viernes, 23 de julio de 2010

Vocación de loco.




Obra de la artista cubana Zaida del Río.


--¿Pero quién carajo eres tú?, vociferó con sorpresa y hasta cierta furia que da el extrañamiento, y su voz rebotó contra el cristal de la ventana y fue a parar dentro del lavamanos del baño, cuya gotera intermitente y lasciva era una de las tantas terapias psicológicas de Andrés en los días de soledad y abulia cuando no podía hilvanar ni una oración decorosa delante de la muda pantalla de computadora.
-- Soy un payaso y colecciono máscaras para cada segundo de la vida. Ahora mismo- tú no te das cuenta- pero traigo puesta la del hombre que quiere conversar y hacer nuevos amigos. Aunque por tu cara de pocos amigos me parece que no lo voy a conseguir. No temas...
--La gente de bien no entra por las ventanas abiertas, ni los balcones.¿No te lo han dicho en el psiquiátrico de donde te escapaste?
-- ¿Cómo te diste cuenta? ¿Acaso pudiste leer mi pensamiento o alcanzaste a oler el fondo de mis tripas que destilan cierto tufillo a psicofármacos permanentemente? Es lo único que me dan allá- dijo y señaló con el dedo en dirección a la calle Amargura, desde donde sólo se escuchaba el ronronear intermitente de los agónicos carros y el griterío de los niños que jugaban a la pelota, en medio de la calzada.
--No, sólo me di cuenta por tu mirada. Los que son como tú siempre tienen la vista extraviada en un más allá que no existe y hablan demasiado, sin importarle mucho a quienes hieren, si son escuchados o las consecuencias de sus palabras.
--Las palabras, exclamó con voz cansada y lenta. Siempre esas malditas hijas de puta con coloretes en las nalgas. Nos pasamos la vida rindiendo culto a esas prostitutas que venden sus esencias con olor a canela en las esquinas y en ocasiones alteran el orden de todo el universo, sentenció el intruso.
En ese momento, Andrés le tuvo frente a frente y alcanzó a verle más allá de la silueta, recortada a contraluz del cristal de la ventana. Vestía todo de negro. Un traje antiquísimo y descolorido por el uso. Las frecuentes lavadas con detergentes químicos le habían gastado la tela en los hombros y las rodillas. Su cara estaba surcada por vulgares arrugas y quizás por ello aparentaba más edad. Sólo llamaba la atención en aquel rostro común, unos ojillos verdeazules que destilaban intranquilidad y cierta mirada inquisitiva de quiero saberlo todo. En el bolsillo de la chaqueta llevaba unos espejuelos sin cristales pintados de verde y un girasol marchito, que cada cierto tiempo, intentaba revivir, en vano, con las caricias de sus manos.
El intruso se sentó en el único sillón del cuarto y apenas rozó con su cuerpo el asiento cayó al suelo provocando la destrucción de las carcomidas tablas del mueble. Del susto rió sorprendidamente y una lágrima ácida de hombre grande se dibujó en el hueco de sus ojos. Entonces puso cara de máscara triste y miró a su alrededor como queriendo reconocer todo el espacio. "No me gusta romper nada, siempre he sido muy pobre y en casa cuidaban excesivamente las cosas... excesivamente", dijo.
--A ese paso me vas a acabar con el cuarto, le gritó desconsoladamente y miró los restos del viejo sillón que ya no serviría para más nada. Andrés no sentía temor del desconocido. Los locos, sus desvaríos y capacidad para contar historias siempre le atrajeron. Tan solo estaba un poco asombrado de cómo el viejo enclenque había podido escalar las rejas de hierro de los dos primeros pisos y llegar a su habitación con la ayuda de aquellas manos delgadas y finas y aquellos músculos de perro hambreado.
--Tienes manos de príncipe o de escritor famoso, le dijo Andrés para provocarle y sacarle del mutismo en que se había sumido.
--Desciendo de reyes, pero decir esto ya está demodee pues hay por ahí tantos descendientes de la monarquía, incluso hijos bastardos. Mis padres nacieron en Europa, en Sienna, una ciudad medieval, y estuvieron emparentados con una reina que perdió su cabeza porque quiso a dos hombres a la misma vez y un mal día descubrieron al amante escalando la ventana de sus habitaciones privadas.
