esa pequeña vasija donde
Pongo desde lejos algunas flores que se marchitan rápidamente,
Detengo la mirada en la vieja foto de mi madre recostada
contra la mata de mango
con su psoriasis visible en las rodillas,
O en la foto de mi padre con los ojos vidriosos por el alcohol.
Es lo único que puedo hacer desde este culo del mundo.
Recordarles en sus cumpleaños
y en ciertas tardes calurosas de aquel último aciago viaje en que corría
a comprar helados para paliar el tedio y el sol calcinante del mediodía.
El duelo no ocurre, no llega, no lo sé hacer…nadie me lo enseñó.
Aún les veo, sobre todo a ella... cabizbaja y cansada de soportar tanta distancia,
Se entregó a la muerte después de algunas esperas demasiado largas
Se cansó, no quiso seguir sentada en la escalera…
Dejó de ser la columna pétrea que lo sostenía todo,
Se durmió serena, sin ahogos, como un ángel
y no abrió nunca más sus ojos, se desmoronó apaciblemente
su corazón se quebró en mil añicos cual fina porcelana.
A la mañana lo fueron a recomponer sobre las sábanas blancas
Pero ya era demasiado tarde para una sobrevida
Una sonrisa plácida se enseñoreaba sobre su cara feliz.
Aun la veo con su falda blanca de rosas rojas y su pulóver negro
Y sus zapatos ballerina para las fiestas populares…
entre negros y negras henchidos de gozo, repletos de transpiración y dicha.
La veo asomarse al espejo del cuarto y peinar su cabello canoso y violáceo
Con la coqueta feminidad de una mujer deseada que se marchita
Con el modoso encanto de alguien que sabe que la suerte está echada
Que había que escoger entre la vega de tabaco o la ciudad
Entre la luz de un quinqué mortecino o la electricidad citadina
Pagada a altas cuotas de sacrificio.
No tuvo ni altares ni monumentos ni grandes joyas,
Sólo jornadas entre el fogón y la casa, entre el tedio y la mansedumbre.
Firme desafió el calendario y sorteó gritos e insultos paternos
Infidelidades y aquella malsana costumbre a la descalificación.
Con la inteligencia de alguien que nació para mejores tiempos
Que nunca llegaron más.
Quizás por eso serena y sin ahogos se cansó
no quiso seguir sentada en la escalera
Se puso – sin arrepentimientos- de espaldas al mundo
y nos dejó solos para siempre.
Buenos Aires, 4 de junio 2010.
jueves, 8 de abril de 2010
Últimas prendas revolucionarias

Obra del artista cubano Ulises Bretaña, "El empinador de sueños".
Mi historia llega envuelta en una bolsa plástica rociada de salitre
como arriban los cadáveres militares a punto de ser incinerados
en ataúdes grises con banderas a media asta:
el carné de joven comunista con alguna que otra sanción
por disentir demasiado y estar siempre disconforme;
el carné de militante del partido comunista con todas las cuotas pagas;
mi credencial de corresponsal de guerra en Centroamérica,
aquella que utilizaba de cuchara en medio del campo de batalla
y luego mostraba en la Casa de Gobierno sandinista
cuando aún creía en las revoluciones, las utopías y en los líderes
que pueden cambiar (¿o hundir?) la historia.
Mis hermanos utilizan a mi hijo de emisario
porque es el único que todavía quiere seguir viajando a la isla adversa/
me amortajan viejas fotos de la niñez, esas donde estoy vestido
de Zorro enmascarado o con traje de impecable blanco
a lo Marcial Alvarado,me llega mi primer pasaporte oficial,
autorizado por el Departamento América,
junto a unas pocas fotos de mi madre con la cara dibujada de esperanzas,
en su mejor pose: contemplativa y serena (entre tanta desgracia).
Me enfrento - después de veinte años - a mi tesis de graduación de Periodismo, aquella papelería de claustro que hablaba de propaganda revolucionaria
y persuasión política para convencer a las grandes masas,
(entonces ansiosas de creer).
