viernes, 17 de enero de 2014

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Retrato de Viaje.



                             Budapest, septiembre 2013. Detrás el Río Danubio

lunes, 7 de octubre de 2013

Venecia: en sus canales... ángeles vivos


Texto y foto: Juan Carlos Rivera Quintana






Se enciende el cono blanco de la pantalla de la computadora, en el avión de Luthansa, que está próximo a llegar a la ciudad de los canales y aparece Gustav von Aschenbach - interpretado por Dirk Bogarde –un compositor alemán que acaba de sufrir un rotundo fracaso con el estreno de su última obra. Es el filme: “Muerte en Venecia”, del realizador franco italiano Luchino Visconti, basada en la novela homónima de Thomas Mann, que transcurre en el verano de 1911 y donde Gustav se refugia en el lujoso “Hotel des Bains”, todo un bastión de la belle époque italiana e intenta buscar sosiego y recuperar la juventud que se le escabulle irremediablemente.



A su alrededor todo tiene la misma patina decadente que su persona y el Lido, esa isla enclavada frente a Venecia, que reposa sobre el Mar Adriático, da también albergue a una familia de veraneantes polacos, donde el joven Tadzio, de una belleza casi andrógina, llama la atención del desalentado músico y se comienza a tejer un amor difícil.



Al final, sobreviene la famosa escena, casi de culto entre los cinéfilos, en la cual Gustav abandonado a la epidemia de cólera que asota el balneario, se queda impávido mirando al adolescente polaco bañarse en el mar, sin dirigirle una palabra, mientras su sudoración de muerte comienza a empaparle y se le corre el maquillaje y el tinte oscuro del pelo, que dejan ver sus canas y el paso de los años que quiere ocultar. En ese estado de éxtasis y contemplación mortal queda, sentado a orillas del mar.



Bajo esa atmósfera casi elegíaca y el Adagio de la 5ta sinfonía de Mahler, que envuelve el filme, comienza a descender mi avión sobre Venecia, esa ciudad construida en un archipiélago de 118 pequeñas islas, famosa por sus 150 canales y sus cerca de 400 puentes. Y desde la escotilla puedo divisar ya el ir y venir de las muchedumbres turísticas por los barrios o sestiere, los campaniles de las iglesias, la entrada de los cruceros, los palacetes renacentistas, las piazzas y el paso afiebrado de los vaporettos y las góndolas sobre la laguna en pleno verano veneciano. Y hasta logro detectar el “Hotel des Bains”, ahora cerrado desde hace dos años por reparación, que parece dormir un sueño eterno y mortecino.



¿Segundas partes siempre fueron buenas?



Y es que Venecia, capital de la región venéta italiana, apodada además la Serenísima, conserva un acervo cultural inconmensurable, proveniente de su historia milenaria. No en balde fue reconocida por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, en 1987. Allí, en su casco histórico, sus basílicas y su laguna se han labrado sus años de fama legendaria y sigue siendo el sitio de culto para los amantes que hacen de ella una alucinación mística… memorable.



Por eso para el recién llegado en aventura turística todo resulta casi onírico, una ensoñación casi espectral, matizada de color siena y humedad corrosiva. Para quien, como yo, ya viene por segunda vez el viaje se torna en paseo más tranquilo y de observación aguda… un reencuentro con un lugar en el mundo que me hace feliz, una segunda oportunidad de poesía visual por cuatro días.



Venecia en verano resulta otra, tiene su alteridad. Los rayos incandescentes caen oblicuamente sobre los canales y el viento caliente te corta la cara. La luz es otra, casi más brillante, enceguecedora e incide sobre los palacetes, las plazas y los puentes dándoles una apariencia medieval casi literaria y fantasmagórica. Y si antaño, en el año 421, en pleno siglo V d.C, cuando surgió, fue asiento de pescadores y comerciantes que llegaron a dominar los mares europeos y, posteriormente colonia francesa y austriaca hasta ser incorporada a Italia, hoy es una urbe detenida en el tiempo, casi con el mismo aliento rancio con que fue fundada y ello resulta – sin lugar a dudas- su carta de presentación y triunfo.