--¿De veras te crees todo eso que te inventas ? Tienes una capacidad de fabulaciòn mayor que la de Garcìa Màrquez, replicó Andrés.
-- A ese le enseñé las primeras letras y le hice los primeros cuentos de su vida. Yo le cuidaba, allá en Aracataca, y recuerdo que hablábamos de Macondo, un pueblito que inventé; porque yo cuando quiero ser feliz me invento cosas. Después este señor creció y escribió sobre el pueblo de mi fantasía, pero nunca ha contado que fui yo quien primero le habló de ese sitio perdido entre el polvo y la resolana que, después, le hizo famoso y aún le da mucho dinero.
El hombre se acomodó, sin pedir permiso, sobre el piso, en una esquina oscura de la habitación y adoptó una posición de meditación zen que le hacía parecer más alienado de lo que estaba. Súbitamente se puso de pie y fue directo a pararse frente a la cama. Extendió sus manos para tocar, con delicadeza, las muletas y las heridas sanguinolentas de un pequeño santito de yeso, que estaba sobre la mesa de luz. Después acarició a los perros callejeros, también de yeso, que intentaban con su lengua restañar las heridas del icono religioso y comentó:
-- Cuando niño era muy devoto de San Lázaro, dijo señalando para la mesita. Sabías que este es el santo de los pobres y los enfermos. En mi pueblo hizo muchos milagros entre los leprosos y hasta se le erigió una capilla en su memoria en un caserío llamado El Rincón. A mi hermano tuvieron que hacerle un transplante de corazón y mis padres le rezaban mucho al santo milagroso. La operación transcurrió sin contratiempos y todavía sigue vivito y coleando. Recuerdo que todas las mañanas la madre del donante se aparecía en el hospital y se recostaba sobre el pecho de mi hermano para escuchar el viril latido del corazón de su hijo de quince años, desaparecido en un choque de trenes. La señora solía decir que el hacer esto le mantenía aún con fuerzas en el mundo de los vivos.
A Andrés se le encendió el rostro al escuchar la nueva anécdota que salía de la imaginación de su interlocutor y hasta sintió envidia por la capacidad de fabulación de aquel tipo que cada diez segundos podía hilvanar una historia sin muchos esfuerzos, tan solo dando riendas sueltas a su innata vocación de loco.
Entonces intentó proponerle un cambio que les resolviera de una vez y por todas a ambos los principales dilemas existenciales. La transacción consistiría en intercambiar todo su razonamiento de hombre cuerdo y equilibrado por cierta dosis de fabulación e imaginación patológica del orate. Andrés precisaba tanto de estas cualidades para dejar de sufrir ante la pantalla virgen. Siempre que hacía un balance de su vida terminaba reprochándose no haber podido ser más feliz por la excesiva cordura que llevaba ceñida al cuerpo como camisa de fuerza.
Cuando andaba metidos en esos desvaríos un repicar de campanas le trajo a la realidad nuevamente. Miró a su alrededor y no encontró a nadie en la habitación. Solo la apacible pantalla muda de su computadora emitía cierto cono de luz sobre la oscuridad del cuarto. De su boca pendía un hilillo de fría saliva con sabor a sueños pasados, olvidados en los laberintos de la mente. Se levantó y miró por la enrejada ventana; en la vereda de enfrente un grupo de personas se arremolinaba a la entrada de la iglesia, donde un viejo enclenque de traje negro y con un girasol en la solapa acaparaba la atención con sus sermones de párroco juicioso y mesurado.
Andrés río escandalosamente como sólo lo saben hacer los locos, mientras ocupaba su lugar frente a la computadora, dispuesto a no olvidar ni un detalle de la anécdota que tenía en la cabeza. Por ello se dispuso a no perder ni un minuto y colocó en la pantalla el título de la historia revelada en sueños: Vocación de locos.