Me destierran mi pañoleta azul, que llega descolorida
y con olor a humedad, esa que portaba cuando gritaba convencido:
¡Seremos como el Che!
y aún confiaba a ciegas en el mejoramiento humano.
Llegan viejos versos adolescentes inflamados de pesares y cursilerías
en papeles amarillos y transparentes
(escritos en mi vieja máquina Underwood),
cuando cantaba como letanìa unas odas a los abedules
y a los konsomoles rusos y aún creía en el poder del amor.
Me ruborizo ante tanta inocencia/con tufillo a desilusión,
a enfermedad infantil del izquierdismo.
Afuera, en mi autoexilio porteño, cortan el pasto y maceran
la hierba contra la tierra, se fagocitan también de un tirón
las historias que dejé a la intemperie en ese colchón verde.
Sopeso la posibilidad de estar allí durmiendo/
de ser rebanado-exfoliado-trucidado rememorando olores sacros
de la infancia y el limonero mayor del patio (que ya no está).
Me sacudo en la cama entre el ruido de la vereda que ya no conoce las orillas,
mi casa (aquella) ha dejado de pertenecerme, se apolilla poco a poco
y algún día será de otro desconocido/a que quizás nunca
reparará en los rincones donde siempre estuve
o construirá otro estudio
con vista a la calle rota y los árboles secos.
Buenos Aires y La Lisa, en la isla, (juego mágico de palabras)
que por suerte no tiene denominadores comunes.
Ahora los aeropuertos me van quedando chico
pero casi familiares, sobre todo cuando sólo mi hijo acude a despedirme.
Sin embargo, me distrae el sonido de los aviones
cuando rompen la inercia del viento y planean al filo de la caída
manteniéndose en el aire por esas raras leyes de la gravitación
terrestre pero odio seguir cargando maletas que ya nunca desempaco,
me consumen las viejas prendas revolucionarias y los juegos perdidos
se van tornando tan extranjeros y difusos como mi propia huida
poniendo la mar por medio.
Salgo al patio de la casa/calculo la intensidad y destino de los vientos
(Cierro la puerta...)
Afuera una entusiasta pira intenta aligerar el lastre
a la espesa biografía y las miradas de este mundo y del cielo
cambian de sentido para no ver tanta llaga abierta
en el magma de los sueños.
8 abril de 2010, Buenos Aires, envuelto en las sombras
viernes, 12 de marzo de 2010
ORACIÓN AL QUINTO VIENTO

Ilustración y poema de la artista cubana Zayda del Río
Concédeles, señor; un quinto viento
a las criaturas todas que al final te eligieron,
a las que pasaron secas por los verdes paisajes
y tragaron de un sorbo sus ilusiones más puras.
Danos también, señor; el alimento,
el calor del cuerpo y buenos sueños,
la visita fiel de los amigos.
Y no nos dejes ser tan inseguros
ni detenernos mucho tiempo donde no podamos,
ni morir en lugares desconocidos,
abrazados a un cuerpo que no existe.
miércoles, 30 de diciembre de 2009
Verano boreal para recobrar fuerzas
"El ángel simulador", de Agustín Bejarano.
“Pero debo recordar que no todos los sitios oscuros necesitan luz.”
Jeannette Winterson, de su novela “La niña del faro”.