Lo que si no resulta un espejismo es el encanto y la fascinación que ejerce esa ciudad, donde las 90 basílicas con sus campanadas agoreras, que antaño anunciaban la hora, los nacimientos, las muertes, la llegada de los buques, asambleas y hasta incendios, constituyen una huella visual y auditiva del lento transcurrir del tiempo. ¿Pero, de dónde parte su originalidad, su encanto y abolengo? Creo que de su ambiente, casi una locación cinematográfica antiquísima, imagen que se retiene de esos islotes que afloran por sobre la laguna y esas estacas que antaño constituían la base para nivelar los palacetes y duomos.



Se cuenta que la emblemática Iglesia Santa María Della Salute, enclavada en la Punta Della Dogano, (Punta de la Aduana) inició su proceso de construcción, allá por el año 1630 y fue necesario clavar unas 1.106.657 estacas de roble, aliso y alerce para tejer la balsa que la soporta ediliciamente y la sostiene sobre el agua. Su aire casi místico y contemplativo, realzado por las obras de Tiziano, que aluden a escenas de vida y muerte, ocurridas en el Antiguo Testamento, evidencian que dicho templo fue una ofrenda de los habitantes venecianos, luego del diezmo que sufrió su población, debido a la epidemia de peste del 1600. Hasta allí en sus barcazas acuden los residentes para rezar, durante la “Festa del Redentore”, una de las jornadas populares más queridas y participativas de la ciudad.



Pero Venecia está plagada de obras pictóricas y escultóricas, mayoritariamente eran los grandes artistas del Véneto de cada época los que recibían la encomienda de decorar los templos y ello explica la magnificencia de sus cielos rasos y sus frisos. Durante mi visita se estaba celebrando la 55a Bienal de Venecia, una de las citas del arte contemporáneo más importantes en Europa y el mundo. Allí en los ambientes íntimos y relajantes de los Giardini ex Reali (Jardines Reales) y en Arsenale (galpones que conforman el antiguo astillero y base naval) y otros palacetes tenían lugar los escenarios de exhibición de las muestras: 88 pabellones nacionales y 49 exposiciones reunían el quehacer de los artistas más originales y emergentes de todo el planeta, con unas 4.500 obras en total.



Impactante – sin dudas – la muestra del ejército de “Venecianos”, del artista polaco Pawel Althamer, quien modela las caras y las manos de algunos venecianos y posteriormente añade cuerpos compuestos por rizos de plástico que resultan un retrato surrealista de la ciudad y sus habitantes. Destacado además son las instalaciones del escultor y disidente chino, Ai Weiwei, quien participa en representación del pabellón alemán y que con su muestra paralela, ubicada en la Iglesia San Antonio, titulada: S.A.C.R.E.D, recrea y denuncia – casi fotográficamente y a modo de maquetas- los 81 días que pasó detenido por el régimen de su país natal. Su cautiverio y la claustrofobia del encierro pueden ser seguidos, a modo de voyeur por los asistentes, a través de pequeñas ventanas, como incisiones, en las paredes de la cárcel que crea el artista.



Estuarios y litorales coloridos



Visitar las islas del estuario y las poblaciones de pescadores litoraleños a Venecia resulta una experiencia inolvidable. En el paisaje lagunar afloran los islotes recubiertos de escasa vegetación marina y poblados de gaviotas en verano. Desde el vaporetto – por tan sólo 20 euros – una excursión nos lleva a las islas de Murano, Burano y Torcello, en un recorrido de unas tres horas y media.



Murano, conocida como la isla del vidrio, fue levantada gracias a la popularidad de muchos de sus patricios, convertidos en maestros vidrieros, capaces de crear artísticamente un cristal - con sílex y álcalis especiales, que en su momento fueron secretos, y conseguir formas y colores sorprendentes. De esa manera ganaron fama internacional y mucho dinero, lo que les posibilitó levantar sus palacios e iglesias.