Buenos Aires, 3 de septiembre pasado.



Rosario Suárez, conocida como Charín, la gran bailarina cubana, radicada en Estados Unidos, se retira de los escenarios. Es Charìn una de las mejores bailarinas de la historia danzìstica cubana y para cualquier amante de la danza es un lujo asistir a una de sus funciones. Comenzó sus estudios en 1962, en la escuela Provincial de Ballet de La Habana, bajo la dirección de Menia Martínez. Los continuó luego en la Escuela Nacional de Arte, con Ramona de Saa y Joaquín Benegas. En 1968, poco antes de su graduación, y gracias a su impresionante técnica y madurez artística, pasó a formar parte del elenco del Ballet Nacional de Cuba, bajo la dirección de Fernando y Alicia Alonso. En 1974 fue promovida al rango de solista. En 1976, ascendió a la categoría de primera solista. Fue en ese año en el que ganó la Medalla en el I Concurso Internacional de Ballet de Japón. En 1983 representó Odette-Odile del Lago de los cisnes en el teatro de los Campos Elíseos, Paris. A pesar de su técnica precisa y asombrosa, de su descomunal precencia escénica, de su musicalidad y de sus dotes de actriz, no fue ascendida al rango de primera bailarina hasta 1986. Sin embargo, desde mucho antes ya realizaba los grandes roles del ballet mundial: El lago de los cisnes, Giselle, Coppellia, Las sílfides, La bella durmiente del bosque, La fille mal gardée, Diana y Acteón, Don Quijote, Grand pas de quatre... Así como ballets de coreógrafos cubanos: Tarde en la siesta, Rara avis y A escena. Pertenece, junto a Ofelia González y Amparo Brito, a la brillante generación de Las Tres Gracias, así acuñada por el ya fallecido y reconocido crítico inglés Arnold Haskell. Con la compañía cubana viajó a más de treinta países, en los que recibió el reconocimiento unánime de la crítica y el aplauso del público. En el Lincoln Center de Nueva York fue muy elogiada por su interpretación de Mirtha, la Reina de las Wilis, del ballet Giselle, el Vals de Las sílfides y la Soledad de Tarde en la Siesta.

Fundó a finales de 1986 - junto a las bailarinas Caridad Martinez y Mirta Garcia - el Ballet Teatro de la Habana, una propuesta escénica novedosa que significó un auténtico acontecimiento en el medio artístico cubano de esa época y que le valió la crìtica y la animadversión de la prima bailarina cubana Alicia Alonso, apegada a los cànones tradicionales de la danza clàsica. Aquella compañìa fue un gesto de independencia y liberación de estás grandes bailarinas cubanas, que querìan hacer su propio camino creativo.

En 1994 se establece en Madrid y al año siguiente en Miami, donde reside actualmente. En el año 2000 en el marco del festival Madrid en danza, protagonizó el estreno de la coreógrafa intimista italiana Anna Cuocolo, "Anna Pavlova, diálogos del alma", acompañada de Toni Candeloro y el Balletto di Puglia. Sin retirarse del todo de los escenarios, ha continuado su labor como profesora en Miami, Cincinnati, Nueva York, Barcelona, Oslo, Lausana, Madrid.

lunes, 19 de julio de 2010




Canta la intérprete cubana Gema Corredera, "Cuando arreglábamos el mundo", de Felipe Palomo, una poesía a la amistad, la ruptura y el reencuentro. Se la dedico a mi mejor amigo de toda la vida: Juan Carlos Carballo. ¿No sé por dónde andará ahora?

martes, 6 de julio de 2010

Dibujo inconcluso



Autorretrato de la pintora mexicana Frida Kahlo (1907-1954).




“Intenté ahogar mis dolores, pero ellos aprendieron a nadar”
Frida Kahlo.