El vértigo se apodera de las extremidades abatidas,
socava el cuerpo y el maderamen de mis pulmones neoplásicos
los libera en puros vómitos de sangre,
(en tisis a lo Margarita Gautier)
se mezclan mis esputos con algunos pañuelos descartables y camelias blancas que caen contra el pavimento, quizás para encontrar un nuevo retorno sin pifiar peregrinaciones/ Tengo la boca renegrida por las palabras-costras que escucho y no contradigo ni desmiento… no nací con la madera del mártir
- mi madre siempre lo advirtió con pesar -, quizás el alumbramiento lejos del mar en una maternidad privada me asesinó el patriotismo y prefiero callar, enmudecer para siempre, coserme la lengua a punta de tijera oxidada o morir de tétano repentino. Mi lengua…ese apéndice carnoso saturado de salitre, miedo y azúcar, (asquerosa combinación para sufrir siempre de descompostura) cabriolea dentro de mi boca y me hace tramar argumentos que no me aventuro a proferir contra las caras de los otros. Juego al caos como ruleta rusa sin revólver y sigo intentando monólogos y resurrecciones que sólo tienen razón cuando las luces se estrangulan y se me dispara sin remedio mi presión diástolica y sistólica. Entonces desató una danza profana, cual esperpéntica y desbordada pantomima, para conjurar a mis muertos
y los traigo conmigo, les regalo blancos capullos para que vengan a mi convocatoria.
Me dejo caer dentro de mi ego y me rebelo contra el autócrata que decide lo que debo hacer administrando cada gota de sedición en esta Caja de Pandora, que apodaron tierra baldía… resucito y caigo nuevamente contra el cieno, en esa simetría eterna de fracasar y restituir lo que me fue secuestrado.
Siempre ese sentido aburguesado de la propiedad, del partir y retornar, del dejar que la corrección siga su cauce irremediablemente sin tocarme ni de soslayo… ni por asomo/ como le ocurrió a mi padre, que murió sólo en una terapia sin pedir ni un algodón mojado en agua para saciar la quemazón de su estómago abrasado por tanto alcohol saboreado frente a toda la familia…
a pesar de los esfuerzos de mi madre para que no advirtiéramos
su credo etílico. Llegó a oscuras una noche de borrasca y se fue
sin extremaunción dejando tras de sí un tendal de penitencias,
traumas infantiles y deudas impagas al usurero, pero sólo entonces
la tranquilidad sepulcral se apoderó de las paredes de la casa,
donde rebotaron por tantos años sus blasfemias
y torturas psicológicas. No hay casas de empeño para las angustias/
y las embestidas de la oscuridad contra las paredes de nuestros ojos
que tristes se van envolviendo en un trapo viejo y cristalino hasta volver a
descubrir un faro que lo auxilie cuando llega el verano boreal,
esa interrupción que se nos aparece como revelación cansada
cuando ya poco puede hacerse más que dejar que la llaga cauterice
(y vuelva el ángel simulador).
Buenos Aires, 30 diciembre 09, suspendiendo el alma
(para recobrar fuerzas).
viernes, 11 de diciembre de 2009
Cómplices palabras

Obra de mi amiga Yudit Vidal Faife.
"No creo en las palabras (...) las he visto afirmar/ negar, mentir
al pie de los altares y patíbulos".
Armando de Armas, Sobre la brevedad de la ceniza.
Las palabras se incrustan mutiladas contra mis contra mis cristales
se parapetan en mi placard y gimotean tras mis pasos,
heridas/ dolidas/dañadas/prostituidas/cansadas
se desangran bajo la escalera,
tropiezan unas contra otras al borde del abismo,
se tocan impúdicamente sin pensar en sus géneros y concordancias/
en sus tildes y acentuaciones, en si son diptongos o
triptongos/ llanas o agudas/ sin recato hacen el amor/
desfachatadas/ procaces/ sin pensar en el qué dirán/
sólo en el goce momentáneo/ en la cabalgata cansina de la vigilia,
en la agonía del naufragio, en los estertores de un faro sin olor a mar.