Burano, una isla, ubicada a 7 kilómetros de Venecia, estuvo habitada durante mucho tiempo por frailes franciscanos y conserva hoy todo el encanto de sus casitas, en hileras, con fachadas de vivos colores al pie de los pequeños canales y un inclinado campanile de la Iglesia San Martín, que se divisa desde la lejanía marina. Allí sus mujeres han sabido crear con sus propias manos y la sapiencia de costureras y tejedoras encajes hermosos de hilos que le dan renombre en el área y los hacen muy codiciados por los turistas. Manteles, tapetes, vestidos, cubrecamas componen la gama de souvenirs que los recién llegado buscan y compran, junto a las famosas bussolà di Burano, un delicioso roscón tostado, hecho a base de huevos, harina y mantequilla.



Al final, nos espera la isla Torcello, ubicada en el extremo septentrional de la laguna veneciana. Dicho asentamiento casi abandonado posee, hoy, una escasa población (unos 20 habitantes) y resulta un remanso de paz y sosiego. En sus inmediaciones las ciénagas y las aguas pantanosas han ido ganando terreno. Sus dos principales estructuras arquitectónicas, aún en pie son la Basílica, de estilo bizantino, de Santa María Asunta, fundada en 639, y la Iglesia de Santa Fosca, que data de los siglos XI y XII, rodeada por un pórtico en forma de cruz griega hermoso. Allí los turistas suelen sentarse en el llamado Trono de Atila, un asiento de piedras frente a dichos templos.



Pero el Lido, la extensa costa de dunas naturales y arena dorada, de 12 kilómetros, que llega hasta Chioggia, esa lengua de tierra firme formada por el detritus de los ríos y mares, suele quedar en la agenda turística siempre para el último día. Dicha isleta - una defensa importante para Venecia de la violencia del mar – es una playa de moda, uno de los principales destinos veraniegos de Italia, donde incluso se celebra, anualmente, el Festival de Cine de Venecia y la Bienal de Arquitectura. Allí sus chalets o cottages, de diversos estilos, con sus jardines, palmeras, canales y yates constituyen una verdadera fiesta visual para el turista.



Las elegantes playas del Adriático, sumergidas en un parque natural, muy cerca de Venecia, comenzaron a consagrarse como el lugar favorito para la jet set internacional y los amantes de la buena vida, renombradas junto a otros paraísos europeos similares, como Biarritz y Ostende. Allí la Playa Des Bains, frente al hotel del mismo nombre (hoy tristemente cerrado y tapiado); la Excelsior, cuyas casetas de tela blanca frente al mar constituyen un importante punto de encuentro de muchos actores famosos y su hotel de cinco estrellas, de estilo mudéjar tradicional, terminado en 1908 sigue siendo, para los que estiman las hotelería de alta gama, un sitio preferencial. Tampoco debemos olvidar el l'Albergo Quattro Fontane, con sus jardines floreados, donde la gente se sienta a conversar tranquilamente al amparo de las sombrillas amarillas y un buen café.



Sin dudas, Venecia y sus alrededores tienen sus atractivos y secretos. Sólo hay que buscarlos entre zaguanes, palacetes, canales y ángeles... y quizás entre canciones de gondoleros en barcazas, interpretando el clásico italiano: O Sole mio, cuya letra nos recuerda que siempre hay un sol más bello, el que está al frente nuestro.

Puta costumbre

Desnudo masculino, del artista austriaco Egon Schiele



"(...) pero existe
esa mezcla de tiempos y fronteras
que no tiene remedio
con palabras".
 Irela Casañas, en: "Escribir en la arena sin que la ola alcance el rasgo".