La pintora es un gran pez
castigada por la orgía del destino,
que jugó demasiado a subir las escaleras
y cayó al vacío.
Al amanecer fuimos a buscar las huellas
dejadas entre los labios de un ciprés,
sólo encontramos el hollín de sus zapatos
y un dibujo inconcluso con olor a orgasmos
y ternuras rotas.
La pintora bordeó las ruinas de un castillo,
torció su rumbo de álamos y plazas.
La esperaba aquel amanecer con su carga de
juguetes rotos,
pero ya todo le era sospechosamente viejo,
había bebido sus sueños más calientes recostada
sobre una almohada húmeda.

viernes, 2 de julio de 2010




Pabel Urkiza, uno de los jovenes compositores cubanos más talentosos, en su obra: "Abrazos". Imágenes excelentes y tarareos-susurros se mezclan con la guitarra para hacer una verdadera poesía visual y rítmica.

viernes, 25 de junio de 2010

Herencia





Obra del artista cubano Abdiel Acosta.







"Camino del patíbulo, ha buscado su rostro
como quien busca el rostro de la muerte.
Culpable repite,
repetirá culpable una y otra vez
y el camino será más corto y el tiempo menos árido".
Heriberto Sánchez Medina, en Hanging Judge


Cada día me parezco más a mis difuntos
me miro al espejo y noto la misma placidez
de la mirada de mi madre, su aire bohemio
y desnudo, casi rayano en la indiferencia;
también similar gesto con la boca
al que hacía mi abuelo, cuando camino de la vega
el sol le chamuscaba la piel y le extraviaba la mirada;
igual rubor en el rostro al de mi abuela, que
terminó sus días con un cáncer de tiroides
y en las noches, después de la aplicación del yodo radioactivo,
chamuscaba lucecitas verdes en la oscuridad
entre sus sábanas de lino almidonada y su nariz llena de humo
por la hornillo de carbón
entonces ya era una aparición en pleno ascenso hacia la nada.

De mi padre conservo aún esa templanza y hasta cierto
aire circunspecto para mirar al enemigo e irrumpir
entre las reglas del juego de la competencia profesional;
también una fenotípica inclinación por el alcohol
hasta que la boca se aletarga y
no se distingue entre el consuelo de
una tibia sonrisa y una mueca de insensible hartazgo.

De mi bisabuela paterna, de origen canario,
guardo su percha, su etiqueta para las grandes solemnidades
su ironía como hacha corta cabezas contra los intolerantes
y hasta cierta cara compasiva ante la vulgaridad existencial.

De Juan Amador, mi abuelo paterno,
(gracias a los orishas y al marxismo leninismo),
no heredé ni un ápice, siempre fue un sádico con mucha plata/
que colgaba a sus hijos cabeza abajo de los árboles,
cuando por impericia no cumplían las faenas de la hacienda.

Quizás ello explique que su velorio fuera una fiesta y
sus hijos prepararán la gran repartija con sus autos/
era una forma de desquite, de liberación adolescente
de revancha caída del cielo/
se arrancaron un gran peso de encima,
cuando le incomunicaron en su caja de bronce.

De mi tío "Chito", aquel que murió sin cabeza
cuando un machete haitiano le truncó la mirada
por una pelea de cercas corridas durante una madrugada
(en plena finca de Candelaria)
dicen que heredé semejante sangre para la lidia,
la misma posición filosa ante la desidia, igual lengua dura
y punzante para la pedrada.

Me contemplo y siento que soy un poco de todos/as
un grano de arroz, mecido por el estival soplo del sur
(donde abrevan pescadores)
un viejo árbol del pan que ya no ofrece frutos
un barranco oloroso y apacible por donde nadie cae/
un fantasma que - muy a su pesar - todas las
noches escruta su rostro, (que ya no reconoce),
frente a un enmohecido espejo
y persiste obstinadamente en dejar hablar al viento
la más severa compañía para las ànimas extraviados
sin consuelo.

