Juan Carlos Rivera Quintana nació en una isla - en Cuba - y un buen día decidió salir de ella a mirar el mundo y buscar otros aires. Él quería alcanzar otros horizontes más personales e intelectuales y decidió construir su propia casa - su islaenpeso - y desde ahí presentar sus inquietudes periodísticas y literarias, sus crónicas de viajes, obsesiones y nostalgias. Acá, en esta geografía, sin mar cercano que lo aleje, se siente totalmente libre.
miércoles, 21 de octubre de 2009
sábado, 17 de octubre de 2009
viernes, 16 de octubre de 2009
Errante borrasca en sitio ajeno
Obra del artista cubano Cundo Bermúdez.
“(…) el cuerpo volverá a ser un jubileo, una acción de gracias (…)”
Abilio Estévez, “Manual de las tentaciones”.
Elegir entre un espejo y una puerta
entre un pequeño cristal con azogue y una astilla ligeramente vana,
sortear ese ínfimo resquicio de libertad que sorprende,
sobre todo viniendo de confines geográficos desdibujados,
de archipiélagos en estampida, de tierras que el viento esparce
huracanadamente como aquel eufemismo dicho de consuelo
(ante la primera arruga en el rostro);
preferir cristal o añicos, leña de árbol caído o vanidad narcisista.
Y si por alguna malsana casualidad (que también causalidad)
detestara las alternativas, los concilios ante el vidrio inerte,
empañado del vaho cálido de la ducha o el susto ante lo desconocido
que llega, que se asoma con rostro de duende
o las interrogantes excesivas conducentes a la nada
a la espiral de un destiempo nuevo que se calcina bajo mis zapatos.
Me desvisto frente al cristal y no quiero mirar
los signos que la intemperie almacenó bajo mi abdomen
no deseo advertir mi piel reseca, cuarteada por la falta de líquido y colágeno
mis párpados caídos y cierta carnosidad bajo mis ojerosos fulgores,
las noches de vigilia dejaron sus huellas visibles
ciertas señales de un imposible reverso.
Y pensar que nos pretendíamos Todopoderosos,
en permanente equilibrio, inalcanzables machos cabríos
que desandaban las calles (en irreductible aventura)
y todo aquello era otro acto de magia, otra premonición a destiempo.
un relámpago en sitio equivocado, una borrasca en el horizonte.
Cierro nuevamente la puerta para dar cabida al secreto y escucho
por única vez tu voz acorralada, la falta de aire en tus pulmones
y aquel gesto de: “ya nada me turba, sólo quiero un fragmento de letargo”.
Observo el ventanal del cuarto y veo pasar tu sombra, tu alma en destierro
como una fulgor de quietud, tal vez una nimia reliquia oscura
que vaga errante por aquella casona desmantelada
(sin hipótesis de regreso cierto).
Buenos Aires, 14 octubre/2009, entre el tedio y la sombra.
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domingo, 4 de octubre de 2009
Se nos fue Mercedes Sosa: la voz de la Tierra.
Mercedes "La Negra" Sosa (Tucumán, 1935-2009) interpreta como nadie una canción que hizo suya y paseó por el mundo, "Alfonsina y el Mar", obra de la chilena Violeta Parra.
sábado, 3 de octubre de 2009
Oraciones en el pabilo de la vela
Obra del artista cubano Michel Blázquez, de su muestra La Revestidura del tiempo.
“Cuántas veces has tenido que beberte las lágrimas de hiel
de no ser puro como un ángel”. (*)
*Cintio Vitier (1921-2009), en Examen del maniqueo
Lo queríamos todo… hasta la “carne de los dioses”(*)
y nos contentábamos con vivir entre relámpagos y peces
frente a aquella bahía turbia que parecía regurgitar sus tumores
y sus procacidades abruptamente, sin darnos tiempo al respiro
hondo, a la salvación redentora, a la salida a la superficie.
Jugábamos a inhalar todo el aire salino del maderamen/
mascarón de proa-isla a la deriva sin cuadrante ni destino fijo.
En constante crepúsculo intentábamos llenar las alicaídas alforjas
para la hora de la cena, sólo que la familia habitaba varios archipiélagos
y el cónclave no era permitido por razones de distancias,
de fuerza mayor, de salvoconductos que nunca aparecían
ni en las horas luctuosas.
Tampoco teníamos mucho que llevar al exánime paladar, que
extrañaba los dulces caseros y los asados de la abuela,
pero eran otros plazos y nada se podía hacer más
que engatusar la panza, tener paciencia y rezar.
En la cocina se escondían los menguados víveres
para la hora de las tempestades e ingeríamos a cuentagotas
pequeñas raciones de guerra que alcanzábamos a comprar
en el disciplinado mercado, con dinero proveniente de la vituperada
y salvadora diáspora familiar.