Como un humo, una voluntad de perpetuidad se rematan
En la plaza pública aquellas palabras, casi sin espectadores,
Rebotan como crisálidas deshechas contra los tímpanos-sordos
Trazan una ralla negra sobre las paredes blancas del claustro escarchado
Donde mi perro trepida de frío, ladra su celo con sinfonías atonales
Y se escabullen dentro de mi cabeza los salmos religiosos
Que repetía - desnuda - mi tía solterona para no arder en el infierno.
Dañino vicio aquel de no querer escuchar, ni en los peores insomnios/
en aquellos donde mi masa cerebral se derrite como la esperma de una vela/
contra la mesa de luz de esa pequeña cárcel, con baño y bidet,
donde hemos decidido - ojo alerta - esperar el armisticio para que deje de diluviar
y acaso salga un arcoiris que lo coloree todo de nuevo,
parecido a un tatuaje con gramática inscrito a punta de cuchillo
                                                                      (en la frente traslúcida).
La otra aparición - que también se llama como yo- ha empezado a desconocerme
dócilmente/ Me imita cada día al levantarme,
se tapa la boca al bostezar, no eructa, busca el mejor dentífrico
para blanquearse los dientes, ya no actualiza su pasaporte
y se ducha religiosamente después de hacer (apáticamente) el amor
antes de tomar el subterráneo camino a una oficina gris
donde parece que también todo quedará suspendido a los laberintos
                                                                                  (del discurso).
El espectro se afana en vestirse con mis ropas, en conservar mi parsimonia
y se entrena para hablar con el mismo acento neutro de los sin fronteras.
Luego - a mis espaldas - se muerde los labios por su olfato
y adopta semejante hipocresía de corrección política.
Cada tanto le oigo decir como si escupiera una pedrada:
"hasta aquí llegó la vida", con un dejo de advertencia y desapego,
Como si pudiera no hacer oídos sordos a tanto nihilismo
Que intoxica el cerebro e inmoviliza las piernas.
Entonces vuelve a aparecer el humo como una exhalación
Un linde, una orilla en mapa asediado por el adversario
Para sentir el peso de mi culpa ardiendo en un brasero apagado
e inmediatamente recuerdo ese coraje de náufrago con que me parió mi madre
y aquellas bendiciones de mi abuela cuando pensaba
que ya no hablaría irremediablemente como el resto de los chicos de mi edad
porque al nacer no lancé el estridente berrido de llegada.
"¿Apocado o mudo?, se preguntaba ella
y me daba aceite de hígado de bacalao para enjuagarme las cuerdas vocales
y sacarme alguna palabra, pero sólo conseguía una mueca de asco/ una aversión,
un sudor en el labio que todavía me dura cuando debo ingerir algún fármaco.
Es ese el momento de salir a la tribuna o al cónclave
donde se discute un asunto de vida o muerte o de resurrección
y arrellanarse sobre el silencio de los demás, donde a veces pareciera
que nunca termina la frase y nadie sabe en que isla o marejada
puede aparecer su alter ego con esa puta costumbre de sentirse un emigrante
                                                                sin nada familiar ni nada que decir.
                             
                          Buenos Aires, después de un fin de semana reparador
 

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Egon Schiele y Viena o la eternidad y el sosiego (o viceversa)





Una ciudad bohemia e intelectual donde se respira el arte. En la foto el Museum Quartier, antiguas caballerizas imperiales, hoy convertidas en ciudad de exposiciones y cultura.



Texto y foto: Juan Carlos Rivera Quintana





Está posando completamente desnudo, en una posición casi esperpéntica, incómoda y exhibe un cuerpo escuálido, casi mal alimentado, desde el inmenso cuadro, titulado: “Autorretrato”, que se muestra en una de las salas del “Leopold Museum”, en Viena. Egon Schiele (1890-1918) es de esos artistas que imantan desde el primer acercamiento. Su trágica desaparición, con tan sólo 28 años, víctima de la gripe española - que le contagió su amada Edith – fue un verdadero cimbronazo para el panorama de las artes plásticas austriacas, inmersas en ese momento en lo que se llamó la Secesión, un movimiento que intentaba romper con los cánones adocenados del arte refinado y proclamaba a los cuatro vientos sus rupturas y libertades.