3 de octubre 2008

martes, 15 de junio de 2010

Cartagena de Indias: Y su linajudo desaliño




Texto y Foto: Juan Carlos Rivera Quintana






Ni aceites en botijuelas, ni carabelas, ni cruz, ni espada… Cartagena de Indias, en Colombia, es otra cosa, sólo que por reiteraciones de los slogan turísticos sigue asociándose a una ciudad amurallada, detenida en los tiempos del folletín y los patios coloniales. Pero ella es mucho más…. prefiero emparentarla al embrujo de una luz que cae a la tarde sobre su mar ambarino, cambiante y mudo, casi plano; a la llovizna pertinaz y sempiterna del mediodía que hace transpirar el bochorno de unos 35 grados; al encanto de un buen ballenato en una tarde de rumba en las coloridas y típicas chivas (colectivos) por toda la ciudad; al recibimiento del atardecer en la Isla Barú con un buen mojito en el bar del hotel Royal Decameron y hasta a la visita al Convento Santa Cruz de la Popa, un caserón casi fantástico, envidiablemente ubicado sobre la cumbre más prominente de la ciudad (150 metros por encima del nivel del mar) y fuera de sus murallas desde donde puede divisarse – como una atalaya vetusta – toda la región y donde se ubica el retablo, enchapado en oro, que cobija a la Virgen de la Candelaria, Patrona de Cartagena, que fuera bendecida por el Sumo Pontífice.

Pero también es la sordidez de sus calles sin retoques turísticos con balcones a punto de venirse abajo y macetones rotos y cuajados de flores que desafían la ley de gravedad, junto a la algarabía de sus habitantes, en su mayoría negros y negras vestidos de colores estridentes - que hablan como si cantaran y caminan como si bailaran contoneando sus cinturas y sus hombros en perfecta armonía erótica y gesticulan como si portaran grandes abanicos en sus manos. Tambièn es el deambular de turistas que llegan en los más de 168 cruceros que atracan en sus muelles anualmente hablando todos los idiomas y vestidos de las maneras más dispares y estrafalarias posibles.

Y es que la Heroica - como tambièn le llaman a la ciudad - capital del departamento colombiano de Bolívar, es uno de los destinos más codiciados, hoy en día, del turismo latinoamericano por su emplazamiento a orillas del Mar Caribe y por ser el segundo centro urbano de importancia en el área que mantiene una temperatura agradable en sus playas y un clima de eterno verano.

Cartagena, ubicada en el extremo nororiental de Colombia, fue fundada en 1533 por Don Pedro de Heredia y durante toda la época colonial española fue uno de los puertos más importantes de América que conoció hasta del asedio de corsarios y piratas, incursiones que alimentaron la imaginería literaria de muchos buenos escritores latinos y que hizo que la urbe se rodeara de grandes murallones para defenderse. La independencia supo conquistarla el 11 de noviembre de 1811 cuando logró declararse soberana del yugo de España y comenzar a hacer su camino sola y sin padrinazgos foráneos.

Hechizo y lujuria negra en una Babel latina

Uno de los hitos culturales más importantes de la Ciudad Amurallada resultó ser la declaración de Patrimonio Nacional de Colombia, en 1959, y su título de Patrimonio de la Humanidad, entregado por la UNESCO, en 1984. Desde entonces se ha convertido en sitio de peregrinación de ciudadanos de todo el mundo y de turistas deseosos de descubrir sus encantos cuasi mágicos. Se cuenta que en cierta ocasión el Premio Nobel de Literatura, el colombiano García Márquez, quien posee allí una de los más hermosos caserones con patio interior, llevó a un amigo español a recorrer la ciudad y después de un almuerzo creolé, una visita por los confines antiguos del barrio y sus mercados populares el exigente europeo le comentó con sarcasmo gallego al escritor de “Cien Años de Soledad” que después de adentrarse en aquellas misteriosas callejuelas y centros comerciales él era “un notario sin imaginación”. Tal fue el hechizo que ejerció sobre el visitante que le llevó a calificar al “Gabo”, todo un gigante del realismo mágico con ese epíteto cuasi despectivo. No por gusto hasta el “The New York Times”, uno de los diarios más influyentes en la opinión pública norteamericana recomendó dicha ciudad, en el lugar 26, entre los 31 lugares/o países que debían visitarse, en 2010; del mismo modo que la emblemática Revista Nacional Geographic Traveler ha destacado la belleza patrimonial y el encanto de los hoteles boutiques en la ciudad amurallada, que se mixturan con su vida nocturna.