Poco a poco se travisten, se camuflan como voces cómplices
aquí en esta noche/ sobre mi mesa de luz,/ tras los ojos
y los rictus de las máscaras que cuelgan de mi sala./ Se escabullen
dentro de la almohada y no me dejan respirar; me cortan el aliento/ pues temen descomponerse, infectarse, destriparse, engullirse, parecer en el intento/
su egoísta espíritu de trascendencia las malogra (¡y las salva!),
las entierra bajo el lodo de un monótono cementerio en La Tablada, /
las enferma de miedo y lo que es peor... les nubla el entendimiento,
la razón./Mis palabras confunden fronteras, geografías, nortes y sures/
galopan histriónicas por el mundo, con caras de mosquitas muertas/ o malsanos rubores egocéntricos, / arder en la pira son su sino,
cenizas sus afanes/ mojarse hasta los huesos su tarea/ son como
las ausencias de una Habana extramuros,
que ya me resulta extranjeramente ocre.
Mis palabras se mueren de tedio, gritan, insultan sin sentido,
se matan de risa con afilada boca,
diseñan su orgía, su festín de vida o muerte... Cortadas a la
medida/ se lanzan tras su presa/ desvarían por un elogio
que les levante el ánimo/ por un secreto que decir/ juntas
trazan estrategias de ataques y lisonjas: antípodas de un plan mayor,
para el momento oportuno/ para la hora de la puñalada por la espalda.
Mis palabras buscan una camisa de fuerza, algún psicofármaco para sedar
ciertas botellas de vino para seducir, se quitan el polvo y su carcoma
y lo hacen con profesionalidad, con sutilezas universitarias,
con estudiada altanería de diccionario enciclopédico español.
En definitiva, son ellas - todas - un amasijo de hierros mohosos,
un brebaje hecho ex profeso para colegialas y malevos,
charcas putrefactas donde se hospedan larvas de mosquitos,/
perfumes de free shop de algún viejo aeropuerto sin controlador aéreo.
Peregrinas, sin concilio, traman su partida y su llegada/ diseñan su
reducto/ buscan su buhardilla, su telo, su letargo, su vigilia.
Por eso, cuando cierro la boca me atraganto, vomito, me mareo,
sube mi presión arterial/ una rara sensación de acidez/ se hospeda bajo
mi lengua y sale fétidamente hacia afuera./Por eso es que soy
también de los que nunca ha creído en ellas,/ las colecciono
en frascos asépticos para los días de exámenes de sangre
y análisis de orina/ e intento, de vez en cuando
- y por desquite -
empujarlas por el tragante del baño, a donde van a parar
los miasmas pútridos del día.
Buenos Aires, ya sin palabras.
miércoles, 2 de diciembre de 2009
Interrogantes cosidas a las puertas

Obra del artista cubano Agustín Bejarano.
“eres aquel que vuelve
a borrar de la arena la oquedad de su paso;
el miserable héroe que escapó del combate
y apoyado en su escudo mira arder la derrota”
José Emilio Pacheco, “Éxodo”
No preguntes quiénes quedan, no preguntes
las calles han resultado dilatadas/ pero vacías…barridas por
una bocanada de aire febril, casi bochornoso,
la poca gente que subsiste mira desangelada y abúlica el calendario
que se desliza como uva seca… las vidas han quedado suspendidas
en el umbral de las puertas y bajo los pocos campanarios en pie.
Cansina las abuelas cosen y descosen los mismos vestidos
que sus nietas ya no quieren llevar a las escasas fiestas
(“hay muy poco que celebrar”, dicen solemnes las viejas).
Muchas paredes de veteranos edificios yacen sostenidas
porque Dios existe y la cultura de la ruina campea ciudad abajo/
buscando alguna viga escondida donde guarecer los miedos
al derrumbe y la mirada de la policía que todo lo observa
impúdicamente, casi con interés malsano, con codicia impropia
para la decencia ciudadana.
No preguntes cuántos escaparon clandestinamente, no escudriñes por
discreción profana, te lo ruego.
se van advirtiendo descomunales vacíos en medio de la tempestad,
entre los fragmentos de reuniones políticas adonde pocos acuden
(pues ya no hay nada que discutir- se perdió el interés
al monólogo vacuo)y hasta los discursos conminando al combate
y los ejercicios militares arrancan grandes carcajadas
en medio del clima suicida que todo lo pinta sepia.