Las comunicaciones resultaban tan caras que apenas podíamos
con esa sensación de orfandad de la que intentábamos
sobreponernos(estérilmente),entonces éramos sacudidos
del letargo por los dioses con sus carcajadas heréticas/
sus palabras de amargo dulzor y algún que otro cadáver exquisito
(ahogado en una mazmorra de clausura).
Las letanías de palabras desde algún periódico intentaban
sentar dogmas cuando la salvación no estaba en exhibirse
por el mundo con la desvergüenza de quien tiene poder testamentario
y pondera su suerte en ese ejercicio del afuera, de simular ser Dios.
De noche las fuerzas del mal jugaban a desatar adversidades/
a alejar los números de la suerte entre alcohólicos de zaguán
y muchachas que exhibían sus labios rojos como un carnal instrumento
de fajina y ponían anuncios calientes en páginas web
con el deseo de encontrar algún aristócrata sin escudo familiar,
pero con pasaporte europeo que las rescatara del tedio y la inanición.
Un mal augurio lo histerectomizaba todo
y nuestros hijos tatuaban en sus piernas
aquella bandera de tres colores que ya enrumbaba esquiva
al fondo del mar…pero había que respirar,
aunque más no fuera un bocanada/escapar de aquella rutina-amorfa
y sólo quedaba la ficción, seguir diciendo torpemente:
“Seremos como el Che” o “Patria o Muerte”, con el desconsolado y engañoso:“Venceremos”, sabiendo que el territorio
de la luz estaba en eclipse creciente y condenado
– ya nadie lo dudaba - a la colectomía por tozudez senil.
En la noche arder como signo perpetuo de cualquier hoguera
nos llenaba de pájaros las cabeza y rescatábamos la fe en el silencio/
entonces creíamos que aún era posible la esperanza en el pabilo de la vela pero nuevamente el vendaval mudaba sus halos
batía con furia sobre la llama y la luz vaticinaba otra nueva ausencia.
En ese riada cielo abajo se nos iban los enojos, tantas treguas,
tantas oraciones, se extraviaban las respuestas y los límites buscaban
sus resguardos en otra habitación con placidez de sombras.
Buenos Aires, 3 de octubre, sin estampita alguna.
lunes, 28 de septiembre de 2009
Retrato de voyeur con almendra madura
Obra del artista cubano Michel Blàzquez,
"El hombre sincero".
He sentido los pasos del éxodo entre las huellas de otras manos,
- parecidas a las mías-
agazapadas bajo el cono de sombra, intranquilas por las turbulencias del avión
cuando todavía buscaba una razón, un ligero consuelo a tanta partida,
a tanta casa vacía, archivos resignados y documentos acuñados inexpresivamente. He llorado de frío dentro del lecho escarchado de aquel hotel donde una nevasca no alcanzaba a apagar la vela tótem (semicaliente y quieta),
que desparramaba su esperma mortecino, como esa luz del farol que se derrapa hoy intermitentemente desde la calle sobre mi cuarto / alucino con un sudor naufrago entre enanos de Liguria que no llegan a acomodar un nuevo rincón. Emerjo en cada madrugada cuando los pies me pesan como cemento seco/ la oscuridad a sorbo se disipa sobre la cama y la alfombra… entonces sólo alcanzo a avistar aquella aguja herrumbrosa con que mi madre cosía mis medias rotas de tanto andar en el patio del limonero macerando azahares. Ah, Dios mío, si tan sólo pudiera voltear el almanaque treinta años con mi máquina del tiempo y volverme a asomar inexpresivo y sigiloso a la ventana para contemplar la cotidiana escena del viejo Buick verde loro saliendo del garaje y mi perra Katiuska tranquila con cara de nunca me abandonen esperando saltar al asiento trasero, camino de la finca en Candelaria. Ahora subsiste una sospecha única, que se debate entre otros rostros familiares, un son del hechicero que escucho a fuego en las noches repetidas, atávico gesto que denuncia cierta certeza fútil como el agua, el fuego o el color de aquellos ojos de mi madre sin idea de tiempo. Vuelvo a rebuscar su contorno clandestino, aquella sonrisa, aquel tedio de voces, cierto discurso germinado y únicamente encuentro palabras repetidas y una gota de lluvia que no alcanza a empañar ya ni mis pupilas cansadas. Un murmullo de hojas resecas, con olor de mango dulzón podrido me seguirá persiguiendo, junto al amargor en la boca de la almendra madura que manchaba mis dientes. El camino ha sido revelado: errático, de inconfundible sello mortecino como el eco de adioses que siguen repitiendo mis oídos y aquella imagen de cal y bruma contra la verja que me acompañará de abrigo cuando ya no queden ni trazas ni penas para contemplar y almacenar como extraña idea de tiempo peregrino.
Buenos Aires, regreso de frío polar, 28 septiembre 2009.
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