El viajero recién llegado tampoco puede dejar de visitar el Castillo San Felipe de Barajas, una inmensa fortificación levantada estratégicamente por los españoles para proteger a la ciudad de las posibles invasiones. Dicho fortín, ubicado en la Colina de San Lázaro, resulta una inmejorable vigía terrestre y marítima y es una de las más complejas y acabadas obras de ingeniería militar de la colonia, con un tejido sorprendente de túneles, galerías, desniveles, vías de escape y trampas, algunas incluso por descubrir aún.

Pero si quiere tener una imagen más completa de la ciudad no puede olvidar su ciudad vieja o centro histórico con sus calles adoquinadas, sus plazas llenas de gracejo popular, restaurantes típicos donde sirven los riquísimos plátanos tostones o a puñetazos, acompañados con carne ripiada, sus sopas de vegetales que resultan casi fueguinas para el paladar turístico calcinado de tragos con mieles, azucares negras y mulatas y un sol impiadoso. Una vez que traspase la Torre del Reloj ya estará en el corazón de la urbe y entonces no puede no ir al bar “Donde Fidel”, ubicado en la Plaza de los Coches, uno de los mejores sitios de salsa cubana, donde puede degustar un excelente Cuba Libre (la mentira maldita, diría un amigo) o una fría cerveza, rodeado de las fotografías de su propietario con grandes figuras del ambiente artístico y literario insular.

No estaría completo su periplo si no se retrata frente al monumento realizado por el reconocido artista colombiano Fernando Botero, que lleva por nombre artístico: “Figura reclinada 92”, pero que todos llaman popularmente “La Gorda Gertrudis, de Botero”, en alusión a una mujer desnuda, de 650 kilos, que reposa sin inhibiciones su obesidad sobre una base de piedra coralina, ubicada en la Plaza de Santo Domingo. Tampoco debería dejar de ver y fotografiarse junto al conjunto escultórico a los Zapatos Viejos, emplazado detrás del Castillo de San Felipe, y que constituye todo un homenaje al gran poeta cartaginés Luís Carlos López, pues recuerda su poema: “A mi ciudad natal” que recitaba: “ Fuiste heroica en los años coloniales/ cuando tus hijos, águilas caudales,/ no eran una caterva de vencejos./Más hoy, plena de rancio desaliño/ bien puedes inspirar ese cariño/ que uno les tiene a sus zapatos viejos”.

Al final, para quedar completamente encandilado/a les recomiendo un paseo en lancha rápida por la bahía hasta avistar las 27 islas, cayos e islotes que conforma el archipiélago de Nuestra Señora del Rosario y la Isla Barù, donde se ubica el Royal Decameron, un hotel resort- spa-centro de convenciones, cinco estrellas, que aunque en construcción aún ofrece un servicio de primera y unas noches de jolgorio entre bailarines profesionales, carnavales del mundo y un restaurante-buffet como el “Portonao”, que hace gala de los platillos más genuinos de la cocina tradicional colombiana. Y después- y antes de irse a dormir- un medido o desmedido trago de “María Mulata”, con abundante ron colombiano, salpicados por las canciones en creolé sanandresano, lengua palenquera y portuñol de una de las interpretes más prometedoras y versátiles de la música tradicional de esa Nación, María Mulata, que hace ritmos litoraleños y remeda a sus ancestros de los palenques cimarrones. Nunca pude saber – y pido disculpas a los lectores - si el trago es en homenaje a su nombre o ella lleva el nombre del trago. Y todo por razones obvias: exceso de alcohol.