Casas destartaladas por la humedad
carcomen las estadísticas que paralizan el alma
de los organismos de vivienda; el paso de huracanes
mengua los recursos - y posibilidades de salir a flote -.
La ciudad de las carpas progresa, se asienta impiadosamente
al margen de las rutas desde donde se miran los trenes fantasmas
casi exánimes de mercaderías para llenar el tiempo de la gente que piensa en lo que pudo ser pero quedó a la vera del camino por negligencia y tozudez doctrinal.
No preguntes cuándo lloverá el buen destino, ni lo intentes
por cordura/ todos se acostumbraron a bajar sus cabezas
y ya nadie tiene tiempo para predicciones agoreras bajo el Sol…
ha sido muy dilatada la expectativa
y no hay cambios perceptibles, que limpien el ánimo de parálisis
y fobias que solo conducen al patíbulo sin bonanza, a la expiración.
La gente se remacha a las espaldas el síndrome del exegeta derrotado
y solo acierta a calcular los días en que subastará en el infierno
una pelea que ya sabe adonde conduce y lo ha dejado maltrecho
y sin “escudo donde mirar arder la derrota”.
Buenos Aires, 2 de diciembre 09, expiando mis culpas.
miércoles, 28 de octubre de 2009
Caligramas escritos sobre la piel

Colografía de la artista cubana Belkis Ayón (1967-1999).
“Me has grabado tu nombre en los hombros, me has distinguido con tu marca. Las yemas de tus dedos se han convertido en bloques de imprenta, estás componiendo un mensaje sobre mi piel que le da sentido a mi cuerpo. [...] Escrito en él hay un código secreto”.
Jeannette Winterson
En el trazo profundo que llevas en el hombro
un colibrí revolotea asustado y mira de soslayo tu huesudo cuello,
husmea los olores y escucha tu cáustica manera de involucrarte,
es testigo mudo del laberinto de decires de tus escaramuzas,
mientras en otro dibujo cercano una víbora vomita su lengua
y amenaza con cazar la presa.
Sobre la tinta roja y azul de la bandera que te acaban de
tatuar abrazando el pecho, junto a una orquídea morada que te
regalaste para el último cumpleaños,
(siempre ese adicta compulsión al autorregalo de códices)
la filosa puntada de la aguja tejió varias ficciones, quizás un aforismo:
no volverás a vivir donde naciste, tus cenizas serán esparcidas lejos de
los tuyos, nadie te recordará cuando mueras… sólo tu perro.
En el tatuaje abstracto, (el primero que te hiciste en la espalda),
aquel donde dos sexos confusos se enredan en un apretón asfixiante,
promiscuas gotas de sudor se posan ahora desatando
insólitas interpretaciones, algún litoral sinuoso
adonde no llega tu marejada, cierto oculto simulacro,
un reproche convertido en expiación,
aquella escapatoria que siempre supo a estigma, a destierro.
Desde la puerta abierta del baño mientras te duchas
puedo avistar el afinado caligrama que se oculta
en lo más velado de tus entrepiernas /
La Habana te sigue quedando lejos pero pretendes
volver cada noche cuando te miras esos puntos oscuros,
la grafía que exhibes impúdicamente como documento de identidad
e incisión envenenada, cierto enigma ininteligible cual rompecabezas,
mueca de barricada en pleno cónclave político caribeño,
que sazona la propaganda fort export remachada en la piel.
En todos los riscos de tu dermis la escritura retumba
con vibra huracanada, truena y esculpe con sangre
su memoria para no cicatrizar,
(único lujo que no se pueden dar los peregrinos).
Con mucha paciencia consigo abandonar la interpretación de mensajes
de tu difusa geografía, los esquemas receptivos de lectura,
los pliegues de la historia, la sumatoria de todas
esas identidades signicas y desgarraduras
almacenadas sobre la carne.
Estoy frente al itinerario de un sujeto en dispersión que tú no reconoces.