Hoy, frente a sus autorretratos, retratos y paisajes, de los más interesantes que muestra dicho museo - un cubo postmoderno de piedra caliza, ubicado en las antiguas caballerizas imperiales y convertido actualmente en un amplio barrio de cultura y de exposiciones – conocido como el Museum Quartier, donde se exhiben las más fascinantes colecciones de arte tradicional, moderno y contemporáneo de Austria, uno no puede más que quedar impávido y turbado. Y es que Schiele con sus acuarelas, pinturas y dibujos fue uno de los emblemas de dicho grupo de artistas – entre los que se ubicaban Gustav Klimt; Henri Matisse, Edvard Munch y Vicent Van Gogh - que proclamaba la pureza y funcionalidad de las artes y creía abiertamente en la dimensión emocional de sus modelos desnudos, que incluso fueron catalogados como pornográficos y tuvo que pagar injustamente con un arresto preventivo de tres semanas de cárcel y hasta la quema pública de uno de sus obras.



Pese a esto y aunque han pasado cientos de años Viena sigue ahí, delicada, elegante, rebosante de encantos y exhibiendo su antigua grandeza imperial, con sus palacetes, sus bares antiguos con aires intelectuales, agrupando a una bohemia interesantísima, dándole protagonismo a la vida cultural y haciendo de la estadía de cualquier mortal, interesado en las artes, una verdadera orgía para los sentidos.



Porque resulta atractivo levantarse, cada mañana, con el sonido de los tranvías modernos que circulan por la calle y hacen un ruido peculiar, como de pellizcos metálicos y escuchar sonar, además, las ocho campanadas de la iglesia, cercana al Cordial Theaterhotel, en la Josefstadter Strasse, No. 22, y salir a recorrer una urbe palpitante, que muta todo el tiempo y vive intensamente un clima cultural infrecuente para cualquier urbe y un glorioso pasado.



Un brochazo de sol en la vereda



Entonces no quedará más que encaminarse a vivir el arte. No hay otra… en Viena ese es el aire que se exuda: el Leopold Museum; el MUMAK (Museo de Arte Moderno, de la Fundación Ludwing), construido post-modernamente con lava de basalto gris y pisos de cristales en muchos de sus escaleras y sus otros centros de muestras, emplazados alrededor de los seis patios del complejo Quartier, donde se dan cita jóvenes artistas, diseñadores, turistas y vieneses para almorzar frugalmente las deliciosas y delgadas salchichas ahumadas o se toma un rico café, acompañado de la célebre pastelería de la ciudad: la Sachertorte, deliciosa tarta cubierta de una capa de mermelada de albaricoque sobre la que se vierte otra de chocolate, o el Apfelstrudel, realizado con pasta de manzana, canela, pasas de uvas y azúcar glacé.



Y si de recomendaciones se trata sugeriría al recién llegado, en la noche, asistir a una de las presentaciones de las diversas orquestas operísticas que se presentan en la ciudad. Particularmente pude asistir a la Musikverein-Goldener, donde se presentó la Orchestre Mozart de Vienne, cuyos excelentes músicos y cantantes lucían los trajes y pelucas de época, en la segunda sala de mejor acústica del país y Europa.



Tampoco podrá soslayar una recorrida por el Stepahansdom, la catedral de estilo gótico, que domina el centro de Viena; el Rathausmann, imponente edificio que funciona como el Ayuntamiento de la ciudad y donde se ofrecen, en verano, festivales de música clásica y cine, y en invierno se habilita una pista de patinaje sobre hielo; el castillo medieval Hofburg, antiguo palacio imperial, con sus numerosas salas, patios y jardines, que reflejan el glorioso pasado nacional y por donde, con un poco de imaginación, se puede ver arrastrar los delicados vestidos de la princesa Isabel de Baviera, conocida cariñosamente como la Emperatriz Sisí; la antigua residencia de verano del príncipe Eugenio de Saboya, el general más famoso de los Habsburgo, recordada como el Palacio Belvedere, uno de los más ambiciosos proyectos arquitectónicos –de estilo barroco - con sus jardines franceses y sus espaciosas salas de exhibición, donde se puede ver desde el autorretrato del pintor expresionista Richard Gerstl (1883-1908), pintado el mismo año en que decidió quitarse la vida, hasta algunas de las más representativas obras de Gustav Klimt (1862-1918): “El beso”, realizada con toda la imaginería de los mosaicos venecianos, y su sensual mural y más conocida obra: “El Abrazo”, de temática abiertamente erótica.



