viernes, 4 de abril de 2008

Exceso de equipaje




Obra del artista cubano, Roberto Fabelo.





“El aire es viejo, el fuego/ se ha hecho astillas, ebrio/ de oscuridad regreso de un vuelo a la última premonición”.

José Kozer, en Efory Atocha.


Los cerros de Jujuy trazan la concavidad del fondo/
vienen resbalando por los viejos sitios,
pululan los ramos de albahaca y los cóndores en la quebrada
quedan desencajados entre la ventisca y una cueca triste.
A lo lejos serpentea la ruta para llegar a un pedacito de mapa
colgado del cielo, que apodaron Iruya,
lugar donde el diablo dio las cuatro voces y quedó perplejo
ante tanta pobreza con aires de montaña virgen,
premonición, salitre grande y camino sin regreso.
Un carnaval de chicha y antifaces pueblan las calles
caladas de tapices y mochileras gozosas
con sus clavelitos blancos,
que suben y bajan los cerros con la facilidad
con que se acurrucan en un regazo para pasar la noche.
En Tilcara quedaron en el aire las canciones de Tomás Lipán,
aquellas melodías grabadas clandestinamente para el mercado/
su bagualera del recuerdo extraviada bajo la sombra
de alguna vieja parra, acompañada con ceremoniales de sikus y quenas.
Aquel destino de “piedra y camino” dejó sus laceraciones abiertas,
junto a ciertos espectros en la noche celeste,
casi objetos no identificados,
cuando, en medio del fragor de las plegarias, pasamos cerca
de los túmulos funerarios de nuestros antepasados peregrinos.
En los bolsillos llevamos aquellos talismanes de piedra
de siete colores, robadas a las entrañas de la tierra/
como infalibles memorias de exorcismos,
íntimos mensajes para la hora del sueño,
también algún secreto más, inconfesable pero ya ligero.
Y todo por esa terquedad de no llevar zapatos cómodos
para la travesía por recelar siempre del exceso de equipaje.


Febrero/2008.

miércoles, 2 de abril de 2008

Amasijo de deseos



Obra del artista cubano, Michel Blázquez ("Metáforas de santos")







Tengo espinas en las manos para recoger los desperdicios
de los amigos que se alejan,/ sabrán ellos que el mar es, también,
un pedazo ambivalente de mapa cartográfico/ donde se localizan
desventuras y duermen mariposas sin aliento/ La tabla salvadora
casi siempre es un sismo telùrico que se arriesga/ y un pedazo de ventana
por donde se asoman dos cuerpos carcomidos./ No hay derecho a la venganza/
allí donde los ojos están vendados/ maldecir es sólo una manera de pulsar
la cuerda/ En el muelle sólo quedarán las olas, esa interminable oscuridad
que un día compartimos/ cuando inventábamos sombras para nuestros árboles/
y raíces que nunca rompieron piedras./No hay derecho a tanta lanza/ si el hombre
es mucho amasijo de deseos y ángeles caídos/ y su voz dulce alarido ante el abismo./ No hay derecho a la estocada final/ no hay amigos infinitos/ no hay naufragios/no hay ofrendas/ no hay intentos.

La Habana, 1995.

miércoles, 26 de marzo de 2008

¿Anclado en la isla?




Obra del artista cubano Michel Blázquez.








“No hallarás nuevas tierras, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Vagarás por las mismas calles.
Y en los mismos barrios te harás viejo;
y entre las mismas paredes irás encaneciendo.
Siempre llegarás a esta ciudad”.