Buenos Aires, 28 de octubre-2009, sin tatuajes visibles.
sábado, 3 de octubre de 2009
Oraciones en el pabilo de la vela
Obra del artista cubano Michel Blázquez, de su muestra La Revestidura del tiempo.
“Cuántas veces has tenido que beberte las lágrimas de hiel
de no ser puro como un ángel”. (*)
*Cintio Vitier (1921-2009), en Examen del maniqueo
Lo queríamos todo… hasta la “carne de los dioses”(*)
y nos contentábamos con vivir entre relámpagos y peces
frente a aquella bahía turbia que parecía regurgitar sus tumores
y sus procacidades abruptamente, sin darnos tiempo al respiro
hondo, a la salvación redentora, a la salida a la superficie.
Jugábamos a inhalar todo el aire salino del maderamen/
mascarón de proa-isla a la deriva sin cuadrante ni destino fijo.
En constante crepúsculo intentábamos llenar las alicaídas alforjas
para la hora de la cena, sólo que la familia habitaba varios archipiélagos
y el cónclave no era permitido por razones de distancias,
de fuerza mayor, de salvoconductos que nunca aparecían
ni en las horas luctuosas.
Tampoco teníamos mucho que llevar al exánime paladar, que
extrañaba los dulces caseros y los asados de la abuela,
pero eran otros plazos y nada se podía hacer más
que engatusar la panza, tener paciencia y rezar.
En la cocina se escondían los menguados víveres
para la hora de las tempestades e ingeríamos a cuentagotas
pequeñas raciones de guerra que alcanzábamos a comprar
en el disciplinado mercado, con dinero proveniente de la vituperada
y salvadora diáspora familiar.
Las comunicaciones resultaban tan caras que apenas podíamos
con esa sensación de orfandad de la que intentábamos
sobreponernos(estérilmente),entonces éramos sacudidos
del letargo por los dioses con sus carcajadas heréticas/
sus palabras de amargo dulzor y algún que otro cadáver exquisito
(ahogado en una mazmorra de clausura).
Las letanías de palabras desde algún periódico intentaban
sentar dogmas cuando la salvación no estaba en exhibirse
por el mundo con la desvergüenza de quien tiene poder testamentario
y pondera su suerte en ese ejercicio del afuera, de simular ser Dios.
De noche las fuerzas del mal jugaban a desatar adversidades/
a alejar los números de la suerte entre alcohólicos de zaguán
y muchachas que exhibían sus labios rojos como un carnal instrumento
de fajina y ponían anuncios calientes en páginas web
con el deseo de encontrar algún aristócrata sin escudo familiar,
pero con pasaporte europeo que las rescatara del tedio y la inanición.
Un mal augurio lo histerectomizaba todo
y nuestros hijos tatuaban en sus piernas
aquella bandera de tres colores que ya enrumbaba esquiva
al fondo del mar…pero había que respirar,
aunque más no fuera un bocanada/escapar de aquella rutina-amorfa
y sólo quedaba la ficción, seguir diciendo torpemente:
“Seremos como el Che” o “Patria o Muerte”, con el desconsolado y engañoso:“Venceremos”, sabiendo que el territorio
de la luz estaba en eclipse creciente y condenado
– ya nadie lo dudaba - a la colectomía por tozudez senil.
En la noche arder como signo perpetuo de cualquier hoguera
nos llenaba de pájaros las cabeza y rescatábamos la fe en el silencio/
entonces creíamos que aún era posible la esperanza en el pabilo de la vela pero nuevamente el vendaval mudaba sus halos
batía con furia sobre la llama y la luz vaticinaba otra nueva ausencia.
En ese riada cielo abajo se nos iban los enojos, tantas treguas,
tantas oraciones, se extraviaban las respuestas y los límites buscaban
sus resguardos en otra habitación con placidez de sombras.
Buenos Aires, 3 de octubre, sin estampita alguna.
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