El Schloss Schönbrunn, precisa una visita aparte y es recomendable para comenzar una jornada cuando el sol – mejor si es verano – comienza a dibujar sus veredas, aposentos, corredores, cuartos, comedores, ventanas e inmensos fuentes y jardines, con sus Ruinas Romanas, repletas de estatuas mitológicas. Dicho palacio, de estilo rococó, que recibe la visita anual de 110 mil personas, fue la antigua residencia de verano de los Habsburgo y su ubica en una zona boscosa de las afueras de la urbe. Allí no puede dejar de ver la Gran Galería, decorada con estuco blanco y dorado y sus arañas y espléndidos espejos, donde pareciera que todavía se van a volver a reunir, en negociaciones de paz y en plena Guerra Fría, el presidente Kennedy y el premier ruso Khruschev, en 1961, en ese puente tejido, entonces, por Viena entre los países comunistas de la Europa del Este y el Occidente capitalista.



Para el final y como una nota de color puede darse una vuelta, utilizando el cuidado, puntual y moderno Strassenbahn, como los germanos llaman a sus tranvías, o el servicio de subtes, y luego caminar rumbo, a la Löwengasse Strasse (calle), para visitar el Hundertwasserhaus, un muy poco convencional edificio - diseñado por el arquitecto austriaco, Friedensreich Hundertwasser - con balcones y tejados ajardinados; vivos azulejos, negros, blancos y dorados y texturas naranjas, azules y blancas en sus paredes, residencia que intenta acercar la naturaleza a las 200 personas, que habitan sus 50 apartamentos. También no vendría mal y para completar toda la información cultural una recorrida por Karsplatz y detenerse ante uno de los más finos ejemplos de la arquitectura de estilo Jugendstil vienesa: el gran Edificio de la Secesión, una construcción cúbica, de color blanco y dorado, con sus macetas níveas y azules y sus cabezas de gorgonas y búhos de la fachada, apodado cariñosamente como el “Repollo Dorado”, en alusión a su cúpula realizada, con más de 3 mil hojas de laurel, de ese llamativo color. Dicho edificio de forma basilical construido para albergar la obra de los artistas plásticos del Jugendstil, el modernismo, el Art Nouveau o el Secesionismo vienés, expone entre unas 12 a 15 muestras de arte por año y se destaca por el famoso: “Friso de Beethoven”, un mural que ocupa tres paredes, realizado por Gustav Klimt, entre 1901-02, que se basa en la interpretación que hace Richard Wagner, de la Novena Sinfonía, de Ludwing van Beethoven y que está considerado como una de las obras cumbres del Art Nouveau vienés.



Viena hace gala todo el tiempo de su sobria arquitectura imperial, con sus fachadas barrocas y clasicistas y se precia de ser la capital de la cultura musical y operística del mundo con un cuidadoso y responsable cultivo de la importante herencia y tradición europeas. Ella es una de las más bellas urbes de Europa… emana arte y es uno de los lugares paradisíacos, del llamado Primer Mundo, para vivir con confort, elegancia y sosiego. Sus vientos bohemios e intelectuales se mantienen a pesar del paso de las centurias. No por gusto fue la urbe que Egon Schiele - ese pintor cuyo quehacer plástico bien pudiera representar toda la cultura vienesa - escogió para desplegar su relevante obra. Por sus calles aún retumba aquella frase creativa de Schiele, que se convirtió en paradigma creativo de toda una generación: “el arte no tiene que ser moderno, tiene que se eterno”. Sin dudas, ese es el aura que transpira dicha metrópoli... bañada por soplos de eternidad y belleza.