C. P. Cavafis


Siempre llegaré a esta ciudad de espalda al río
con alfileres en el corazón y navajazos en los bolsillos
escuchando canciones que me recuerdan los escasos zapatos que tuve
y aquel pantalón de colegio azul – como la isla - que mi madre
lavaba en las noches y colocaba detrás del refrigerador para planchar
a la mañana.
La vida ya no es como antes,
mi placard se ha llenado de camisas de todos los colores
las que siempre quise tener y sin embargo tienen poco uso,
decenas de pantalones se doblan indiferentes
entre mis perchas de la abundancia,
pero persiste una rara incertidumbre de que mi piel ya no es mía,
me sigue confundiendo esa sobresalto de querer llenar
todos los vacíos del alma,
como si la existencia estuviera ceñida a abarrotar ausencias materiales.
Me siento solo sin parque en un banco de barrio con faroles rotos
y vuelvo a montarme en el cachumbambé de tablas carcomidas y hierro oxidado,
intento atestar nuevamente esa maleta de madera verde mambí
que hizo mi padre,
apodada “el botiquín” por mis compañeros de clase,
pero ya no me avergüenzan tanto los motes y las risas contagiosas.
Una extraña mezcla de sabores y olores ya no vienen
de la cocina de mi madre no tuve posibilidad de llegar a su entierro
se despidió en la reja de casa y nunca más quiso abrir sus ojos/
tampoco conozco la tumba donde sosiega su cuerpo,
y no he podido llevarle aún un ramo de flores amarillas/
sus rosas se ponen a miles de kilómetros de donde descansa
desventajas de vivir en una isla sitiada.
Mientras los vaticinios viajan entre las líneas del horizonte
mi hermana sigue poniendo sus vasos de agua con cascarilla
para ahuyentar los malos ojos y reza todas las noches pidiendo salud
y la prosperidad que no llega.
Trato de inventar palabras pero sigo anclado en ese pedazo de tierra
colorada con un extraño olor a asfalto calcinado
y me resisto culturalmente a localismos y voces que me suenan ajenas,
aunque ya tengo otra ciudadanía.
Mañana seré otro mapa otra calle otros rasgos vagaré por otra ciudad
cual tórrida siesta provinciana de la que no quiero despertar,
saldrá el sol tímido desde este culo del mundo y me descubriré sentado
en la otra vereda donde miraba pasar a los apátridas
para, entonces, todo me será groseramente indiferente
como las encrucijadas de los caminos que se bifurcan
y ya no conducen a tierra firme.



Juan Carlos Rivera Quintana
7 de diciembre 06.

martes, 25 de marzo de 2008

Equilibrista






Obra de la pintora cubana, Zaida del Río.











A Eliseo Diego, el Maestro.

El rincón del camino se hace piel
en las pupilas del payaso,
quien aprendió a sentir un profundo rencor
por cada aplauso inmerecido de la carpa,
pero continúa durmiendo con los ojos bien abiertos
por temor al rechazo público.
Ese rincón se transforma en abrigo
sobre las espaldas del mago,
olvida sus últimos trucos frente a las luces,
anuncia conejos por palomas negras
sin ruborizarse ante la mentira inocente.
Una varita mágica puede hacerse muro impenetrable
ante los ojos del domador,
perdió la cabeza por impaciente y aún sus leones
le ayudan a buscarla....¿Fraternidad en la desgracia?
El rincón se hace caminos en las manos y los pies
del equilibrista,
quien no teme a los saltos mortales sin mallas salvavidas,
y sienta lástima por los que rinden culto a la rutina,
como si la vida no fuera caminar perennemente por
una cuerda floja.

lunes, 17 de marzo de 2008

Como el avestruz






Obra de la pintora cubana Zaida del Rìo





Entonces recogí tu voz equivocada
y la saqué de mis bolsillos hecho jirones,
"los pactos de amor son como artimañas de
suicidas", recuerdo que dijiste.
Yo sólo atiné a dar
el gran portazo y echarme agua sobre la cara.
Lo que pasa es que ya nadie quiere hacer de oveja.
pues de lobos estamos extraviados, recuerdo que pensé
y me puse mi máscara diluviana para comenzar de nuevo.
Si viniera de nuevo por ti elegiría una calle menos
solitaria
donde perderme, y quizás otro balcón sin grandes lunas
y una música más ruidosa para no mirarte a los ojos.
Hemos compartido tantos sinsabores que empiezo a temerle
a la indiferencia.
aburrido de tanto golpe bajo y ventanas donde algunos
se asoman a ovillar su calma.
Dios es un mentiroso con clavos en las manos
y postales de colores para engatuzar a los traidores,
mientras yo comienzo a remar a favor de la corriente,
ya no me ato a puerto alguno (nunca lo hice).
Perdóname, empiezo a darle la razón a aquel orate que
predijo que "el recuerdo sigue siendo un avestruz inteligente.
aunque guste meter la cabeza en el olvido".

Relámpago de viajeros






Obra del pintor cubano Roberto Fabelo.










Isla ya no quiere historias largas
ni sillones en la sala ni esperas
en las ventanas,
a la entrada de la casa rompió todo sus
relojes
trágica evasión para ser otra
disociación patológica,
relámpago de viajero
beldad de largos corredores y cortinas rojas
espectro de cartas que no llegan
de mensajes de texto que reclaman un traspiés
donde asesinar su alma.
Ella se estravió en el laberinto
de un viejo mapa cartográfico,
y sólo percibió la estampida del avión
el bolero suave/ la mirada codiciosa
delante de los cristales.
Después todo se fue apagando
reclamò lo necesario
oscureciò su rouge
y marchò callada.